Un recorrido por el mundo de General Idea

Por María Cecilia Rodríguez

Como expresa Boris Groys: una diferencia fundamental entre el arte tradicional y el arte contemporáneo es que el primero produce objetos de arte y el segundo produce información sobre acontecimientos de arte. Esta diferencia realiza a su vez un cambio radical en el concepto y función del museo. De ser un lugar que guarda y conserva obras de arte únicas e irrepetibles pasa a albergar no sólo la referida información sino que se convierte en un lugar donde suceden los acontecimientos artísticos. Por eso ahora los museos son el lugar donde ocurren proyectos curatoriales, visitas guiadas, eventos educativos y culturales, performances de todo tipo.

La muestra del colectivo de artistas General Idea, integrado por los artistas AA Bronson, Felix Partz, Jorge Zontal, que actualmente se muestra en el Malba, que se llama Tiempo Partido y estará hasta el 26 de junio parece ajustarse a esta descripción plenamente. Está llena de documentación sobre acontecimientos del grupo, fotos, cartas y documentos, videos, charlas. La muestra recorre distintos eventos del grupo aunque también contiene algunos cuadros, como la serie de los caniches.

Considerando entonces la idea de Groys, de que ha cambiado el concepto de obra de arte, cabe detenerse en una de las narraciones de General Idea, su “Glamour Manifiesto” donde los artistas nos dicen: “Esta es la historia de General Idea y de lo que queríamos. Queríamos ser famosos, glamorosos y ricos. Es decir, queríamos ser artistas, y sabíamos que si éramos famosos y glamorosos, podíamos decir que éramos artistas y lo seríamos. Nunca sentimos que teníamos que producir gran arte para ser grandes artistas. Sabíamos que el gran arte no traía glamour y fama. Sabíamos que debíamos mantener un pie en la puerta del arte y éramos conscientes de la importancia de las boinas y los pinceles. Hacíamos apariciones públicas vestidos con blusones de pintor. Sabíamos que si éramos famosos y glamorosos, podíamos decir que éramos artistas y lo seríamos. Lo hicimos y lo somos. Somos artistas famosos y glamorosos. Esta es la historia del Glamour y el papel que desempeñó en nuestro arte”.

Las vanguardias de principios del siglo XX, decididas a destronar la concepción romántica del arte heredada del siglo XIX (con su tesis del genio y de la excepcionalidad de la obra de arte) consideraron urgente escribir manifiestos.

Por ejemplo, el Manifiesto del Futurismo Italiano y su culto de la máquina: “Un automóvil de carrera, con su caja adornada de gruesos tubos que se dirían serpientes de aliento Explosivo… un automóvil de carrera, que parece correr sobre metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”. También podemos mencionar el Manifiesto Literario del Futurismo Ruso, llamado una “Bofetada al gusto público” y el Dada “Dada; abolición de la memoria; Dada; abolición del futuro; Dada, confianza indiscutible en todo dios producto inmediato de la espontaneidad; Dada, salto elegante y sin prejuicios de una armonía a otra esfera”. Y el Manifiesto Antropófago, que publicó Oswald de Andrade en Brasil, en que sostenía “sólo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago”. Es una de las piezas literarias y políticas más geniales que ha dado Sudamérica.

Todas estas apariciones son precursoras de la idea de impugnar el arte como sistema idealizado de la alta cultura pero, sobre todo, son documentos que ponen en discusión que cosa es el arte.

Sin embargo, si bien el manifiesto de General Idea comparte con los manifiestos de las vanguardias de principios del siglo XX el gesto de impugnar el arte tradicional y la ironía para considerar la pintura de caballete, pareciera que hasta allí llega la comunión y que el modo de discusión que Idea propone es radicalmente diferente.

La antigua pregunta sobre qué es o que debe ser el arte, esta vez, se formula de este modo: ¿qué es un artista? Y de inmediato satisfacen la pregunta con una respuesta formulada en su Manifiesto: ser artista es ser famoso, glamoroso, rico. Y ser famoso, glamoroso y rico es ser artista. El gesto aquí ya no es denunciar la decadencia del mundo y del sistema cultural, mostrando sus debilidades, concesiones, y oponiendo otra forma de vida o arte. Aquí el artista repite el gesto del sistema, lo parodia de un modo irónico pero con mimesis, con una inmediatez que verdaderamente borra todo límite.


La antigua pregunta sobre qué es o que debe ser el arte, esta vez, se formula de este modo: ¿qué es un artista?


El artista, otrora genio, maldito, revolucionario, es ahora un hombre del sistema. No sólo no hay oposición entre la vida y el arte sino que ambos son equiparables. Lo verdaderamente nuevo de General Idea es la pulverización de la polaridad naturaleza/cultura, ya que ambas partes se imitan y se infectan una a la otra, produciendo la puesta en circulación de una nueva ontología: el hecho ambiguo, irónico e inclasificable, que no deja atraparse por una dicotomía como la de naturaleza/arte, el cyborg.

Si tuviéramos que aventurar un verdadero predecesor de General Idea diríamos que es el Manifiesto Cyborg, de Donna Haraway, que no es un precursor sino un compañero de ruta o un heredero.  Los experimentos de General Idea con la representación, el mito y el tiempo nos pueden hacer pensar en el Cyborg, que sostiene: “Un cyborg es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción”. La tesis de General Idea es que ambos términos, arte y vida, naturaleza y cultura, no sólo no son antitéticos ni complementarios sino que sufren un proceso de imitación recíproca. General Idea pone en discusión las teorías sobre la mimesis porque ahora ambas partes quedan asimiladas, se imitan. Pero en ese imitarse ambas son una parodia y se pone en discusión el concepto de verdad que la modernidad aún conservaba.

Muchas de sus obras tienen este rasgo de confusión / asimilación / imitación naturaleza-arte.

Los artistas preparan un concurso de belleza ficcional y luego un pabellón del concurso y luego su destrucción. Habían imaginado un Pabellón General Idea 1984 destinado a alojar el concurso de belleza Miss General Idea, que ironizaba sobre los certámenes artísticos como estrategia para posicionarse en el sistema del arte. Para esto diseñaron vestidos con persianas y las usaron como modelo arquitectónico del pabellón, pero no les alcanzó con la parodia de ficcionalizar un concurso de belleza y produjeron la obra “Las ruinas del Pabellón General Idea 1984”, que registraba los supuestos restos humeantes del edificio. Es decir que se quemó en 1977 un pabellón que iba a ser construido en 1984. La ficción de los acontecimientos afecta su tiempo.

Toda la serie ligada a los caniches, esos perros decorativos, mitad animales mitad artefactos de belleza, o maquinas estetizantes es otra forma de ciborg.  Así como el virus del SIDA se introyecta en un cuerpo humano y se viraliza así AIDS (1990), que remite a la escultura pública neoyorquina Love, de Robert Indiana, se “viraliza” sobre cualquier superficie. Incluso el virus AIDS “infecta” no sólo la naturaleza sino las obras de grandes artistas, como Piet Mondrian: El virus.

Más allá de los gestos irónicos, lo que General Idea construye es una ontología post natura/arte, así como se modifica la relación entre naturaleza y cultura cuando se concibe al género como autopercibido y performativo. Se pone en circulación el concepto de performatividad que filósofas como Judith Butler estudiaran en su relación con las políticas del género y las luchas populares. Ese es el sentido de su manifiesto: producir su realidad de artistas al performativamente actuar como si lo fueran.


Lo verdaderamente nuevo de General Idea es la pulverización de la polaridad naturaleza/cultura, ya que ambas partes se imitan y se infectan una a la otra.


Idea entonces juega con la ficción y la realidad, del mismo modo en que Donna Haraway lo expresa al decir que “las fronteras entre ciencia ficción y realidad social son una ilusión óptica”, una frase que condensa con mayor claridad lo que los acontecimientos culturales de General Idea expresan. Haraway también sostenía: “A finales del siglo XX -nuestra era, un tiempo mítico-, todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo; en unas palabras, somos ciborgs”. El ciborg es una criatura que sobre todo se caracteriza por no estar ligada a ningún mito de origen de ninguna unidad originaria; incluso nuestras ideologías más vanguardistas, el marxismo y el psicoanálisis, dependen, nos dice Haraway de cierta unidad, de cierta totalidad. El ciborg elude el paso de la unidad original, de identificación con la naturaleza en el sentido occidental. Se trata de una promesa ilegítima que puede conducir a la subversión de su teleología en forma de guerra de las galaxias.

Los experimentos con el tiempo de General Idea, que ponen en entredicho categorías como pasado, presente y futuro, están claramente dirigidos a discutir además cualquier intento teleológico de sostener no sé qué sentido de la historia. No hay salvación, ni mesías, ni progreso, ni futuro.  Como el ciborg de Haraway, la experiencia de Idea se aloja en la parcialidad, la ironía, la intimidad y la perversidad. Es opositivo, utópico y en ninguna manera inocente.  Sin embargo, hay un momento en que el espectador nota un cambio. La muestra, hasta allí llena de parodia, ironía, inversión y distanciamiento propio de sociedades desarrolladas, que parecen haber dejado atrás el problema de la subsistencia y problematizan el bochorno de una sociedad consumista e hipócrita, llega a un punto donde hace un giro. Es cuando los protagonistas se encuentran con un problema que afecta su subsistencia. Ese problema es el SIDA. Allí los integrantes de no dudan en iniciar campañas.

En los años de la crisis del Sida y de la representación de la enfermedad, cuando los colectivos afectados eran atacados por el conservadurismo, los artistas realizaron obras sobre su realidad y cotidianidad, por ejemplo One Year of AZT, de 1991, compuesta por 1825 pastillas blancas con una tira azul, colgadas de la pared, que resultó un calendario de la enfermedad: el paso del tiempo y la disolución, en un momento en el que aquella medicación era la única posibilidad de tratamiento del HIV.

General Idea se convierte en militante y contamina la ciudad con tapices y carteles de “AIDS” en diferentes formatos en muros, colectivos y el subte; además de remeras, bolsas, entre otros objetos.

En “Pharma©opia”, de 1992, vemos tres píldoras gigantes suspendidas en el aire, saturadas de helio y aseguradas al techo por cuerdas. Es un relato sobre las formas de vida viralizadas, sobre el modo en que estamos expuestos a los virus y a las compañías farmacéuticas, sobre el hecho de que aún no hemos combatido el SIDA, sobre las amenazas que se ciernen sobre nosotros y también sobre la forma en que podemos luchar en el capitalismo tardío, donde prevalece el flujo indiscriminado de códigos, virus y significaciones, donde el rizoma se expande.

La muestra se cierra con una visita a la instalación “Fin de siècle”, de 1994, donde se ve un paisaje glaciar construido en telgopor que provoca una suerte de encandilamiento en medio del cual perviven tres pequeñas focas blancas. La obra replica el óleo “El mar de hielo”, realizado en 1823 por el pintor romántico alemán Caspar David Friedrich y oficia de autorretrato del grupo, una especie en peligro de extinción. De hecho, Partz y Zontal fueron diagnosticados como portadores de HIV y murieron en 1994.


 

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