Brasil: Temer desafía la Ley de Gravedad

Por Gabriel Puricelli*

Michel Temer ha desafiado la ley de la gravedad. Pasados los días, desde que una grabación pusiera en evidencia su colusión con uno de los grandes de la burguesía brasileña para comprar el silencio del ex-diputado Eduardo Cunha, el inquilino del Planalto no cae. Lo que nos deja perplejos no es esa realidad sino el modo en que desafía nuestra mirada normativa: Temer debía caer instantáneamente y, sin embargo, demora en estrellarse contra el suelo. Tal vez sea la analogía con la física que usamos para mirar la política o la simplificación que viene con ella las que estén en el origen de esta perplejidad. Bien mirado, Temer no es un objeto que pende de un hilo y el delito que el mundo lo vio cometer flagrantemente no es una tijera con suficiente filo como para cortarlo.

El ex-vicepresidente de Dilma Rousseff es un sujeto con una misión que ninguno de quienes lo apoyaron para hacerse del sillón presidencial quiere ver interrumpida. Lo que rige los tiempos de la coyuntura brasileña es esa misión. Es el programa de gobierno que logró reunir una mayoría parlamentaria rotunda, cuyas coincidencias van mucho más allá de desembarazarse con un pretexto contable de la presidenta que había elegido el pueblo. Entendidas las cosas así, la grabación que incrimina tan claramente a Temer no es sino una contrariedad, un evento tan inoportuno como inocuo.

Ello no quiere decir que Temer no haya sentido el temblor bajo sus pies. Las 24 horas que siguieron al momento en que O Globo dio la noticia sobre la grabación fueron un momento norcoreano de la crisis: Temer desapareció de la vista pública y ese dato estuvo sujeto a pura interpretación sin evidencia. La inevitable sensación de vacío de poder luego fue contrarrestada por una reacción fulminante resumida en su não renunciarei con bis, seguido de un hiperactivismo que no cesa. Temer se vio obligado a erigirse en el líder de la coalición que lo catapultó al gobierno y a no ser simplemente su mandadero. Necesitado de salvarla para salvarse, apretó el acelerador mientras los líderes de los partidos de la base aliada cavilaban o iban presos y eran reemplazados en una vorágine de pedidos de captura, allanamientos y arrestos. Escudado en la inmunidad legal que impide que se lo juzgue por delitos cometidos antes de ser ungido para ocupar el palacio presidencial, Temer tiene un último parapeto al que no pueden acceder sus aliados. Eso lo ubica en un lugar privilegiado desde el que ganar tiempo, mientras el dispositivo que lo sostiene suelta lastre para no hundirse. Desde su atalaya, puede ver cómo Aécio Neves se queda sin su banca en el Senado y cómo deshoja la margarita calculando si la noche siguiente la pasará en una celda o en su casa. Puede ver a su operador, diputado y cortesano, Rodrigo Rocha Loures, lucir esposas en sus muñecas y apresurarse a decir que éste no tiene de qué delatarlo.


Temer se vio obligado a erigirse en el líder de la coalición que lo catapultó al gobierno y a no ser simplemente su mandadero.


Temer se ha revelado una y otra vez diestro en ganar tiempo. Lo hizo hace años al pulsear con los sectores de su Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) que no querían seguirlo en su acompañamiento al Partido de los Trabajadores (PT). Lo hizo cuando demoró su pase al bando del impeachment contra Dilma, lo está haciendo ahora. Y ganar tiempo para él nunca ha sido meramente estirar las horas: el tiempo ganado ha sido un tiempo productivo, de acumulación de fuerzas, de preparación de estrategias. Nunca como en estas semanas estuvo tan cerca del agotamiento de su tiempo, pero nunca tuvo tantos recursos de poder a su disposición para que no se le escurriera entre las manos. Y nunca lo usó con tanto desprejuicio y con tan pocas cortapisas. Un efecto paradójico del hecho de que la mayoría de sus seguidores en el Congreso esté bajo investigación judicial es que, ese poder del Estado, cuenta menos y eso maximiza la autonomía del ejecutivo. Es decir: importa menos si se deteriora la aritmética de la base parlamentaria aliada y crece la fuerza de la acción presidencial.

El uso del tiempo ganado no aprovecha tan sólo (y tal vez ni siquiera principalmente) a Temer. Sin la más remota esperanza de poder permanecer en el cargo que hoy ejerce después de que el pueblo brasileño vote en las elecciones presidenciales fijadas para fines de 2018, Temer no puede estirar su tiempo como inquilino del Planalto más allá del fin del término constitucional. Por eso el tiempo ganado lo aprovechan sus aliados. Entre ellos están los que tienen o creen tener la posibilidad de ganar, sea por el favor del Congreso, por la vía indirecta que fija la constitución en caso de renuncia o destitución, o por el voto popular. Sobre la última opción hay dos posibles caminos: elecciones directas anticipadas (previa reforma de la carta magna) o la agenda electoral prevista. No deja de haber en Temer un jugador de equipo que vela tanto por sí mismo como por aquellos a quienes debe su posición de privilegio actual.

El bloque de partidos que lo apoya, inscriptos en la tradición del Centrão, que bloqueó en la constituyente de 1988 algunas de las cláusulas progresistas que estaban en discusión, está por el momento acéfalo. Con su referente más legitimado hasta ahora por el electorado, Aécio Neves, tachando en la pared de su casa palotes para contar los días que le quedan en libertad. Y con sus otros líderes, como el gobernador de São Paulo Geraldo Alckmin, vetados por sus correligionarios, el conglomerado conservador está poco preparado para aprovechar la coyuntura.


El bloque de partidos que apoya al presidente brasileño está por el momento acéfalo.


Ninguno de los potenciales candidatos que podrían surgir de entre los aliados de Temer alcanzaría, según las encuestas, siquiera la mitad de los votos que los sondeos le atribuyen a Lula. El ex-presidente, con 30% de la intención de voto, duplicaba en la última encuesta de Datafolha, de fines de abril, a sus dos seguidores potenciales. Son la ex-candidata presidencial de la Red Sustentabilidad, Marina Silva y el diputado de ultraderecha carioca Jair Bolsonaro. Por izquierda y por derecha, ninguno de los dos está entre los favoritos de los partidos tradicionales. Éstos tienen en João Doria al que muestra su mejor performance, oscilando alrededor del 10%. Doria, alcalde de São Paulo por el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), con su mensaje de orden, parece la mejor apuesta disponible para disputarle el voto de derecha al imprevisible Bolsonaro, un eterno outsider que nunca formó parte siquiera de las débiles lógicas políticas comunes que en Brasil pasan por partidos. Marina Silva, una candidata que, según sondeos, podría ascender verticalmente si Lula fuera impedido de participar de las elecciones por alguna condena judicial, aparece más como candidata a batir que como candidata propia para los partidos que apoyan a Temer.

Doria, como jefe municipal, despliega en estos días una estrategia que para el intelectual Vladimir Safatle se inscribe en el modo que adopta hoy la política en Brasil: “Gobernar es disparar y demoler”. Los dos momentos que cristalizan estas dos acciones, para el profesor de la Universidad de São Paulo, fueron: los disparos efectuados por la policía contra los manifestantes que participaron de la marcha “Ocupa Brasilia”, el 24 de mayo, y la demolición de viviendas (con inquilinos adentro) decidida por la municipalidad paulista en el área de la ciudad conocida como Cracolândia. Es una zona llena de alojamientos precarios donde se reunían habitualmente consumidores de crack. El insumo fundamental para que ese modo de gobernar se transforme en una marca reconocible por el electorado de todo el país-continente es el tiempo. Doria es un candidato a hacer crecer sin adelantar las elecciones.

Por el contrario, el único candidato al que el tiempo le sobra es al ex-presidente Lula. Preparado para competir en unas elecciones directas que sólo ocurrirían si Temer se ve obligado a dejar el cargo y se enmienda la constitución, Lula tiene apuro por ser candidato y por ser electo para evitar la larga mano del juez Sergio Moro. El magistrado ha demostrado entusiasmo de sobra para indagarlo en investigaciones apoyadas sobre pruebas muy endebles y no dejará pasar la ocasión de ponerlo fuera de juego, si algunas de las delaciones premiadas (incluyendo las de dos ex-ministros Antonio Palocci y Guido Mantega) producen pistas más sólidas. El congreso del PT, del 3 y 4 de mayo, dio la pauta de este apuro: la mayoría optó por la continuidad pura y dura del lulismo, con la senadora Gleisi Hoffman, imputada en la Operación Lava-Jato, en la presidencia del partido. A pesar del desafío montado desde la izquierda por el también senador Lindbergh Farías, el 60% de los congresales petistas optó por pelear con el riesgo de morir con las botas puestas. Se esquivó la fuerte demanda de autocrítica de la oposición interna. La muy aguerrida Gleisi graficó esa postura en su discurso de asunción de la presidencia. Dijo que toda autocrítica pública era munición para los adversarios y que todo lo que importa es volver al gobierno con Lula, sea cuando sea que Temer se tenga que ir.

Toda la economía del tiempo que hemos intentado describir se apoya en un único punto extremadamente frágil: el ministerio público fiscal y el poder judicial han adquirido un grado de autonomía que vuelve ilusoria cualquier posibilidad de administrar sus decisiones según la conveniencia de los actores políticos. Un fiscal o un juez pueden desbaratar cualquiera de las estrategias que se están desplegando. No hay político en Brasil que no esté transitando el filo del abismo hacia el que se pueden desbarrancar sus más caros proyectos. La revancha metafórica de la ley de gravedad acecha a cada paso.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *