Primeros meses en el TrumpWorld

Por Gabriel Puricelli

Con 100 días detrás de sí, parece no haber mejor definición del gobierno de Donald Trump que la que encierra una palabra relativamente intraducible: trainwreck. Un choque de trenes, podríamos malentendernos, donde no hay dos trenes, sino una sola locomotora loca llevando detrás de sí los vagones de un entero gobierno, que no choca contra otro convoy, sino que equivoca los cambios de vía, ignora las advertencias de velocidad y se lanza a todo vapor por un largo puente a medio terminar.

Cualquiera diría que una descripción así habla de un fracaso. Sin embargo, estamos lejos de poder hablar de tal cosa, no sólo porque se trata tan sólo del primer cuatrimestre de un mandato presidencial de cuatro años sino porque los éxitos de Trump, desde que se lanzó a la política, obligan a ejercer la máxima precaución a la hora de adivinar lo que viene.

Fue vencedor de las primarias republicanas cuando nadie esperaba a que sobreviviera a las primeras semanas de competencia. Fue candidato competitivo en las presidenciales, cuando todos los periodistas tenían guardado en el disco rígido de sus computadoras personales la nota con que anunciaban que la distancia en las encuestas con Hillary Clinton lo dejaba fuera de carrera. Fue un estratega que supo alzarse con el botín del colegio electoral, aún logrando tres millones de votos menos que su rival. Ahora, el huésped de la Casa Blanca está dejando mal parados a los agoreros también a la hora de fallar estrepitosamente como gobernante. Allí donde el sentido común decía que un presidente no podía gobernar sin un mínimo de apoyo entre los seguidores del partido opositor y sin liderar la opinión de los independientes, Trump viene demostrando que, por lo menos hasta ahora, basta y sobra con satisfacer a casi toda la minoría que votó por él para ejercer el poder sin cortapisas.

La polarización electoral, que con excepciones que se cuentan con los dedos de una mano ha sido un efecto automático del bipartidismo perfecto estadounidense, nunca pasó incólume del plano electoral a la dinámica del gobierno, hasta ahora. Las líneas entre partidos, nítidas en cada campaña electoral, siempre fueron más borrosas cuando el fragor del comicio dejaba lugar a la rutina gris del equilibrio de poderes: siempre había un botón de muestra republicano en un gabinete demócrata y viceversa. Esto no es así con Trump: si hay alguna forma de coalición o consociativismo dentro de su gobierno es entre las fracciones republicanas que lo apoyaron. Reserva poltronas para los plutócratas del 1% del 1% más rico del país, que vienen a apretar delete sobre todas las regulaciones que les dificultan hacer más dinero más rápido. Y para los lúmpenes del supremacismo (nacionalismo si lo queremos decir con educada hipocresía) blanco.

Al Secretario del Tesoro Steven Mnuchin, y al tocayo de éste y estratega en jefe Steve Bannon, se le suman apparatchiks del partido, como el jefe de personal Reince Priebus, a quien acompañan los del llamado “eje de los adultos” del gabinete, donde se encuadran los que podrían haber aspirado a estar en la primera línea de cualquier gobierno reopublicano “normal”. Son el Secretario de Estado Rex Tillerson, el de Defensa Jim Mattis, el de Seguridad Interior John Kelly y la embajadora ante la ONU Nikki Haley.

Entre neoconservadores y nacionalistas con esteroides, la derecha republicana endurecida bajo el mandato de George W. Bush ocupa el “centro” de una coalición que Trump no lidera sino que lleva a la rastra de su empuje personal, su improvisación y su desparpajo, y que se disciplina ante la evidencia de que la popularidad del presidente entre los republicanos los deja sin otro lugar adónde ir. La legión de hoy fieles, que meses atrás no ahorraban palabras para explicar que el magnate neoyorquino no era apto para la presidencia, es multitudinaria y vuelve ilusoria cualquier idea de rebelión.

Con Trump la idea de equilibrio de poderes ha encontrado su punto ciego: queda al descubierto que no hay tal si el líder carece por completo de la virtud cívica que es el ingrediente mágico para que el paralelogramo de fuerzas defina una dirección que corrija, así sea en parte la elegida por el ejecutivo. Más que ningún presidente antes que él, Trump está dispuesto a ignorar la debilidad de su legitimidad de origen y a actuar como un presidente no sólo mayoritario sino con la suma del poder público. Poco importa que no represente ni siquiera a la primera minoría entre sus conciudadanos: bastan las mayorías en el Colegio Electoral, en ambas cámaras del Congreso y en la Corte Suprema, para actuar suponiendo la unanimidad del cuerpo político. Lo demás son sólo unos medios de comunicación mentirosos y unos opositores que mienten a cuenta de aquellos.


Con Trump la idea de equilibrio de poderes ha encontrado su punto ciego: queda al descubierto que no hay tal si el líder carece por completo de la virtud cívica que es el ingrediente mágico


La reticencia con la que Obama ejerció su propio poder, siempre hipersensible a la posibilidad de ser percibido como partidista o como excesivamente reformista, no necesitó salir por la ventana cuando llegó el nuevo presidente: se fue por la puerta cuando salió su predecesor. Con Obama se fue de la Casa Blanca la prudencia, que le restó dientes al poder presidencial durante ocho años, y su lugar fue arrasado por un alud de potencia pura.

Así y todo, Trump también ha tenido que constatar, a disgusto, que ninguna potencia es omnipotencia y que la realidad se manifiesta de modos concretos que desafían la veleidad de quienes la creen pura discursividad. Contra ella se ha estrellado la iniciativa parlamentaria que buscaba deshacer la reforma del seguro de salud adoptada bajo el gobierno anterior. La solidez de la oposición demócrata nunca hubiera prevalecido sin las rajaduras que exhibió la bancada republicana, donde hubo suficientes republicanos dispuestos a demostrar que a la derecha de Trump no está la pared como para que una de las principales promesas de campaña del presidente no se pudiera concretar, al menos al primer intento. Ahora hay en marcha una nueva embestida, con resultado igualmente incierto. La realidad ha dictado también que no se ponga todavía un sólo ladrillo para completar la línea de puntos del muro ininterrumpido que Trump imagina separando a México de los EE.UU. (en rigor, al México actual de los territorios que alguna vez fueron del México poscolonial). Ese muro uniría los segmentos ya construidos (hay que recordarlo) por su predecesor. Recién con el presupuesto que acaba de enviar al Congreso habrá fondos disponibles para una tarea que su gobierno deberá acometer solo. México no sólo ha ignorado la absurda pretensión del nuevo presidente de que pague la mitad de esa obra, sino que tal vez esté encaminado a la elección de un gobierno nacionalista de izquierda, gracias al ataque permanente al orgullo patriótico mexicano en cada uno de los discursos y palabras de Trump sobre el muro.

Si a nivel doméstico la potencia de Trump ha encontrado obstáculos, en el frente exterior hemos presenciado los efectos del ejercicio de la potencia sin dirección. En el curso de una semana, Trump exhibió el poder destructivo de su arsenal bélico convencional para que nadie confunda nacionalismo unilateralista con aislacionismo. Giró 180 grados en su posición de tolerar el régimen de Bashar Assad en Siria y bombardeó la base aérea desde la que éste lanzó un ataque con armas químicas contra una población controlada por opositores a su gobierno. Lanzó inesperadamente sobre Afganistán un artefacto explosivo con el poder de una pequeña bomba atómica convenientemente bautizado con una sigla que quiere decir Massive Ordnance Air Blast y que puede leerse como Mother of All Bombs, haciendo blanco en una patrulla perdida del Estado Islámico (EI). Inquietó al planeta entero su anuncio que, respecto de Corea del Norte, “todas las opciones están sobre la mesa”.


Inquietó al planeta entero su anuncio de que, respecto de Corea del Norte, “todas las opciones están sobre la mesa”.


En el caso sirio, hizo crecer las tensiones con Rusia, la viga que sostiene a Assad, sólo para hacerlas bajar abruptamente días después, con la visita de Tillerson a Vladimir Putin en Moscú. En el medio, dejó de lado al Estado Islámico como enemigo a vencer en tierras de Siria e Irak, dañando a una de las fuerzas que se le oponen. Pasadas varias semanas de ese bombardeo, es imposible discernir si EE.UU. ha cambiado de política en ese escenario.

En Afganistán, la madre de todas las bombas hizo blanco en una fracción de EI que está lejos de ser la principal amenaza al gobierno de Kabul, distrayendo la atención del combate contra los talibanes, que tienen permanentemente amenazada la viabilidad de ese gobierno y que son un factor de poder creciente en el vecino Pakistán. Pasado casi un mes, nadie puede hacer el inventario de las pérdidas causadas a EI en Afganistán y las prioridades de EE.UU. en el conflicto siguen siendo un acertijo para todos los que aún están aturdidos por el cataclismo físico del bombardeo.

Finalmente, en lo que hace a Corea del Norte, después de hacer encender las más rojas de las luces de alerta, el presidente norteamericano se ha declarado dispuesto a sentarse a la misma mesa con el líder Kim Jong-un, sin definir siquiera las condiciones para esa negociación. Esto fue música en los oídos de un país que en 2003 abandonó el régimen de no proliferación nuclear para poder perseguir una estrategia desembozada de chantaje. Pues bien, esta última declaración de Trump, después de sugerir la posibilidad de borrar al país de la faz de la Tierra, es tal vez el logro más importante que ha rendido el chantaje de la dinastía stalinista de los Kim.

Cuatro meses no son más que un momento fugaz en cuatro años de presidencia. Brindaron poco material para identificar, sobre todo en política exterior, tendencias claras o definitorias de una presidencia que recién empieza. Sin embargo, han sido más que suficientes para poner a la vista de todos el menú de herramientas de poder que Trump está dispuesto a usar y el modo desprejuiciado de uso que es capaz de destinarle a las mismas. Ninguno de los obstáculos iniciales que ha enfrentado en política doméstica puede considerarse inmune a embestidas posteriores, vista la altísima concentración de fuerza institucional que se concentra en el vértice presidencial. Ninguno de los estados que forman el orden internacional puede tampoco sentirse a resguardo de un poder militar que no sólo sigue siendo abrumador, sino que viene acompañado de menos diplomacia y de menos señales que indiquen de qué dirección vendrán los tiros.

Bienvenidos a Trumpworld. 

 

* Coordinador Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas


 

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