Quiénes son los reclutas de Daesh

Por Gabriel Puricelli*

“Envenénenlos, mátenlos con cuchillos, tomen sus armas, irrumpan en sus casas, dególlenlos, aterrorícenlos!”, arenga en un video Abu Taysir el Faransi, quien lleva en su nombre árabe su gentilicio: el francés. Es uno entre los miles de reclutas, provenientes de Europa, de Daesh, el autodenominado Estado Islámico. Es un exponente de un fenómeno que alimenta las milicias que actúan en territorio iraquí, sirio o libio, y las células terroristas en Europa misma, y las unidades especializadas en captación en las redes sociales en línea. Verdadera organización terrorista transnacional, Daesh cuenta con estos reclutas para mantenerse activa más allá de la aparentemente inexorable declinación de su control militar del territorio entre Irak y Siria. Daesh viene teniendo un retroceso continuo. Fue expulsado de Mosul, la más grande de las ciudades que controlaba, la segunda más poblada de Irak, por las fuerzas gubernamentales de Bagdad. Fue erradicado de buena parte de las regiones de mayoría kurda del norte de Siria por las Unidades de Protección Popular (YPG), apoyadas por EE.UU. También se ha limitado su accionar en Libia. Sin embargo, esto no se traduce en el fin de su accionar en Europa.

No había pasado un mes del atentado en las ramblas de Barcelona cuando un nuevo ataque se produjo en el subte de Londres. La secuencia de los hechos fue idéntica: una acción llevada adelante con medios artesanales, reivindicada poco después de acaecida por voceros de Daesh. Luego, una persecución policial detiene o mata a sospechosos jóvenes cuyo vínculo a distancia con esa organización queda rápidamente en evidencia. Pasados los hechos, queda la marca del terror que sus autores buscaron imprimir y la fotografía de los jóvenes reclutas que parecen ser uno y el mismo: pocas veces mayores de 30 años, hijos de inmigrantes o inmigrantes ellos mismos (legales, las más de las veces) y con un pasado reciente de radicalización en ambientes religiosos o carcelarios.


Daesh cuenta con estos reclutas para mantenerse activa más allá de la aparentemente inexorable declinación de su control militar del territorio entre Irak y Siria.


La cuestión de cómo recluta Daesh es la pregunta más importante que deben responder las fuerzas de seguridad de los estados donde actúa y de aquellos donde podría actuar. Los primeros constituyen una lista acotada de 13 países. Son Francia, Dinamarca, Túnez, Turquía, Egipto, Líbano, Bélgica, EE.UU., Afganistán, Alemania, Reino Unido, Suecia y España. El segundo grupo son todos los demás países del mundo. El proyecto del califato no reconoce otra frontera que la que separa a los infieles de los fieles, que no son siquiera todos los musulmanes, ni tampoco todos los sunnitas.

Los servicios de inteligencia de algunos de esos países realizan un seguimiento obsesivo de las personas que circulan en medios extremistas con potencial para la violencia. Además, en un país como Alemania, una dependencia gubernamental, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV), publica un informe anual con la estimación del número de personas con esa orientación. En su informe para el año 2016, la BfV estimó que en ese país había alrededor de 9.700 salafistas. Son militantes que adhieren a la necesidad de expandir en el mundo la versión más fundamentalista de la lectura sunnita del Corán, incluyendo el uso de la fuerza.

Esa misma agencia gubernamental alemana publicó, en diciembre de 2014, un estudio sobre 378 combatientes identificados por el gobierno de Alemania que habían dejado ese país para unirse en Siria a Daesh u otros grupos islamistas, opuestos al régimen dictatorial de Bashar Assad. Ese estudio proveyó algunas pistas sobre el perfil de quienes son reclutados para participar de las actividades armadas del salafismo. Son hombres en una proporción de 9 a 1 sobre las mujeres, con una edad promedio apenas por encima de los 26 años. De esos combatientes, dos tercios tenían antecedentes criminales, la mitad de ellos con condenas penales, y más de un tercio por crímenes violentos. Menos de un tercio del grupo había terminado la escuela secundaria, mientras que uno de cada cinco era tan joven que todavía la estaba cursando. El estudio alemán tiene la virtud de analizar un universo de individuos mucho más amplio que el puñado de pocas decenas de individuos que han protagonizado o han estado vinculados a los atentados terroristas reivindicados por Daesh en Europa en los últimos tres años. El retrato que resulta parece una fotografía del perfil sociológico de ese grupo más pequeño que ha provocado muerte y terror desde Estocolmo hasta Barcelona.

Apoyándose en parte en este estudio del gobierno alemán, un mayor de la Fuerza Aérea estadounidense, Sean Reynolds, escribió una tesis para su maestría en estudios de seguridad. Allí analiza cómo se realizó el reclutamiento de esos combatientes. La conclusión a la que llega resulta contraria a la intuición que ha ganado presencia en los análisis periodísticos, que mira hacia internet como el ámbito privilegiado donde se tejen las relaciones que llevan a la radicalización de los individuos. Reynolds, por el contrario, concluye que tal cosa ocurre raramente y que el ámbito en el que se produce la radicalización de los individuos y su entrada en contacto con las organizaciones terroristas que han de reclutarlos son las redes sociales tradicionales, cara a cara, en las que están inscriptos. Ello no quiere decir que no haya reclutamiento a través de internet, algo en lo que Daesh pone un esfuerzo particular y donde demuestra una notable destreza. De hecho, su propaganda en línea es la que termina de construir el terror que activan sus actos y es la marca más notable de la contemporaneidad del grupo, que no proyecta su utopía de califato hacia atrás sino hacia un futuro que se alcanzará, en su visión mesiánica, atravesando el bautismo con sangre de infieles. Daesh es hiperactivo en todas las redes de internet, cuyo alcance global y exhaustivo se corresponde con la ambición global de la organización. Hay evidencia de relaciones establecidas por ese medio por algunos de quienes han cometido ataques en nombre de Daesh. Hay también casos de reclutamiento en línea que se encaminaban hacia la realización de atentados de envergadura hasta que fueron desbaratados, como sucedió en junio de 2016 con el ataque que planeaban dos hermanos en Hyderabad, India, detectado por las fuerzas de seguridad de ese país, que hasta ahora no ha recibido ningún ataque.

Más allá de las formas que toma el reclutamiento, la cuestión que más desvela a las autoridades de los países que han sido víctimas o son blancos potenciales de la acción terrorista de Daesh es la de dar con las causas de la radicalización de quienes ejecutan las acciones atroces cuya autoría el grupo se atribuye. En ese aspecto, la discusión está lejos de alcanzar una conclusión unánime. Dos especialistas franceses, que estudian el islamismo político, son quienes en Europa vienen sosteniendo posiciones enfrentadas al respecto. Las posiciones,, a primera vista, pueden parecer un simple juego de palabras. Gilles Kepel, profesor de SciencesPo, en la Sorbona, ve en el terrorismo una radicalización del islamismo. En cambio, Olivier Roy, del Instituto Universitario Europeo de Florencia, ve en el fenómeno una islamización de la radicalidad. Ambas visiones tienen consecuencias sobre la política a adoptar. Mientras para Kepel es indispensable una vigilancia sobre todo lo musulmán y sobre todas las exclusiones sociales, identificadas también como fuentes potenciales de radicalización, Roy llama a indagar sobre las formas de radicalidad ya existentes y sobre el uso del islamismo como pretexto para reactivarlas. Las opciones políticas de ambos pensadores también están en juego. Ambos están situados en el ancho campo de la izquierda. Kepel sostiene la secularización a rajatabla y se bate por una laicidad ideológicamente transversal, mientras Roy se preocupa eminentemente por la islamofobia que puede promover una explicación culturalista del fenómeno terrorista. Otros intelectuales, como el sociólogo Gérald Bronner, autor de El pensamiento extremo: cómo los hombres ordinarios se vuelven fanáticos, redescubren el trabajo clásico de Émile Durkheim sobre el suicidio para pensar el proceso de radicalización y para aventar la tentación de tratar como inexplicable el comportamiento enteramente racional (y no por ello menos atroz) de quienes ejecutan acciones terroristas.


La cuestión que más desvela a las autoridades de los países que han sido víctimas o son blancos potenciales de la acción terrorista de Daesh es la de dar con las causas de la radicalización de quienes ejecutan las acciones atroces.


En todos los casos, tanto la reflexión intelectual como la política pública de seguridad afrontan el terrorismo como un problema doméstico, aunque con influencia (a veces decisiva) exterior. Ello implica hacer las cuentas con una realidad: por cercano que pueda hallarse el fin de Daesh como fuerza militar convencional en el Levante y en el norte de África, la disponibilidad de reclutas no acerca automáticamente el fin de los intentos terroristas en Europa y otras partes del mundo. No se puede asegurar siquiera que se trate de un canto del cisne, donde la mayor espectacularidad y frecuencia de los ataques sería un anticipo de su cese definitivo. Si de teledirigir voluntarios se trata, es probable que sea más sencillo recuperar todo el territorio que sigue controlando Daesh que desactivar cada una de las pequeñas cuevas en las que, computadora y celular en mano, se encuentran los telemarketers del fundamentalismo terrorista captando, convenciendo y dirigiendo. Lo mismo vale para las redes sociales tradicionales que el Mayor Reynolds identificaba como fuente de activación y radicalización. La onda expansiva de las brutales guerras en el Levante y el norte de África seguirá enviando oleadas de refugiados e inmigrantes que inevitablemente crearán fisuras en las sociedades de acogida de las que surgirá el puñado de hombres ordinarios suficientes para futuras acciones fanáticas.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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