Cataluña y la crisis de los Estados-Nación

Por Gabriel Puricelli*

El nacionalismo, que alguna vez fue el fundamento de los modernos estados-nación, se está tornando el virus de los estados-nación europeos en este siglo. Síntoma de un debilitamiento de la affectio societatis, de un repliegue identitario, de un egoísmo defensivo de masas. No hay país del Viejo Continente cuya política doméstica no esté bailando al son de un retorno de lo reprimido, pero no necesariamente retorno de lo mismo.

El nacionalismo viene a encarnar la revuelta de una parte de la sociedad que se desembaraza de las representaciones políticas tradicionales, frente a una doble constatación. Una es la ruptura del consenso socialdemócrata, que ató, hasta mediados de los ‘70, el crecimiento de la productividad a los incrementos salariales. Otra es la perspectiva de que las habilidades que hoy permiten vender la fuerza de trabajo van a ser obsoletas en poco tiempo. La primera constatación- el abandono del consenso socialdemócrata- habría que verla como el final del motor del ascenso social. El amesetamiento que caracterizó las tres décadas posteriores explotó como demanda insatisfecha, cuando la crisis financiera de 2008-2009 evidenció que a la meseta la seguía una caída. El segundo aspecto- los trabajos actuales destinados a ser reemplazados por la automatización en las próximas dos décadas-reclama de los partidos socialistas la capacidad de proponer un sendero utópico. Un camino que conduzca a un futuro que supere la amenaza de la exclusión que se cierne sobre el 50% de los oficios de hoy. La demanda recae en este cuadrante del sistema político. El cuadrante conservador, por definición, no está sometido a esa exigencia. Su electorado está motivado más por el interés de mantener una posición alcanzada, que por asegurarse la movilidad a la que aspiraron históricamente los trabajadores.


Cuando el
consenso socialdemócrata
agotó su impulso, se terminó
el motor del ascenso social.


El nacionalismo capta parte de esa necesidad de utopía insatisfecha por los partidos socialistas, percibidos como una de las dos caras del consenso neoliberal. Ofrece una visión de espejo retrovisor. El regreso a la tierra, a la comunidad y a la lengua, aplaca las ansiedades de parte de la vieja base electoral de la izquierda, que no encuentra cobijo en el cosmopolitismo, ni en la política de la identidad abrazada por las elites socialdemócratas. El paso del trabajador de línea de ensamblaje al trabajador de servicios ya había representado un cambio para la organización de la política. Conllevó un debilitamiento de los sindicatos y, por lo tanto, del apoyo que aportaron históricamente a los partidos de izquierda. Esa dislocación fue dejando en disponibilidad a una parte de los trabajadores.

El envejecimiento poblacional, asociado a la longevidad creciente, también hizo lo suyo. Los trabajadores, cuyo centro de vida era la fábrica, donde el conflicto con el patrón los organizaba sindical y políticamente, se transformaron en jubilados. Sus conflictos cotidianos, en el barrio, fuera de la fábrica, los pusieron en tensión con inmigrantes y jóvenes.

Las formas que adopta el nacionalismo varían de país en país, de acuerdo a las diferentes historias y estructuras sociales. Una primera distinción debe hacerse entre los nacionalismos que reivindican el estado-nación que los alberga, con el componente poblacional étnico y lingüístico, y los que reivindican una nacionalidad minoritaria, que se percibe oprimida dentro del estado-nación del que forma parte. Los primeros son inequívocamente de derecha, aunque con una paleta que va desde los autodenominados libertarios hasta los reaccionarios. Esto incluye a los flamencos, una mayoría demográfica que se autopercibe como minoría política en Bélgica. En el segundo grupo están los nacionalistas escoceses, irlandeses, galeses, vascos, gallegos y catalanes, por ejemplo. Su ideología arranca en la centro-derecha catalana y vasca, cubre un espectro que llega a los “socialismos de liberación” irlandés, gallego y también vasco. Varios de estos últimos grupos, hasta hace más o menos una década, representaban la única expresión de la política armada en Europa. Su desactivación como fuerzas milicianas hizo que la percepción de amenaza que irradiaban esté casi extinguida, aunque su fuerza electoral los ha vuelto actores centrales de los sistemas políticos en los que están inscriptos.

Casi en simultáneo con la extinción de la amenaza de revolución que planteaban los nacionalismos “de liberación”, subidos a la ola descolonizadora que marcó la historia de la periferia en la posguerra, surgió con fuerza la amenaza al consenso democrático-liberal por parte de los nacionalismos de derecha. Son los que se inscriben en esa lógica de gangrena de parte de los viejos electorados de clase trabajadora. Varios de ellos hunden sus raíces en la extrema derecha que colaboró con el nazismo en los países ocupados, como el Jobbik húngaro, el Partido Popular-Nuestra Eslovaquia o el Partido de la Libertad de Austria, fundado por ex-nazis en el país que vio nacer a Adolf Hitler. Con lazos más tenues con esa historia encontramos a los Demócratas suecos y al Frente Nacional francés.

Otra última variedad la constituyen los partidos que surgen como “ácratas de mercado”, el Partido del Pueblo danés y el Partido del Progreso noruego o el Partido por la Libertad (PVV) holandés, que es una escisión “libertaria” de los liberal-conservadores (VVD). Estas tres fuerzas, y el Partido de los Fineses, encuentran en el anti-islamismo el gran tema unificador y electoralmente movilizador. En el caso de los tres nórdicos se suma un fuerte nacionalismo étnico, que es menos marcado en el caso holandés. La incorporación fulgurante es la de Alternativa por Alemania (AfD), que irrumpió casi como brazo político de las manifestaciones contra los inmigrantes y contra los musulmanes que tuvieron lugar en 2014 y 2015. La Lega Nord italiana es un emergente de una rebelión contra el pago de impuestos, que encuentra en el nacionalismo padano un pretexto más que una razón histórica.


El nacionalismo
capta parte de esa necesidad
de utopía, insatisfecha por
partidos socialistas, que son
percibidos como parte del
consenso neoliberal.


Aun cuando algunos de estos nacionalismos están aislados por un “cordón sanitario”, formado por los partidos tradicionales de centroizquierda y de centroderecha, en algunos países tienen un rol central. En Noruega son parte del gobierno. En Finlandia lo fueron hasta hace poco meses y, en Dinamarca, el gobierno sólo se sostiene con apoyo parlamentario de éstos sectores. En Hungría son un sostén del gobierno “iliberal” de Viktor Orban y en Austria se aprestan a volver a entrar en el gabinete junto a los conservadores. En Italia no sólo fueron parte del gobierno de Silvio Berlusconi sino que no existe posibilidad aritmética de que la derecha forme gobierno en Roma sin la Lega. Si a este grupo le sumamos el Partido Popular de Suiza, que forma parte del gobierno ininterrumpidamente desde 1959, pero que abrazó posiciones de extrema derecha desde los ´90, completamos un cuadro de “normalización” de la extrema derecha en todo el continente. Es verdaderamente alarmante. Ninguno de estos nacionalismos pone en riesgo su propio estado-nación. Pero todos buscan socavar los consensos mínimos de solidaridad social que existen en cada país y, sobre todo, cerrar la puerta a una inmigración que llega expulsada de sus países de origen por la violencia y la penuria material. Inmigración que la demografía europea necesita para mantener su salud económica.

Al tiempo que se normalizan estos nacionalismos excluyentes, que no cuestionan sus respectivos estados-nación, es un nacionalismo de los minoritarios el que tiene en vilo a Europa, el catalán. Sin compartir en absoluto el recorrido pro-nazi de algunos de los otros nacionalismos, el independentismo catalán conserva un parecido de familia con todos: la reivindicación esencialista de una nacionalidad, fundada primordialmente en la lengua. Tiene un componente de irredentismo en la relación fiscal con el gobierno central, que lo emparenta con la Lega Nord. Sus credenciales republicanas impecables, sin embargo, lo singularizan, pero es la realidad estructural de la Europa contemporánea lo activa en cierta consonancia con los otros.

El nacionalismo catalán amalgama vertientes de centroderecha, representadas por el Partido Demócrata Europeo Catalán, del president Carles Puigdemont. Pero también incluye a la izquierda republicana, a la Esquerra Republicana de Catalunya y a la Candidatura de Unidad Popular. Ésta última surgió en el contexto de la austeridad impuesta a España por la troika, aplicada a nivel nacional por el Partido Popular, de Mariano Rajoy, y en Cataluña por Convergència i Unió. Es decir: el fenómeno de fondo que sobredetermina el clímax independentista catalán es el mismo que hace crujir los sistemas políticos de toda Europa. Cruzado con la historia particular reciente de España y Cataluña, da este resultado particular: alrededor de la mitad de los catalanes suscriben la tesis de la dirigencia independentista, que culpa a Madrid de las estrecheces derivadas del ajuste fiscal. Estos ciudadanos acompañan la fuga hacia adelante de la centroderecha catalana, que se reinventó independentista, después de 40 años de ser autonomista, para evitar su colapso como corriente política, tras el escándalo de corrupción de su líder histórico y ex-president autonómico Jordi Pujol. Cataluña es la tormenta perfecta, en parte, porque en Madrid manda el Partido Popular. El PP militó contra el Estatuto de Autonomía catalán refrendado popularmente y luego por el Congreso en 2006. Logró su derogación por el Tribunal Constitucional, en 2010. Se refugió en un españolismo ciego y sordo ante la España de las naciones, mientras entraba en ebullición el caso catalán. Si a esa ignorancia olímpica de las demandas que podrían haberse encauzado constitucionalmente le faltaba un símbolo para cristalizar, pues ahí envió Rajoy a la policía nacional y a la guardia civil a reprimir el referéndum que intentó forzar Puigdemont. Las detenciones de dos líderes independentistas de la sociedad civil, los Jordis Sánchez y Cuixart, el pasado 16 de octubre, no han hecho más que grabar en piedra la línea que demarca a Madrid de Barcelona.

Aunque Cataluña está lejos de contar con los atributos de poder duro, necesarios para independizarse, la gestión de la crisis política no está haciendo más que angostar el callejón sin salida en el que se han metido ambas partes. Rajoy juega con fuego. Da por descontado que si no se han activado los otros nacionalismos, que podrían quebrar la unidad de España, el riesgo está controlado. Ignora, por su propia cuenta y riesgo, que las condiciones de la Europa contemporánea están dadas para facilitar cualquier desafío nacionalista, que venga a romper la rutina de los sistemas políticos o que pretenda romper la unidad misma del país, ya que sistema político no puede acoger la demanda ciudadana que hoy lo toma como vehículo los nacionalismos.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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4 respuesta a “Cataluña y la crisis de los Estados-Nación”

  1. Me aburren las letras destinadas a realizar una revisión parcializada que intenten analizar situaciones. El pasado se disuelve en un instante del presente que todos lo vivimos de maneras diferentes. Pretendo leer o escuchar deficiciones claras e inteligentes sobre lo que se hará a partir de este instante para adelante. Analistas, historiadores y brujos, estudien para enriquecer su sabiduría, no para criticar lo que hcieron otros con la participación de ellos mismos. Vivimos anclados en los dictámenes de ideólogos desconocidos y de fracasados ejecutores de ideas que sólo pueden resultar en el papel o en la web. Soluciones, no catarsis, preconcebida.

  2. Me resulta interesante el nexo que Puricelli establece entre lo que denomina “la ruptura del pacto socialdemócrata” y el surgimiento de los nacionalismos. El fracaso de los proyectos socialdemócratas, con todas sus claudicaciones y mentiras, siempre llevó a la guerra y al fortalecimiento de los nacionalismos, en el 14 y en el 32. ¿Encontrará Europa hoy otro camino?

  3. El análisis comete un grave error al afirmar que el nacionalismo Catalán forma parte de aquellos que “buscan socavar los consensos mínimos de solidaridad social que existen en cada país y, sobre todo, cerrar la puerta a una inmigración que llega expulsada de sus países”. Además, omite algunos aspectos fundamentales.

    La primera omisión tiene que ver con el cuestionamiento al modelo democrático del Estado Monárquico-Constitucional que rige a España, en contra posición al modelo democrático republicano que busca el independentismo Catalán. Se trata de un cambio de legitimidad: fundar la república catalana y dejar atrás la legitimidad del régimen monárquico-constitucional español.

    Para respaldar este cambio de legitimidad el nacionalismo Catalán ha impulsado una vía democrática representada en las urnas, en el disuelto Parlament y en las masivas manifestaciones públicas rebosantes de civismo. Por su parte, para impedir la vía democrática del nacionalismo Catalán, el régimen español se basa en la constitución y el imperio de la ley, pero bajo el sesgo de una clara instrumentalización del poder judicial.

    La Independencia Catalana es ilegal para la justicia española, por ser inconstitucional. Sin embargo, España pertenece a la Comunidad Europea, cuyos miembros, en teoría, se apegan a la jurisprudencia del derecho internaciona, y en ese contexto jurídico el Tribunal de la Haya ha sido muy enfático al declarar que “no existe en derecho internacional ninguna norma que prohíba las declaraciones unilaterales de independencia. Declaramos que cuando exista una contradicción entre la legalidad constitucional de un Estado y la voluntad democrática, prevalece la segunda, y declaramos que, en una sociedad democrática (…) no es la ley la que determina la voluntad de los ciudadanos, sino que ésta es la que crea y modifica, cuando sea necesario, la legalidad vigente”. Es decir, ha colisionado la legalidad Española vigente contra la legítima voluntad democrática del pueblo Catalán.

    Pero si ponemos en contexto el choque entre legalidad española y voluntad democrática Catalana, tenemos que el régimen del Estado español se basa en un rey de origen dinástico que no ha sido elegido y una constitución que data del año 1978, y que por lo tanto no está validada por todas las generaciones nacidas a partir del año 1960 y hasta la generación del año 2000. De esta forma tenemos que el régimen democrático Español es cuestionable en sí mismo, desde sus propias raíces e independiente de cualquier nacionalismo. En el contexto de la justicia española actual, Vale citar a Montesquieu: “No hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia”, y esto es válido no sólo para lo que sufre el pueblo Catalán sino el propio pueblo Español.

    La segunda omisión tienen que ver con la característica ideológica transversal del nacionalismo catalán versus la componente unionista española de ultraderecha, fascista heredera del franquismo y xenófoba. Es decir, sitúa a los unionistas españoles en la definición de los nacionalismos europeos que reivindican el estado nación que los alberga. Y acá también hay una caracterización de valores cívicos diametralmente opuestos: mientras el nacionalismo Catalán ha mostrado un civismo impresionante y movilizaciones masivas absolutamente pacíficas, el unionismo español se ha manifestado reiteradamente con una grotesca y preocupante violencia física y verbal propias del fascismo. Pero aquella violencia también ha sido ejercida por la actuación coordinada e interdependiente de los poderes del Estado español, cuyo gobierno ha ordenado la represión violenta, (especialmente de las votaciones del 01 de octubre), cuyo sistema judicial ha encarcelado opositores políticos, y cuya hegemonía sobre la mayoría de los medios masivos de comunicación ha devenido en la construcción de una ridícula posverdad cada vez menos creíble ante la fuerza de los hechos que registran los pocos medios independientes locales y los medios internacionales.

    La tercera omisión tienen que ver con la mención del escándalo de corrupción del líder histórico del nacionalismo Catalán y omisión absoluta del escándalo de corrupción sin precedentes en el cual está metido el gobierno español, con el propio presidente Rajoy involucrado. En este sentido es evidente la inconsecuencia de la justicia española en el imperio de la ley, y la inconsecuencia del gobierno del Partido Popular en exigir la aplicación de la Ley en Cataluña siendo que ellos la han trasgredido reiteradamente.

    El cuarto punto es que se menciona la Lengua como sentido identitario de cohesión social, pero se omite algo fundamental: la historia del pueblo Catalán y su institucionalidad. Las fuentes más serias y confiables que se sitúan al margen de la historia hegemónica admitida oficialmente por el Reino de España, sitúan la historia de Cataluña antes que el surgimiento de la propia España, con una institucionalidad, una cultura e identidad mucho más antigua que aquella unificación tantas veces forzada que constituyó España y que reprimió la libertad de Cataluña como nación independiente.

    Por último cito las palabras de Owen Jones: “En la europa actual, lo mínimo que podrían hacer otros gobiernos europeos es decirle al gobierno español: paren de insultar a los votantes, dejen de encerrar a políticos electos, permitan el derecho del pueblo a elegir su futuro y cesen los ataques a las libertades civiles. Y da igual lo que pienses sobre la indepepndencia, esto nos debería unir a todos.”

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