Expandiendo el género

Por María Cecilia Rodríguez

Lo primero que hay que aclarar, al hablar de la Ley 26.743 (denominada de identidad de género), es que realiza un avance significativo en materia de derechos de diversidad sexual. Permite realizar rectificaciones de identidad de sexo en virtud de la autopercepción que la persona tiene de su género. Esto implica la posibilidad de cambiar de nombre en el registro y realizar adecuaciones físicas, genitales y hormonales, en función de la identidad autopercibida. Una persona con un cuerpo aparentemente masculino que se autopercibe femenina tiene las herramientas legales suficientes para hacer el cambio de identidad.

La maravilla de la Ley (sancionada en 2012) es que no exige que esta adecuación se realice mediante procedimientos disciplinarios coercitivos, supone al menos dos operaciones de inmediato impacto en la inscripción y documentación de las identidades. Por un lado, una des-judicializazación del cambio registral. No se requieren abogados ni habilitaciones judiciales sino sólo la voluntad del sujeto solicitante. Por otra parte, una despatologización, ya que no es necesario que un profesional de la salud diagnostique “disforia de sexo”. Antes de esto, un médico debía dictaminar, desde una supuesta verdad medicinal, que había una no-correspondencia entre la identidad genital, hormonal o física, y la autopercepción.

La norma parece solucionar muy bien los conflictos que se generan en subjetividades, personas y colectivos, que parecen debatirse entre las dos opciones. Son aquellos que tienen un cuerpo masculino y se autoperciben femeninas o viceversa. Pero cabe preguntarse qué posibilidad existe en la práctica para el caso de subjetividades que no quieren reconocerse en esas dos opciones.


La maravilla de la ley de identidad de género es que no exige que esta adecuación se realice mediante procedimientos disciplinarios coercitivos.


Ocurre que la ley, con toda su generosidad, opera sobre un contexto normativo establecido, que es el del binarismo sexual. Nuestros conceptos de naturaleza y cultura fijaron dos sexos (mujer, varón o femenino, masculino), que pretenden agotar todo el espectro semántico, biológico, social y cultural.

Los discursos, las prácticas sociales, las leyes y las normas, los procedimientos de registro estatal y, en general, la cultura occidental, desde la modernidad, mantiene una división del universo de los seres humanos en dos grandes grupos, varones y mujeres. Se basa en un indicador de clasificación genital. Se trata de un binarismo de origen genital anatómico, que se complementa con referencias a criterios gonadales, hormonales y cromosómicos. Sobre esto se ha construido una división binaria de género, masculino – femenino.

Esto se apoya en una metafísica sustancialista, que presupone una naturaleza universal binaria y se sostiene como un dispositivo a priori, enlazando sexo (genital) – género – orientación sexual. Instituye una gramática binaria universalizadora que reproduce, recrea, normaliza y atribuye, prácticas concretas a cada género y domina las prácticas jurídicas, burocráticas, sociales y cotidianas.

A partir de esta lógica los seres humanos somos clasificados y moldeados bajo estas dos categorías y aquellos que “no puedan incluirse” deberán forzar sus cuerpos, sus experiencias, sus identidades y sus vidas, a ese binarismo. La genitalidad se presenta como una verdad última y una naturaleza definitiva, de modo tal que su ambigüedad es intolerable y precipita cualquier modificación de cuerpos.

El binarismo hegemónico no plantea una mera oposición entre términos coordinados al mismo nivel. Supone una jerarquía que pone un término por sobre el otro, en una relación de dependencia. Lo masculino y heterosexual es la regla y lo que está arriba, lo femenino y lo homosexual se ubica por debajo. Las formas que no aceptan esta jerarquía naturalizada directamente ingresan en grados diversos en los horizontes de la anormalidad o la bestialidad.

El sexo tiene entonces un estatuto significante organizado y distribuido genéricamente en la dicotomía M/F, vinculable a la dualidad de géneros del lenguaje, pero también al modelo biologicista hembra-macho. La clasificación binaria, fundada en el sexo, funciona como un dispositivo de jerarquización. Establece la superioridad de lo masculino sobre lo femenino. Concibe esos pares vinculados con la capacidad de reproducción y la elección de objeto, de modo que establece una regla hetero normativista y productivista, donde lo heterosexual es la norma y lo homosexual el desvío.

El binarismo es tan fuerte que se transfiere al concepto de género, amenazando con fijar un concepto sobre cuyo alcance hay una gran discusión académica, política y militante.

Entonces, intentando avanzar en las reflexiones sobre derechos, nos preguntamos: la ley de identidad de género, ¿expresa un concepto amplio de género o por el momento sólo instituye un sistema para facilitar el cambio de sexo/género? ¿Cuántos géneros podemos pensar, vivir y reconocer?

Hay personas que no adoptan una de las formas binarias. Algunas cuentan anatómicamente con una organización original y única, como los intersexuales, que pueden presentar de forma simultánea características sexuales masculinas y femeninas. Hay otras transexuales, que se encuentran en procesos de supuesta indeterminación en un periodo de su vida. Estas personas, ¿tienen que decidir si son femeninas o masculinas? ¿El género “intersexualidad” está al mismo nivel conceptual, semántico, registral y sintáctico que los géneros masculino y femenino? ¿Los procedimientos y normativas de la práctica registral estatal han abierto sus registros a otras opciones más allá del binarismo? En una palabra, ¿la norma posibilita o clausura una salida del binarismo?

El tema puede parecer una sofisticación de inclusión de derechos de la diversidad sexual si no fuera por la historia de violencia estatal ejercida, por ejemplo, sobre los bebés intersex, que nacen con una aparente ambigüedad. Son los alguna vez se denominaron hermafroditas. Ante el reclamo de los padres, que solicitan una definición, el médico, unilateralmente, y sin otra herramienta que su convicción momentánea, somete a los recién nacidos a cirugías inconsultas, violentas, precipitadas, en fin, espantosas. Son intervenciones que marcan su vida y que, en muchos casos, devienen, en otros momentos de la vida de la persona, en otras cirugías que intentan remediar aquellas.

Ese es uno de los casos extremos en materia de violencia normativa. Pero se trata aquí de contemplar no solo los extremos.

Considerando las cosas desde un ángulo menos tremendo, si uno realiza una breve pesquisa para identificar cómo el Estado registra a las personas, no hay evidencia de que realice el registro de otras identidades de género que no sean masculino-femenino.

No hemos incorporado aún el género “intersexualidad”, que no está al mismo nivel conceptual, normativo y registral, que los géneros masculino y femenino. La categoría que sigue hegemonizando la identidad es la de sexo.

La lectura de textos de militancia intersex tampoco presenta una postura hegemónica en relación con la registración. En realidad, se la considera una especie de gradación en la obtención de derechos, según la cual se debe avanzar desde la posibilidad de rectificar el registro, pasando por la ampliación de opciones más allá del binarismo, hasta llegar a la prescindencia de la registración del sexo o del género.


El binarismo sexual y de género no incorpora todas las diversas formas de la vida humana y podemos y debemos hacer esfuerzos por pensarlas a todas.


La reflexión sobre el género en distintos colectivos (transexuales, intersexuales y travestis) muestra que presentan diferencias en cuanto al alcance y las metas de militancia. No parece ser la misma agenda política la de estas agrupaciones. No son los mismos intereses los que están en juego. La Ley de Identidad de Género parece estar dedicada especialmente a las necesidades de colectivos transexuales, de personas que luchan por obtener un reconocimiento de su identidad autopercibida por sobre la identidad fijada al nacer por terceros sin su consentimiento. Pero la norma no parece ocuparse de las necesidades de personas que no quieren readecuar su identidad sino expandir el concepto de género.

Lejos de pretender una crítica a un instrumento normativo novedoso, ampliatorio de derechos, y manifiestamente beneficioso para ciertos colectivos, estas breves reflexiones buscan aprovechar ese formidable impulso de ampliación legislativa para continuarlo. El objetivo es buscar las adecuaciones normativas y estatales necesarias, procesos de registración, protocolos de respuesta, para seguir avanzando en procesos democratizadores.

El binarismo sexual y de género no incorpora todas las diversas formas de la vida humana y podemos y debemos hacer esfuerzos por pensarlas a todas.

Para las mentes que cuantifican estadísticamente este tema puede parece un caso de una minoría extrema. Sin embargo, la calidad de las democracias contemporáneas está dada por la capacidad que tienen los instrumentos estatales y las formas de respuesta política de reconocer las diversas formas de vida en su singularidad, ganando en complejidad y riqueza.


 

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