El riesgo del antiperonismo como medida de la realidad

Por Pablo Quiroga

En el número anterior de Replanteo, escribí la nota El neoliberalismo y la cuestión Indígena. El artículo disparó algunos comentarios en Facebook cuyo su mensaje fue: “¿Y el peronismo qué?”. “¿Acaso no tiene deudas con los pueblos originarios?”. “¿Qué tiene que ver la cuestión de Santiago Maldonado? ¿Para que es mencionado?” “Sólo se dan motivos para que el kirchnerismo saque provecho político”.

Estas frases sólo son un ejemplo de conclusiones políticas a las que llegan militantes de largos años en el campo popular, desde la dictadura, que hoy encuentran en el antiperonismo la justificación para minimizar un hecho conmocionante, como es la desaparición de una persona. También sirve para asumir la misma postura frente a la aplicación de políticas de orientación neoliberal, como la quita a las retenciones a las mineras y el fomento a la bicicleta financiera. Son situaciones que en otros momentos hubieran sido, para esas mismas personas, motivo de reclamo y movilización.

Desde ya que no es nuevo el sentimiento antiperonista en sectores políticos progresistas. Esta nota no pretende realizar un estudio sobre el fenómeno, ni mucho menos juzgar intenciones. Sólo es una primera reflexión sobre actitudes de las que, quién escribe, no ha estado exento, y sobre las consecuencias que pueden generar.

La grieta no es nueva. Raúl Alfonsín afirmaba, en la campaña del ‘83, que una de las causas que facilitaron los golpes de Estado en el país fueron los “enfrentamientos irreconciliables entre los argentinos, sin ver que le hacían el juego al enemigo de los intereses del pueblo”. Creíamos, entonces, que se creaba un consenso democrático donde el adversario era sólo eso y no un enemigo.

El enfrentamiento sostenido frente al menemismo no fue por su condición de peronista sino por la aplicación de políticas neoliberales que llevaron al país al desastre.

Las contradicciones, a mi modo de ver, comenzaron con el kirchnerismo. Fue criticado por su matriz corrupta, campo en el que naturalmente consensuábamos, y por su ataque a ciertas cuestiones institucionales. Este último aspecto tal vez fue agrandado, pero bien valía ponerlo en el tapete y alertar sobre riesgos republicanos con los que no hay que jugar.

El problema surgió con otras cuestiones que fueron criticadas y con críticas que fueron silenciadas. Es evidente que desde el gobierno de (Eduardo) Duhalde hubo un cambio de rumbo. El país salió del neoliberalismo. En los años siguientes hubo medidas que, en otro contexto, hubieran sido acompañadas por aquellos militantes no peronistas de causas populares. Sin embargo, comenzaron a ser criticadas. Muchos, con argumentos diversos, se opusieron a la vuelta del sistema previsional de reparto y al fin de las nefastas AFJP. El bloque de la UCR votó en contra en este tema sobre el que había sido el principal crítico durante el menemismo. A la vez, otros aseguraron que no podía acompañarse la nacionalización de YPF (que finalmente fue respaldada) porque “no podía ser manejada por estos tipos”. Para muchos de nosotros la privatización de la petrolera fue una de las tragedias políticas modernas, ya que complicó, como tantas medidas de los ’90, la posibilidad de un desarrollo autónomo, integral y sustentable del país.

Al mismo tiempo se produjo un innegable avance en la conquista de nuevos derechos. Se puede decir que fue posible porque gracias al precio de los comóditis se contaba con dinero para ello. Pero ese dinero pudo ser usado para muchos fines, sin embargo, se resolvió la aplicación de la AUH, el acceso de miles de personas a jubilaciones o a pensiones por discapacidad, más las políticas de inclusión de grupos históricamente vulnerados. Estas acciones no produjeron un momento de encuentro de las fuerzas políticas populares. Lejos de esto, bajo el dudoso título de “populistas”, se las desacreditó.

Por otro lado, el kirchnerismo implementó acciones muy criticables a nuestro modo de ver. Sobre todo, la oportunidad perdida para cambiar la matriz productiva del país. Con esos recursos con que contaba el Estado, más la mayoría en ambas cámaras del congreso, lejos de procurar ese cambio, se profundizó el modelo de desarrollo basado en cultivos pampeanos, casi un monocultivo, y el extractivismo. Se le dio a las empresas multinacionales condiciones leoninas para la explotación minera o para la extracción de bosques. Fueron políticas acompañadas por el veto a la ley de protección de glaciares y, una vez aprobada, por el impedimento de su implementación. Lo mismo ocurrió con la ley de protección de bosques nativos.

Con la industria se alcanzó a producir con el máximo de las instalaciones preexistentes, pero no hubo un cambio de paradigma, que llevara a desarrollar nuevas pautas productivas con tecnologías de punta, para darle valor agregado a nuestros recursos naturales. Tampoco se cambió el regresivo sistema impositivo, cuando se contó con posibilidades para hacerlo.

Pero sobre todo esto poco se habló. No hubo denuncia de “populismo” por consolidar un modelo de crecimiento que acompañaban los grandes grupos económicos. Ocurrió que, cierto discurso político, que dio letra sobre populismo, negó el debate sobre los riesgos del monocultivo o la extracción minera como ejes de desarrollo. Sobre eso hubo un silencio ensordecedor.


“No hubo denuncia de
populismo por consolidar un
modelo de crecimiento que
acompañaban los grandes
grupos económicos”.


Volviendo al presente y al caso de Santiago Maldonado, encontramos que el tema es minimizado o valorado insuficientemente por temor a los réditos políticos que puedan obtener los K. Se dijo que se politizó el tema y, entonces, pasó a un lugar secundario lo que debería ser el centro del debate: la desaparición de una persona y la responsabilidad del Estado en la resolución del caso.

Si la lucha por la defensa de los derechos humanos se vuelve secundaria porque una desaparición ocurre durante un gobierno no peronista, estamos en riesgo de perder el objetivo por el que muchos de nuestra generación comenzamos a militar en política durante la última dictadura militar. Muchos que dimos como permanentes ciertos principios ideológicos, más allá del partido al que perteneciéramos.

Es cierto que en la década del ‘80 la sociedad estaba más politizada. El cine, el teatro, la literatura, eran creaciones artísticas con gran compromiso político. Eso se reflejaba en una sociedad más consustanciada con lo que le pasaba al conjunto, no sólo con lo que ocurría con cada integrante de esa sociedad como sujeto.

Hoy poco de eso queda. La comunidad de ciudadanos ha sido reemplazada por el mercado de emprendedores, ideal del triunfador individual, meritocrático e insensible a la suerte del resto social. Cuando se habla de vecino y no de ciudadano, lo que se instala es el ideal del exitoso, que no necesita del Estado para sus logros. Es el triunfo, no de la desaparición de las ideas sino de las ideas liberales, individualistas, egoístas, en fin, de la derecha, como se decía entonces.

Cuando más nos alejamos del hombre social más nos alejamos de aquellos consensos democráticos que creíamos definitivos en 1983.

Cuesta entender el acompañamiento a la designación de jueces de la Corte por decreto, el juicio político a un juez, por incorrecta que sea su gestión, utilizando recursos de un defectuoso diseño institucional del Consejo de la Magistratura, muy cuestionado por toda la oposición durante el gobierno anterior. Cuesta entender que se acompañe el intento de desplazar a la procuradora general por decreto, el observar pasivamente el desplazamiento del procurador del tesoro y el desfile de Aldo Rico un 9 de julio, sólo porque todo esto ocurre durante una gestión no peronista.


“La política sigue siendo
de izquierda y de derecha,
no peronista o antiperonista”.


La orientación de un gobierno, las políticas que aplica, el modelo de desarrollo que auspicia, no es justo o injusto por quién lo implemente sino, conforme donde uno está parado, se mide de acuerdo a los intereses que se defienden y con ello, qué grupos sociales son perjudicados y cuales beneficiados.

La política sigue siendo de izquierda y de derecha, no peronista o antiperonista.

Acepto que para asumirlo así es necesario ir contra la cultura hegemónica y sobre el relato de hoy. Pero si no se hace política para crear nuevos escenarios, aún desde las dificultades más grandes, ¿para qué se hace política?

 


 

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2 respuesta a “El riesgo del antiperonismo como medida de la realidad”

  1. Perfecto pablo la diversidad hace la riquesa de un sistema demicratico el cual esta obligado a aseptar todos y cada uno de los matices ideologicos del espectro politico.como me decia federico risso cuando nos sentavamos a charlar sobre los problemas de salud de matanza (cumparreligionario) y yo lo aceptaba pues los intereses heran superiores a nosotros dos en esa epoca 83/87

  2. Estoy pensando en la politica aplicada en historicamente en el conurbano del GBA (La Matanza, Avellaneda, Berazategui, Lanus, Moreno, etc etc etc) y compararlas con la calidad de vida y desarrollo urbano (asfalto, cloacas, agua corriente) de Vicente Lopez, San Isidro por ejemplo.
    Los resultados son absolutamente diferentes y la diferencia en calidad de vida es notoria.
    Tomando estos distritos como referencia, cuales aplicaron politicas de izquierda y cuales de derecha, y viendo los resultados 》calidad de vida, a que conclusion se llega?

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