Chile, rumbo a la elección presidencial

Por Gabriel Puricelli*

Michelle Bachelet transita los últimos meses del gobierno que más cambios ha impulsado en Chile en 28 años de ejercicio ininterrumpido de la democracia. Se va habiendo reintroducido elementos de solidaridad en el sistema jubilatorio, perfeccionando los cambios que ya había introducido en su primera presidencia, garantizando la gratuidad de la educación superior para los jóvenes hasta el séptimo decil de ingresos, reponiendo la representación proporcional en el Congreso, despenalizando (si el Tribunal Constitucional así termina por decidirlo) tres causas para la interrupción voluntaria del embarazo, y dejando encaminada una reforma de la constitución que estará en manos de su sucesor llevar a cabo. Bachelet no deja tabú del pinochetismo sin vulnerar.

¿Se va, por todo esto, arropada por el calor de su pueblo, como se fue en su primer mandato? Pues no. Aunque los últimos meses de esta presidencia marcan una recuperación de su imagen positiva, que ya supera el 30%, Bachelet deja el gobierno con la confianza de merecer el reconocimiento de la historia, pero sin el aprecio de la mayoría de sus contemporáneos. Hemos intentado hasta aquí hacer un balance sustantivo de los grandes temas de su gestión y de la plataforma que la llevó por segunda vez a La Moneda. Pero no está el tema que surge espontáneamente como la primera mención que una mayoría de los chilenos hacen hoy cuando se les pide que hablen de su jefa de estado: el Caso Caval. Es la causa en la que estuvo imputado Sebastián Dávalos, hijo de la presidenta, y por el que está siendo juzgada en estos días su nuera, Natalia Compagnon. Ha sido la mancha que Bachelet no ha podido quitarse, aunque haya quedado claro que ella no tuvo nada que ver con el caso sino que su nombre fue usado por Compagnon, quien seguramente será condenada por estafa.

La maniobra del Caso Caval fue la compra de terrenos rurales en Machalí, especulando con que la municipalidad cambiara la normativa de uso de esas tierras para poder revenderlas a un precio muy superior. Una vez que la revista Qué pasa hizo público el escándalo, pasaron largos diez días entre la publicación y la renuncia de Dávalos a la Dirección del Área Sociocultural de la Presidencia. Este fue quizás el error más costoso (aunque probablemente no el más grave) que cometió el gobierno de la Nueva Mayoría.

Chile no constituye la excepción a la regla de que la percepción que mejor define a las democracias contemporáneas es el descrédito de los políticos. El Caso Caval no hizo sino proporcionar la munición necesaria para hacer estallar el cristal detrás del cual Bachelet preservaba la imagen de “madre de todos los chilenos” con la que se había ido del gobierno en 2010. Aún con el país creciendo, a tasas saludables, aunque no exuberantes como las de las dos presidencias socialistas anteriores, y con la agenda de la igualdad adquiriendo una preponderancia que desafiaba todos los amarres con que el pinochetismo maniató la transición a la democracia, Bachelet no logró reanudar el idilio con las mayorías. Se transformó en una presidenta que tuvo que batallar sin descanso para llevar adelante su agenda. La mancha sobre la blanca ilusión que fue la Michelle se posó sobre todos los políticos profesionales del establishment progresista chileno. El próximo en comprobarlo con amargura fue Ricardo Lagos. El ex presidente se imaginaba volviendo triunfal y octogenario al sillón que fue de Salvador Allende y no logró hacer volar su candidatura para las elecciones del próximo 19 noviembre, más allá de un ignominioso 5 por ciento. Es por eso que este año los chilenos que quieran votar opciones situadas a la izquierda del espectro político no podrán optar por políticos profesionales sino por figuras que construyeron su imagen pública como profesionales de los medios de comunicación.

La elección presidencial se insinúa, además, como la que marcará el fin de un modo controlado de gestión, de la larga y trabajosa salida de la institucionalidad pinochetista. Se trata de la primera elección en la que el sistema político tiene que lidiar con una nueva realidad surgida de la entraña misma de esta etapa de la democracia chilena y no simplemente administrar la disputa entre sectores políticos que, con sus mutaciones, ya existían antes de la transición que se abrió en 1989.

La sucesión de Michelle Bachelet, en lugar de dirimirse exclusivamente entre un representante de la oficialista Nueva Mayoría y un representante de la derecha tradicional, se dirimirá a tres bandas. Habrá un candidato de la derecha, un abanderado sui generis del oficialismo y una representante de una izquierda que es hija de los conflictos y las tensiones del período democrático, sin filiación directa con la vieja tradición comunista-socialista de la que proviene la actual presidenta.

Este juego de tres es síntoma de la gran paradoja del actual período en el poder de Bachelet. Retornó con una agenda a la izquierda de la que definió su mandato anterior. Fue apoyada por una coalición que sumaba a la tradicional Concertación de Partidos por la Democracia y tuvo el apoyo del Partido Comunista para conformar Nueva Mayoría. Hizo efectiva la incorporación del PC al gobierno, única fuerza vetada tácitamente del período post-Pinochet. Y además incorporó a su plataforma la agenda de los movimientos sociales, en particular, el estudiantil. Aun así, no pudo impedir el surgimiento de una competencia electoral a su izquierda. Sumar a los comunistas no sólo era desatar uno de los últimos amarres de la institucionalidad impuesta por los militares a la salida de la dictadura sino que significaba sumar fuerza para adoptar una constitución democrática que marcara un hiato con la heredada del período autoritario. Esa vocación de ruptura, que generó incomodidad y grietas dentro de la DC, llegó hasta la decisión de no llevar candidato propio en el distrito electoral santiaguino en el que se postulaba para diputado Giorgio Jackson, uno de los líderes del movimiento por la gratuidad de los estudios universitarios. Ese ensanchamiento hacia la izquierda de la base del gobierno se suponía que le daría tanto radicalidad como sustentabilidad. Se suponía que, a su vez, le permitiría evitar volver a tener adversarios de cuidado a su izquierda, como había sido el caso en 2009 y en 2013 con el Partido Progresista (PRO) de Marco Enríquez-Ominami. Sin embargo, esto no fue así: por el contrario, Jackson unió fuerzas con el también ex-líder universitario y diputado del Movimiento Autonomista Gabriel Boric para lanzar el Frente Amplio, en abierta competencia y discontinuidad con la experiencia de la Concertación y Nueva Mayoría.


La cuestión que la elección dirimirá es si la ambición histórica del segundo mandato de Bachelet recoge el reconocimiento de la continuidad o si queda postergado hasta que se escriba la historia de este período de extraordinarios desafíos y logros notables.


Con el telón de fondo del descrédito de los políticos, la coyuntura electoral encontró a la Nueva Mayoría y a sus adversarios del Frente Amplio en la búsqueda de candidaturas que escaparan a ese estigma. Ambas coaliciones apostaron, en consecuencia, por la popularidad de dos conocidas figuras del periodismo televisivo: Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez, respectivamente.

Guillier, actual senador independiente electo en las listas de la Nueva Mayoría con apoyo también del movimiento estudiantil, lanzó sorpresivamente su candidatura presidencial, cosechando de inmediato el apoyo del Partido Radical Socialdemócrata (PRSD), el más pequeño del oficialismo. Sin embargo, la verdadera sorpresa vendría después, cuando las fichas del dominó del cuadrante progresista cayeron una tras otra detrás de su postulación. El primero en abandonar la idea de apoyar la vuelta de Ricardo Lagos fue el Partido Socialista, bajo el flamante liderazgo del ex-vocero de Bachelet, Álvaro Elizalde. Lo siguieron de inmediato los comunistas y, luego, en un movimiento indistinguible por lo simultáneo, el propio Lagos y el Partido Por la Democracia (PPD), al que Lagos está afiliado, declaró su apoyo a Guillier. Quedó aislado el Partido Demócrata Cristiano (PDC), que no sólo no apoyó a Guillier sino que decidió no participar de las primarias en las que la Nueva Mayoría decidiría su candidatura y lanzó a la senadora y presidenta del partido Carolina Goic para competir directamente en la primera vuelta de las elecciones.

La otra periodista en la disputa, Beatriz Sánchez, menos conocida que Guillier y con una trayectoria en medios menos relevantes, triunfó en las primarias del Frente Amplio y trepó rápidamente en las encuestas, algunas de las cuales la dieron a la par de Guillier.

La más reciente encuesta de uno de las consultoras más confiables de Chile, el Centro de Estudios Públicos, ubica al ex-presidente Sebastián Piñera a la cabeza de la intención de voto, con un 24%. Lo sigue Guillier, con aproximadamente 13, Sánchez con menos de 5 y Goic con 2. Una rápida lectura indica que la candidatura única de la derecha le da fuerza, mientras que el centro y la izquierda, aliados estratégicos desde 1989, muestran la flaqueza de su división.


“El sistema político chileno se acerca a un cambio de época, tensionado al máximo por las dificultades de la transición, mientras emerge un cuadro de mayor pluralidad que difumina, a futuro, la bipolaridad que rigió en el país desde 1989”.


Una lectura más alejada de lo estrictamente electoral deja ver cómo la Nueva Mayoría fracasó en su intento de abarcar todo hacia su izquierda y deja en carne viva al PDC, que vive el momento de máximo desdibujamiento desde su creación en 1957. Después de 28 años de bipolarismo, la apuesta por volver a representar a ese tercio que fue democristiano durante todo la década del ‘60 no encuentra eco y plantea un desafío existencial que pone a prueba su consistencia ideológica.

Las encuestas indican que Guillier retiene la capacidad de ser competitivo en segunda vuelta contra Piñera, pero la cuesta está más empinada para el oficialismo que para la oposición.

Consultado para este artículo, el expresidente de la Cámara de Diputados de Chile Marco Núñez subrayó “El sistema político chileno se acerca a un cambio de época, tensionado al máximo por las dificultades de la transición, mientras emerge un cuadro de mayor pluralidad que difumina, a futuro, la bipolaridad que rigió en el país desde 1989”.

En el cierre de un año pleno de novedades políticas en América del Sur, Chile será el gran centro de atención. La cuestión que la elección dirimirá es si la ambición histórica del segundo mandato de Bachelet recoge el reconocimiento de la continuidad o si queda postergado hasta que se escriba la historia de este período de extraordinarios desafíos y logros notables.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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