Debate urgente: modelo sindical y tecnificación

Por Juan Manuel Casella y Fernando Casella

El sistema sindical argentino, tal como existe en la actualidad, fue impuesto desde el poder en los años cuarenta del siglo pasado. Nació vertical, excluyente y dependiente del Estado. Vertical, por su estructura fuertemente centralizada. Excluyente, porque la ley le otorgó el monopolio de la representación laboral. Dependiente, porque el Ministerio de Trabajo otorga la personería gremial -esencial para ejercer la función representativa en la negociación colectiva-o la quita a partir de criterios arbitrarios, que en la práctica, funcionan como amenaza permanente de desplazamiento e irrelevancia.

Ese modelo sindical fue pensado como factor fundamental en la organización del peronismo, al que aseguró penetración social, mística igualitaria, capacidad de movilización y hasta financiación. Más allá de su retórica anticapitalista, cumplió muy bien la función -concebida por (Juan) Perón- de blindar a la clase trabajadora frente al mensaje de la izquierda. Sus instrumentos básicos fueron el salario y el conflicto. La inflación endémica argentina perjudicó a quienes viven de un ingreso fijo, pero le sirvió al sindicalismo porque facilitó una negociación siempre a la suba, con la apariencia de mejoría que lleva implícita.

Ese modelo sindical tuvo como protagonistas dominantes a los grandes gremios industriales. A partir de mediados de los años treinta, la crisis mundial favoreció el crecimiento espontáneo de la industria sustitutiva, con predominio de la metalúrgica y textil, que se sumaron a la frigorífica, incorporando miles de trabajadores que a menudo provenían del proceso de migración interna y urbanización acelerada, provocada en cierta medida por la mecanización de las tareas rurales. No es cierto que Perón haya creado la industria sustitutiva sino al revés: la industria sustitutiva fue condición previa para la aparición del peronismo. El nuevo protagonista de la historia, el proletario urbano industrial, no fue reconocido ni interpretado en su real dimensión política por la conducción radical post yrigoyenista, más tomada por las cuestiones institucionales que por los fenómenos sociales, pese a la presencia de intelectuales como Leónidas Anastasi y dirigentes de la nueva generación, como Lebensohn o Larralde, que percibieron la transformación, pero estaban fuera de la conducción partidaria.

El modelo sindical consolidó su imagen positiva. Más allá de su verticalismo y su deformación corporativa, los trabajadores sentían que el sindicato les servía como instrumento defensivo, como garantía de dignidad personal, como ámbito de socialización y pertenencia. Las obras sociales afirmaron su vigencia, al compensar las omisiones en que incurría el Estado en salud y generalizar beneficios en materia de ocio y recreación. Esa función protectora sirvió para disimular complicidades monumentales de la dirigencia, como su notoria vinculación con la derecha reaccionaria en el golpe contra Arturo Illia.

El triunfo de Raúl Alfonsín colocó a la CGT en la necesidad de retomar su función de “columna vertebral del movimiento”. El rechazo de la ley Mucci abortó una propuesta de cambio indispensable para compatibilizar el modelo sindical con la república democrática. Los trece paros generales al gobierno democrático tuvieron como propósito devolverle al peronismo su centralidad política y su potencia electoral.

Hasta los años setenta, los grandes gremios industriales mantuvieron su predominio sectorial y su capacidad de presión. Pero la estructura del empleo privado fue variando a favor del sector servicios. Hoy, el comercio y las actividades de gastronomía y hotelería duplican el número de trabajadores empleados en la industria manufacturera.

El impacto tecnológico modificó de manera profunda las forma de producción y la importancia relativa del trabajo manual.

La velocidad del cambio se acentuó dramáticamente en los noventa, con la aparición de la versión neoliberal del justicialismo: el menemismo demostró que el compromiso total del movimiento obrero con el peronismo gobernante puede colocar a los trabajadores en estado de indefensión. La política económica del peronismo menemista sirvió para desguazar al Estado y desindustrializar al país y la mayor parte de la dirigencia sindical consintió, sin rebeldías, ese cambio de paradigma, que la llevó de la justicia social al neoliberalismo, sin estación intermedia.


El menemismo demostró que el compromiso total del movimiento obrero con el peronismo gobernante puede colocar a los trabajadores en estado de indefensión.


Allí, la desocupación –sumada al trabajo “en negro”- pasó a ser un problema estructural. La frase “ramal que para, ramal que se cierra” sintetizó la derrota de “las conquistas obreras”. La ley de convertibilidad, sostenida más allá de los límites impuestos por la razonabilidad económica, estalló en el 2001. Provocó una verdadera catástrofe social.

Desde los ‘90, el mundo laboral está dividido en tres grandes grupos: los trabajadores registrados, los precarios o “en negro”, que no tienen obra social, ni aportes jubilatorios, ni protección sindical; y los desocupados, que no tienen nada y subsisten casi sin esperanzas. El movimiento sindical ha perdido representatividad y está dividido. Un 30 por ciento de nuestra gente vive en la pobreza. El tejido social ha extraviado homogeneidad y consistencia.

El cambio tecnológico y el mundo de trabajo

El impulso transformador en el campo científico-tecnológico alcanzó una dimensión, profundidad y velocidad tales, que superan por mucho la dinámica observada en cualquier otra etapa histórica. Los cambios son enormes y afectan todos los aspectos de nuestra vida: el trabajo, el sistema de relaciones sociales y familiares, la política, la cultura, la información. La globalización convirtió a la especulación financiera en la forma dominante del orden económico y fue el primer resultado concreto y perceptible de esa súper evolución tecnológica. La universalidad, la continuidad y la instantaneidad de las operaciones de mercado financiero exhiben la enorme adaptabilidad del sector al sistema integrado de comunicación en tiempo real.

Los efectos en el mundo del trabajo son evidentes: la automatización y la robótica ya se han convertido en sistemas de aplicación habitual e impactan sobre el nivel de ocupación y en la complejidad de las habilidades requeridas para utilizarlas. Además, ahora, los desarrolladores de software han comenzado a probar la inteligencia artificial en casi todas las aplicaciones y procesos empresariales. Ese software imita una serie de mecanismos mentales complejos e inteligentes, considerados hasta ahora como exclusivos del ser humano y otorga a las máquinas la capacidad de aplicar pautas de razonamiento. El denominado “internet de las cosas” implica la conexión de los objetos entre sí y el envío recíproco y constante de datos, hasta lograr que las máquinas se enseñen cosas unas a otras.

El aspecto positivo de esta revolución científica consiste en que contribuirán a mejorar los niveles de productividad, impulsando el crecimiento económico. Pero seguramente destruirá cientos de miles de empleos en las actividades más diversas. Hay expertos que en 2013 previeron que, en Estados Unidos, el 47 por ciento de los puestos de trabajo corren el riesgo de ser sustituidos por máquinas.


El 47 por ciento de los puestos de trabajo corren el riesgo de ser sustituidos por máquinas.


A partir de esta transformación imparable debemos anticiparnos a sus efectos en el trabajo humano. Las actividades que pueden resultar menos afectadas serán aquellas que requieran talento y creatividad (capacidad de crear) porque la simple inteligencia humana (capacidad de entender) será, en muchos casos, reemplazada por algoritmos. Pero el escenario social cambiará de manera dramática, casi incontrolable, en materia de empleo.

Esa nueva realidad implicará, necesariamente, una profundización de las diferencias en el desarrollo de países y regiones. Quien domine el ciclo científico tecnológico y lo aplique consistentemente estará en condiciones de dominar el destino ajeno. No sólo será en términos políticos sino también en términos concretos y cotidianos vinculados con la actividad productiva.

Por otra parte, en el plano estrictamente político, se profundizará el riesgo de diseminación de los populismos autoritarios a partir del sentimiento anti intelectual de quienes queden fuera de la revolución tecnológica. En todo proceso de cambio acelerado hay ganadores y perdedores. En este escenario concreto, a los menos educados les está yendo peor. El rechazo a los cambios económicos y tecnológicos que provocan exclusión favorece las reacciones elementales de resentimiento y enojo que, en general, giran hacia la derecha irracional y autoritaria.

Por eso la luz de alarma debe ser muy intensa. La previsible involución social que resulte de la aplicación masiva de las nuevas tecnologías puede terminar incluyendo a la democracia en la lista de los perdedores.

Qué hacer

La realidad socio-económica de hoy, en Argentina y en el mundo, es muy distinta de la vigente en los años ‘40, cuando se diseñó el sistema de relaciones sociales que aún predomina. La creciente descartabilidad del trabajo humano requiere la aplicación de soluciones originales, económicamente sustentables, que permitan reducir los riesgos. De otra manera, el nivel de desigualdad será tan alto que nos llevará a conflictos de dureza y duración imprevisibles.

Los caminos que proponemos están en borrador, pero sirven para impulsar, en Argentina, una discusión necesaria y urgente.

El acortamiento de la jornada laboral parece hoy, en nuestro país, una propuesta disparatada. Pero en Europa es una posibilidad cierta.

Por supuesto que se trata de una receta elemental frente a un problema complejo, pero no puede omitirse su análisis, sea que apunte a la reducción de la carga horaria o a la limitación de los días de trabajo por semana. Por supuesto, la reducción horaria no puede implicar disminución salarial. Por eso su sustentabilidad económica es un tema central.

Sobre los métodos de formación, la respuesta de fondo consiste en impulsar un cambio cultural que implique nuevos objetivos en materia de formación educativa, con la acumulación de datos ya no alcanza. Por supuesto que es imprescindible poseer la información básica, la estructura de conocimiento concreto que habilite el razonamiento bien fundado, la coherencia en la toma de decisiones. Pero la orientación general de los sistemas formativos debe dirigirse a ampliar la capacidad de adquirir nuevo conocimiento como actividad permanente del intelecto. El período educativo tradicional, constituido por ciclos de duración definida que concluyen con la graduación, no será suficiente frente al aluvión de nuevos conocimientos que nos agobiará, hasta dejarnos sumidos en una ignorancia informada, a menos que estemos preparados para procesarlo. La nueva escuela debe abrir nuestra mente para incorporar y utilizar el nuevo conocimiento en forma constante. Si no logramos poner en marcha este cambio, seremos efectivamente descartables.


Hoy, toda riqueza es un producto colectivo, ya sea que nos relacionemos con ella como elaboradores o como consumidores.


Hace falta también una nueva concepción del salario, que no puede seguir siendo la mera contraprestación patronal por el tiempo y la energía aplicados. Hoy toda riqueza es un producto colectivo, ya sea que nos relacionemos con ella como elaboradores o como consumidores. Por eso el salario debe concebirse como una cuota parte de esa riqueza, a la que todos tenemos derecho en la proporción que nos corresponde. A esa concepción del salario debe apuntar toda política de distribución del ingreso, que tendrá que compatibilizarse con la inversión y la productividad general de la economía.

El objetivo de fondo consiste en preservar la existencia de sociedades equilibradas que aseguren la vigencia de la libertad y el mayor nivel de igualdad posible en términos materiales. El aluvión tecnológico –más allá de sus aspectos positivos, amplios y diversos- tiene también potencialidad destructiva en el campo social y político.

La decisión inteligente consiste en prevenir el daño para defender nuestra condición de hombres libres.


 

Share

Una respuesta a “Debate urgente: modelo sindical y tecnificación”

  1. Acertado -y aggiornado- enfoque de ambos Casella. Apuntando al valor central en la problemática que supone la obligación del Estado de priorizar conocimiento, educación y formación, para abrir acceso a la calificación laboral y al pleno empleo, logrando la ansiada sustentabilidad ocupacional en la materia, superando el perverso sistema q Jhon Kenet Galbrait llamo desocupación tecnológica, que genero la deshumanización del hombre “superfluo”.
    Suscribo también la fundada propuesta para democratizar definitivamente al sindicalismo y las fuerzas laborales del país, sepultando el unicato y la manipulación de la multitud obrera, puesta en los últimos setenta años al servicio del sectarismo y la parcialidad política.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *