Los costos del mentado ingreso a la OCDE

Por Antonio Hugo Figueroa *

En el presente artículo nos circunscribiremos a comentar el accionar de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en el ámbito de la tributación internacional. Para ello, uno de los puntos álgidos se encuentra en la finalidad que dicha organización atribuye a los  tratados para evitar la doble imposición internacional en materia de impuesto a la renta (CDI) y en la pérdida de recaudación que esto produce  en los países en desarrollo, recaudación que, por su parte, se traslada hacia las arcas fiscales de los países de mayor desarrollo. La explicación de esta situación exige considerar  el origen de los mismos y las etapas posteriores, ocurridas hasta la publicación del borrador del modelo de la OCDE (1963).

En un análisis comparativo entre la situación actual con la de épocas previas, hay que advertir que estos tratados no tienen las virtudes mágicas que se les atribuyen en su condición de instrumentos facilitadores de inversiones externas. En los tiempos que corren, ya hay un conocimiento mucho más importante de este tipo de tratados, que constituyen un mecanismo de transferencia de recursos de países en desarrollo a países desarrollados. Sin embargo, el nivel de resistencia de los países, el carácter contestatario, considerando la posición de la región en los ´70, resistencia amparada en la posición de la más excelsa doctrina, hoy es mínimo. Esta situación la relacionamos con el desconocimiento, que infelizmente conlleva a una absurda competencia entre países en desarrollo en la negociación de este tipo de acuerdos impositivos.


Este tipo de tratados, que constituyen un mecanismo de transferencia de recursos de países en desarrollo a países desarrollados.


En tal sentido, los gobiernos de países en desarrollo de la región, en su afán por captar inversiones externas, admiten la negociación de los citados tratados. Hay algunos que ignoran lisa y llanamente sus efectos negativos en la recaudación, pérdidas que no se ven compensadas por nuevas o mayores inversiones desde el otro estado parte del acuerdo (el país desarrollado). Y hay otros que con mayor conocimiento asumen tales pérdidas de recursos porque consideran, erróneamente, que es el precio que hay que pagar para incorporarse al mundo y captar inversiones. Ni lo uno ni lo otro. En su incesante marketing, la OCDE afirma que la suscripción de tratados para evitar la doble imposición es un requisito esencial para la captación de inversiones externas, provenientes de los países desarrollados miembros de la organización. Los datos de la realidad informan que no existe correlación alguna entre la firma de los mencionados acuerdos y la captación de inversiones desde el otro estado parte, el país desarrollado.

Además, es oportuno advertir que, en efecto, en la década de los ’20 del siglo pasado, se producían situaciones de doble imposición internacional gravosas en tal medida que dificultaban u obstaculizaban la actividad de las empresas. Con el correr del tiempo, las legislaciones nacionales evolucionaron de forma que esa doble imposición dejó de tener importancia porque el impuesto pagado en el país de origen del beneficio era acreditado (tax credit) contra el impuesto que debía pagarse en el país de residencia de la empresa. Esta situación minimizó o, en su caso, eliminó esa doble imposición de los años ’20 del pasado siglo, significando que los tratados tributarios dejaron de ser necesarios. Sin embargo, su uso, impulsado por los países desarrollados, fue más importante que en la oportunidad de su creación. A través de estos acuerdos los países más  ricos no sólo preservaban su recaudación del impuesto a la renta sino que la aumentan. Queda claro entonces que evitar la doble imposición en los días que corren es simplemente una excusa para suscribir este tipo de tratados que tienen una finalidad distinta.

Sin perjuicio de lo expuesto, abordaremos el aspecto referido al paulatino liderazgo, reforzado a través de la delegación realizada por el G20, que asume la organización en cuestión. Es un liderazgo que la convierte en el centro tributario mundial. Se trata de un objetivo buscado afanosamente desde la creación de la OCDE por quienes la dirigen, que son todos los países desarrollados que la integran, que efectivamente deciden y la dirigen con el concurso de sus empresas. Son países que suelen proyectar en ello estrategias de largo plazo para preservar sus intereses, vinculados directamente con la expansión de sus empresas, que desarrollan actividades internacionales. Este aspecto lo desarrollaremos en un artículo posterior, en la segunda parte.

Desde su creación en 1960, de uno u otro modo, los países miembros de la OCDE han intentado convertir al organismo en el centro rector de la tributación mundial, afectando para ello una impresionante cantidad de recursos, con mayor intensidad a partir de los ´90. Es así que la organización, demeritando el accionar del Grupo de Expertos de la ONU, penetró en América Latina. Cooptó instituciones de la región con  la misma estrategia que lo hizo en otras latitudes. El interés de los principales países desarrollados es más que evidente, preservar o aumentar su recaudación del impuesto a la renta sobre los beneficios de sus empresas de actividad internacional, que obtienen significativos montos de ingresos por su actividad externa, como así también por transferencias de tecnología a sus filiales. (El 80% de los pagos mundiales por regalías se realiza entre empresas del mismo conglomerado económico, UNCTAD). A esto hay que sumarle los dividendos e intereses por préstamos otorgados a dichas filiales externas. Ello va de la mano con la indudable intención de conformar un marco tributario mundial, que facilite la expansión de sus compañías.


La técnica utilizada en su modelo conlleva un efecto perverso, la transferencia de recursos fiscales desde los países en desarrollo, los más pobres, hacia los países más ricos. 


El análisis que se realiza no tiene sesgo ideológico alguno. Se trata, simplemente, de datos de la realidad. Sólo intentamos mostrar el modo en que los más importantes países proyectan estrategias de largo plazo para afirmar sus propios y marcados intereses, con el pretexto de crear las condiciones para que el mundo, los restantes países, alcancen un grado superior de desarrollo. En este aspecto, en el orden tributario, la colisión de intereses es manifiesta. Los países desarrollados, conforme al reparto de la torta tributaria mundial, a partir de los tratados modelo OCDE, se quedan con la mayor parte. La técnica utilizada en su modelo conlleva un efecto perverso, la transferencia de recursos fiscales desde los países en desarrollo, los países más pobres, hacia los países más ricos. La OCDE, sin ambages, representa el ariete fiscal de las naciones desarrolladas para universalizar, en este caso, su esquema tributario, que en general presenta serias y marcadas incompatibilidades con el contexto social y económico de los países de menor desarrollo relativo[1]. Continuará…

[1] El profesor Klaus Vogel, de la Universidad de Munich, fallecido en la primera década del presente siglo, ha sido, quizás, la persona más destacada del Siglo XX, en el campo de la tributación. Vogel sostuvo, con adecuado y profundo fundamento, una posición contraria a la que sostienen la OCDE, cuyo origen doctrinario puede encontrarse en lo expuesto por el profesor Richard Musgrave (USA). Editorial Kluwer, Holanda. 1977. “Los tratados para Evitar la Doble Imposición Internacional”. La posición de Vogel se ve reforzada, de algún modo, por los trabajos publicadas por la Profesora de Tsilly Dagan de la Universidad de Tel Aviv, Israel y de Columbia (USA). La profesora Dagan califica a los tratados en cuestión como un mecanismo perverso de transferencia de recursos desde los países más pobres hacia los países más ricos. “Law & Politics International, New York, 2000.”

 

* Ex Director de Relaciones Tributarias Internacionales (Argentina) (1971/1989). Ex Director Nacional de Impuestos (Política Tributaria: Argentina -1990/97- ). A cargo negociaciones de tratados (1970/1997). Miembro del Grupo Técnico sobre Tributación Internacional de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC-1972/79-) Coautor del Modelo de Tratado Tributario de los Países de la Cuenca del Plata (1978). Miembro del Grupo de Expertos de la ONU que aprobó el primer Modelo de Tratado (1979). Presidente del Grupo de Expertos en Cooperación Tributaria Internacional de la ONU (1997-2004); miembro del referido Grupo desde su creación (1981). Impulsor del nuevo modelo de Tratado de la ONU (1999) y del Comité de Expertos en Tributación Internacional ONU que desarrolla actividades desde 2005. Integrante del Cuerpo Directivo que trató la elaboración del Modelo de Tratado del Instituto Latinoamericano de Derecho Tributario (ILADT). Profesor Universitario. 



 

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