La deuda, espada de Damocles

Por Agostina Costantino

El endeudamiento externo parece ser un aspecto congénito de la economía argentina. Desde el origen estuvo asociado a la conformación de la economía y el Estado en nuestro país. Ha tomado diferentes rumbos con el paso del tiempo. Sin embargo, a partir de la última dictadura modificó su rol, cobrando una nueva centralidad. Se trató de una adaptación local a un cambio del rol de las finanzas a escala global.

Las reformas neoliberales, ligadas a la liberalización financiera, han estado al frente de este cambio, al permitir las entradas y salidas de capitales con menores restricciones. Entre las desregulaciones estuvieron: solicitar menos requisitos de tiempo de estadía, de registro público, de pago de tasas o sectores donde no puedan hacer negocios. Todo esto sometió a un enorme grado de vulnerabilidad a la economía nacional, debido a la gran volatilidad de los movimientos de capitales, cuyos centros principales están fuera del país. Lo que resulta aún más complejo es que, además, cambió el formato de la operatoria y el tipo de acreedor. Aunque los grandes bancos mantienen un peso central en el manejo de caudalosas carteras de inversión y siguen realizando diagnósticos que marcan el rumbo, se ha intensificado la toma de deuda a través de la emisión de títulos y bonos, en especial luego del canje del Plan Brady (completado en 1993). Esto significó la multiplicación de acreedores, ahora anónimos y con capacidad de renegociación en mercados secundarios.

Esto habilitó prácticas empresariales perversas. La mayor parte de las empresas que recurren al endeudamiento externo son aquellas que manejan negocios a gran escala y, en muchos casos, el mismo grupo es su propio acreedor. En este hábito poco se distinguen aquellos grupos de origen nacional de las empresas trasnacionales. Prestarse a sí mismos permite eludir impuestos, pero también apalancar sus finanzas periódicamente, a través del lobby por la licuación de deuda. Fue lo que ocurrió cuando se estatizó la deuda privada en 1982, pero también con la pesificación asimétrica de 2002.

También hubo cambios en torno al Estado, donde los poderes Judicial y Legislativo se han deslindado de sus responsabilidades en materia de deuda, lo que ha permitido enormes grados de discrecionalidad al gobierno nacional. Esto ha desembocado en la toma de deuda sin permiso expreso del Congreso, concediendo jurisdicción y jurisprudencia extranjera a los acreedores, sin darle asignación específica a los fondos que se toman. Todo ello contradice la normativa de la administración pública, además de la Constitución.

Esta gravitación nos es gratuita. No sólo pesa de manera creciente en el gasto público, quitando recursos para otras asignaciones. También permite la presión de los acreedores para obtener políticas en su favor. En algunos casos ocurre por negociaciones cerradas en alguno de los múltiples foros económicos del mundo, como el de Davos, y en otros mediante definiciones en la agenda pública. Uno de los mecanismos más explícitos de presión es a través de las condiciones que imponen los organismos multilaterales, que expresan de manera clara las demandas de los acreedores. Debemos ser claros: este tipo de financiamiento suele ser importante sólo durante fases de transición o crisis. No constituye el grueso de la deuda. Es importante comprenderlo: este sistema financiero internacional nos integra de manera subordinada, es decir, como forma de manteneros bajo la órbita de necesidades ajenas. Han existido iniciativas por reordenar las finanzas globales, ya que hasta el momento los organismos y leyes que las ordenan son las de los acreedores.

Entre los lineamientos más relevantes de la dinámica de la deuda perpetua hay que destacar un último rasgo, clave para nuestro país: la deuda no financia inversión. Para decirlo en términos macroeconómicos: no ingresa para crear capacidad productiva ni empleo. Ingresa para financiar los propios pagos de deuda y la fuga de capitales. Este ha sido su rol desde la dictadura.

La dinámica de la deuda eterna, sin vínculo con la producción, lleva indefectiblemente a crisis de pagos y obliga a periódicas reestructuraciones. Las tres reestructuraciones realizadas por el gobierno de la Alianza (1999-2001) fueron costosas y vanas, pues no impidieron la cesación de pagos. Eduardo Duhalde encaró la negociación con el lema de pagar sólo lo compatible con el crecimiento y, con base en la misma lógica, Néstor Kirchner completó el canje de 2005, que fue reabierto en 2010 y 2013. La política de “desendeudamiento” del gobierno anterior consistió –dicho de manera sintética- en cambiar deuda en dólares con privados por deuda en pesos intra-Estado. Esto mejoró la gestión financiera de corto plazo, pero no resolvió el problema. Desde 2011, el anterior gobierno reposaría cada vez más en préstamos de organismos internacionales para saldar la balanza de pagos. Sin embargo, con diversos instrumentos, mantuvo su gestión sin una crisis.

La llegada de Cambiemos.

La llegada al gobierno de Cambiemos quitó “contradicciones” (contrapesos) respecto del rol de la deuda. En el primer mes del mandato de Mauricio Macri se produjo un cambio por el cual letras intransferibles, en manos del Banco Central, fueron canjeadas por bonos transferibles, que luego fueron entregados a bancos privados para aumentar las reservas internacionales. Desde el punto de vista contable el resultado fue nulo, pues las nuevas reservas cancelan la nueva deuda. Sin embargo, financieramente, la operación implicó un costo –de colocación y pago de intereses-cuya necesidad no estaba clara. El pernicioso arreglo con los fondos buitres en la primera mitad de 2016 fue el siguiente paso. Entre las múltiples irregularidades cometidas estuvo la aceptación de acreencias sin documentos de respaldo. Fueron reclamos de palabra reconocidos como válidos, lo que originó un significativo incremento en la deuda. Se trató de un gesto para abrir los canales de financiamiento externo, al costo de no cuestionar ninguna acreencia y pagar elevadas tasas de interés.

¿Con qué objetivo quiso el nuevo gobierno tomar deuda? El endeudamiento está cubriendo dos frentes: el fiscal y el externo. Bajo todas las mediciones creíbles, el déficit fiscal que existía en 2015 se ha incrementado, producto de la reducción de las retenciones y la caída en los niveles de actividad, que resintieron la recaudación. La eliminación de impuestos a la importación de autos de alta gama contribuyó más en lo simbólico que en lo tributario. El “ahorro” ligado a la reducción de transferencias económicas se ha visto eclipsado por el incremento de gasto ligado al pago de deuda. Las cuentas del gobierno sólo cierran emitiendo deuda y tomando prestado del Banco Central. En el primer plano, la presión de la deuda es tan fuerte que, a fines de 2016, el gobierno decidió desdoblar el Ministerio de Economía según las tareas. Hacienda quedó en manos de Nicolás Dujovne, dedicado a avanzar con el ajuste fiscal. Finanzas fue para Luis Caputo, destinado a obtener préstamos y colocar bonos en manos de privados.


Según del INDEC, la deuda externa del gobierno nacional, sin considerar el Banco Central, se incrementó en 40.782 millones de dólares, entre diciembre de 2015 y marzo de 2017. Implicó un aumento del 46,5%.


Las cifras sobre la colocación de deuda son esquivas. Según los datos disponibles en el INDEC, la deuda externa del gobierno –sin considerar el Banco Central-se incrementó en 40.782 millones de dólares, entre diciembre de 2015 y marzo de 2017, lo que significó un aumento del 46,5%. Los cálculos de CIFRA, de la CTA, ubican en 41.051 millones de dólares el aumento sólo de 2016, llamando la atención además sobre su peso en el PBI, que pasó del 13,3% en 2015 al 23,4% en 2016. Evaluaciones realizadas desde el exterior marcan este último aspecto como el más peligroso. El Global Sovereign Indebtedness Monitor indica que la velocidad del aumento y su creciente peso en el producto como los factores de riesgo para el caso argentino. Debe remarcarse que estos valores no incluyen la deuda tomada por organismos descentralizados ni las provincias, que añaden una cuota extra de presión a las finanzas.

La mayor parte de esta deuda –según el gobierno- se ha ido para pagar deuda vieja. En este punto, una de las diferencias de lo realizado durante el kirchnerismo reside en que la nueva deuda emitida se ha colocado mayoritariamente con acreedores privados y en moneda extranjera.

En el análisis del oficialismo, que existan prestamistas dispuestos a prestarle al país responde a la viabilidad del programa de reformas en marcha. Según esta lógica, es por eso que en junio se pudo colocar un bono a 100 años, lo que demostraría la credibilidad de la nueva gestión. Sin embargo, la razón es otra: las tasas de interés abonadas por la Argentina se encuentran entre las más elevadas del mundo. El inusitado esfuerzo de Cambiemos por mostrarse como un deudor creíble no ha redundado en bajas significativas de la tasa de interés. De hecho, usando de ejemplo ese último bono, el interés a pagar fue del 8,25%, un 43% más de lo que pagó México por un plazo similar y más del triple del 2,35% que pagó Irlanda, un país en crisis desde hace años. Mientras el gobierno siga prometiendo rendimientos así de fabulosos, cuyo peso recae en las generaciones y los gobiernos siguientes, existirán acreedores dispuestos a prestar su dinero.


Las tasas de interés abonadas por la Argentina por el bono a 100 años se encuentran entre las más elevadas del mundo.


El endeudamiento no se agota en este plano. El Banco Central ha adquirido un rol protagónico en este último año y medio. Está emitiendo para financiar la parte del gasto público que el gobierno no resuelve con deuda. Según dirección del BCRA, esta emisión es la causa de la inflación, a la que dice combatir. A la luz de los resultados, no parece ser este el eje del problema. La suba de precios se incrementó en 2016 respecto de 2015. Hubo más inflación, no menos. El riesgo más grande parece ser que estos pesos, no encontrando ninguna oportunidad segura y rentable, se pasen a dólares, forzando una mayor devaluación. Debido a que el gobierno quitó los controles de cambios y plazos mínimos de estadía, no hay nada que ponga límites a esta estrategia.

La forma en que el Central intercede para retirar pesos de la economía es mediante la emisión de títulos, las conocidas LEBAC (Letras del Banco Central). Se trata de un instrumento en uso desde hace años, pero cuyo protagonismo ha cambiado desde 2015. Como se puede ver en el gráfico más adelante, desde diciembre de 2015 hasta junio de este año, aunque la emisión monetaria ha continuado su senda de crecimiento. La base se expandió un 35% y las LEBAC le ganaron en crecimiento con un impresionante 189%. Comparando un plazo semejante (19 meses) del gobierno de Cristina Fernández, la expansión monetaria fue del 77% y las letras un 66%. Es decir: el Banco Central continúa financiando al Tesoro, sólo que ahora lo hace con más intensidad y con una nueva composición. En los últimos meses, las LEBAC superaron a la base monetaria en stock.

Gráfico 1. Emisión de billetes y LEBACS, en millones de pesos

Fuente: elaboración propia con datos de BCRA

La diferencia relevante está en que las LEBAC pagan interés. Con la llegada de Cambiemos, y hasta mayo de 2016, esta tasa de interés se ubicó en torno al 38%, bajando luego de manera paulatina hasta el 22, en marzo de 2017. Cada renovación de estas letras implica el pago de una cuota de interés, que se puede cobrar o capitalizar al comprar nuevos bonos. Es decir, las LEBACS incluyen un mecanismo expansión en su propio seno. ¿De qué depende la renovación? De que los inversores encuentren rentable la tasa. Para ello, el cálculo no se realiza por la tasa en pesos sino en dólares, por lo cual hay que compensar por el riesgo de devaluación. Como el dólar estaba planchado desde fines del año pasado, esta elevada tasa en pesos se trasladó casi de inmediato a rendimiento en dólares. La agencia internacional Bloomberg señaló que fue uno de los negocios más rentable del 2016, en el mundo.

El tipo de cambio del presupuesto 2017 indicaba un dólar a casi 18 pesos, por lo que la devaluación era un dato. La duda de los operadores financieros es en qué momento y a qué velocidad se realizaría, pues dependiendo de ello es el momento de toma de ganancia. Desde abril han comenzado a creer que falta poco para este evento. Por eso no se han renovado el total de las LEBACS. Como se ve en la tabla de abajo, fue la tendencia desde entonces y las subas de las tasas de interés (3% desde ese mes) no han logrado tentar a los capitales para quedarse. El pase a pesos y de éste a dólares ha desatado una presión devaluatoria que será una constante hasta las elecciones.

Tabla 1. LEBAC negociadas, en millones de pesos

Mes

Monto con vencimiento

Monto adjudicado

Enero

144.815

109.927

Febrero

235.769

244.382

Marzo

274.389

282.470

Abril

382.748

329.087

Mayo

476.200

448.000

Junio

547.042

424.272

Fuente: Elaboración propia en base a BCRA.

Antes de los comicios de octubre, vence el 89% del stock de LEBACS. Al tipo de cambio de la primera semana de julio, esto equivale a una demanda total de casi 43.500 millones de dólares, el 91% de las reservas del BCRA. Ante tamaña amenaza, lo más factible es que el gobierno intensifique la toma de deuda para apuntalar las reservas y las finanzas públicas, prometiendo el oro y el moro en los años que siguen.

El equilibrio es delicado. Sostenerlo mediante crecientes concesiones al capital financiero no es camino de salida sino de profundización del problema.

 

* Investigadora postdoctoral del CONICET en el IDAES (UNSAM)


 

Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *