De ciudadanos, vecinos y emprendedores

Por Pablo Quiroga

Cada sociedad posee, por decirlo de alguna manera, su propia cosmovisión o imaginario social. Este atributo de las sociedades o comunidades humanas es el que permite la construcción de comportamientos y conductas grupales. Esto es lo que permite llegar a acuerdos sobre cuestiones respecto de las cuales no existe constancia alguna, como la creencia en Dios, por la que muchas personas aún sin conocerse entre ellas comparten iguales sentimientos y prácticas. Lo mismo puede decirse de ideas como la nación, la que, a partir de supuestos comunes denominares, (geografía, lengua, historia) hace a un grupo de personas “únicos”, y aunque es algo intangible, para ellos es tan real como una pared de cemento.

En política, ciertos acuerdos sociales, por ejemplo los que tienen que ver con lo que los miembros de la sociedad consideran beneficioso para el conjunto en un momento histórico, también dependen de aquella mentalidad o imaginario social.

Esto viene a cuento por lo que decíamos en la nota del número anterior de Replanteo, que ciertos consensos democráticos que creíamos definitivos en el ‘83 hoy, la realidad muestra, no son tales. En algún momento algo cambio en el imaginario o mentalidad social.

Entre esos consensos me refiero, por ejemplo, a la idea construida entonces del ciudadano. Alguien comprometido con las cuestiones que incumben a su entorno, a su familia, a su barrio o su escuela pero, además, comprometido en la resolución de problemas o conflictos que, aunque no lo afecten personalmente o directamente, hacen a su preocupación como sujeto social. Por lo tanto, más allá de las condiciones de la escuela de sus hijos, le importaba la política de educación. Y, aunque sus condiciones de trabajo fueran confortables, le importaban las políticas laborales y el debate sobre posibles reformas en ese ámbito.

Comprendía, este sujeto, que debía trascender a su situación personal y al momento en que le tocaba vivir. Incluían, aquellos acuerdos, la convicción de que las políticas dirigidas desde el Estado son imprescindibles para las construcciones colectivas, que crearían las bases necesarias para desarrollar una sociedad más justa en la que todos tengan, al menos, igualdad de oportunidades y, aún más, con el tiempo , garantizar la igualdad de resultados.

La idea de que “con la democracia se come, se estudia, se cura”, no era un concepto vacío o un simple eslogan de campaña. Era un mandato orientador, un programa colectivo. A partir de entonces, el desafío era no sólo alcanzar una restauración definitiva de las instituciones republicanas sino mucho más. Habría que cambiar la estructura productiva, la concentración de la riqueza. Poner por encima de los “dueños de la deuda externa” el interés de los argentinos. Caminar, por lo tanto, no sólo hacia la restauración republicana sino hacia la construcción de una democracia social.

No es este el lugar para hablar sobre el gobierno de Alfonsín. Pero es necesario resaltar que, ciertas decisiones, y la puesta en marcha de determinadas políticas, que contrariaban el interés de sectores poderosos de entonces, que ponían en riesgo la continuidad del propio gobierno y de la transición, fueron tomadas con coraje y convicción. Pensando que si no se rompía el espinazo de la estructura cultural autoritaria, que había trascendido durante décadas en el país, y que favorecía la aplicación de políticas económicas contrarias al interés de las mayorías, tal vez nunca más se darían las condiciones para hacerlo.

Para eso el juicio a las juntas, la reunión de países deudores en Cartagena, el PAN, el congreso pedagógico, el plan para la cobertura universal de salud, los créditos hipotecarios, la creación del Mercosur y, finalmente, la negativa a aplicar políticas de desregulación económica y privatizaciones para evitar una salida traumática del poder. Se optó por decir que no porque quién sufriría esas políticas no sería un gobierno sino el pueblo todo.

Más allá del éxito o fracaso de estas y otras iniciativas políticas, la democracia se consolidó. Pero el supuesto de que ciertos consensos básicos de entonces continuarían orientando las políticas públicas no se verificó. Porque en el imaginario de las mayorías, el ideal social estaba virando, se estaban creando las condiciones para que cambie.

En los ‘90, aquella idea, sobre los alcances de la democracia, fue ridiculizada. No porque no se pudo alcanzar en el primer gobierno democrático, cosa que era imposible. Fue porque los sectores más concentrados de la economía, que se hacían con el poder, le brindaban a la sociedad un nuevo paradigma, en el que la democracia social, constituida por sujetos comprometidos en la construcción común, se dejaba de lado por otra, en la que el individualismo y el retiro del Estado, como garante del interés general, era lo que Argentina necesitaba para entrar a la modernidad con un éxito que el mundo aplaudía.

Sabemos cómo terminó esa idea del individuo exitoso, indiferente a la suerte de sus compañeros de ruta y con el estado a un costado para no interferir en su desarrollo. Luego de aquel desastre político y social parecía que se volvía a consensos donde la construcción colectiva entre ciudadanos, y con el Estado presente, era aceptada por muchos.

Pero tampoco se pudo consolidar la idea de la democracia social en el período posterior a la crisis del 2001. Como decíamos en la nota anterior, hubo errores del pasado gobierno, que si bien opto por políticas inclusivas no buscó fortalecer el Estado y siguió en algunos aspectos manejándolo como en el menemismo. A esto se sumó el antiperonismo exacerbado de sectores de la oposición de entonces, que por sus características ideológicas deberían haber encontrado un camino en común y en realidad terminaron enfrentándose. No pudo consolidarse un camino hacia la consolidación de una sociedad más justa.


El vecino, preocupado
sólo por lo que le ocurre a él
y a su entorno más cercano,
reemplaza al ciudadano.


Hoy vuelve a crearse en el imaginario social un ideal en el que el individualismo es la manera más segura de progresar. El vecino, preocupado sólo por lo que le ocurre a él y a su entorno más cercano, reemplaza al ciudadano. Para hacerlo más estimulante, al vecino se lo visita con timbreos, para evitarle preocupaciones. No es necesario que salga de su casa, “para eso vamos, lo escuchamos sobre los conflictos de su barrio y los resolvemos”.

Por eso hoy no lo visita el militante político como antaño, quien estaba dispuesto a escuchar, pero también a debatir sobre los problemas de su barrio y sobre los problemas del país. Ese militante no se acercaba a la casa como una individualidad. Se acercaba en nombre de un partido político y en su nombre hablaba. Hoy quien llega es el líder, el gobernante, que directamente se reúne con el vecino afortunado, prescindiendo del partido y la militancia, ya que no es necesaria. El líder está ahí y escucha. Luego resolverá sin necesidad de la intermediación de la política.

Si el vecino reemplaza al ciudadano, el emprendedor es el nuevo ideal social. Exitoso, que construye ese éxito sólo en base a sus méritos, prescindiendo del Estado y de cualquier otra ayuda, que no sea la del sistema financiero que le da un pequeño empujón para lanzarse al triunfo. Es, por lo tanto, indiferente a la suerte de otros que no hacen los méritos suficientes para convertirse en hombres y mujeres del siglo XXI.

Hay muchas falacias en esa idea. Millones no tienen posibilidad alguna de abrirse con éxito al mundo, más allá de sus condiciones o “méritos”. No viven en viviendas mínimamente dignas, no pudieron terminar la educación básica y tienen problemas cognitivos por mala alimentación en sus primeros meses de vida.


Millones no tienen
posibilidad alguna de abrirse
con éxito al mundo, más allá
de sus condiciones o
“méritos”.


Pero aún, el aspirante a emprendedor de clase media, que no tiene capital y quiere empezar, necesita del crédito e inversiones sociales. No podría ponerse un comercio si el Estado no hiciera carreteras, calles, agua potable, escuelas, hospitales, si no existiera el registro de la propiedad o se dieran créditos a baja tasa. El punto es que no computa esos bienes sociales porque ya los ganó en su imaginario.

Sin Estado, en realidad, poco o nada podría emprender. Y al decir que sin Estado pocas cosas podría emprender, estamos ocultando algo. Debemos decir que, sin los ciudadanos que solventan con sus impuestos toda la esa infraestructura productiva, social y jurídica, pocas cosas se podrían emprender. Lo que en el fondo decimos, es que no hay logros individuales sin esfuerzos colectivos.

Hoy, lejos de esto impera no sólo el concepto del individualismo sino, además, la idea de que para crecer hay que vivir en un país que no gaste en políticas inclusivas, como si con ello se ahorrara para los emprendedores, cuando lo que se hace es dar más ganancias a la elite, empobrecer a muchos ciudadanos y contribuir al conflicto social.

Si el Estado no interviene activamente aplicando políticas que mejoren la distribución de la riqueza, lo que incluye educación, vivienda y salud para todos, no hay proyecto de sociedad viable. Y para esto, entre otras cosas, hay que evitar el riesgo de la anti política, que se manifiesta con la disminución del rol de los partidos políticos.

La constatación de algunos personajes exitosos no debe tapar la existencia de millones que necesitan de un Estado presente. Y sólo hay Estado presente si hay política, expresada fundamentalmente a través de sus organizaciones.

Queda claro que los consensos son parciales, no los comparten todos. Surgen de una puja de intereses. Por lo tanto, quienes creemos que aquellos objetivos del ‘83 siguen siendo necesarios para construir una sociedad mejor, más igualitaria, debemos trabajar para que la idea de la democracia social, a través del debate político y de los partidos, vuelva a ser mayoritaria. Para ello debemos influir en la construcción de un nuevo imaginario social.

Hoy parece un poco lejano, pero las ideas son permanentes, o como le gustó citar a Sarmiento en el Facundo, las ideas no se matan, aunque a veces sean minoría. Por eso el desafío es ser leal a la idea y militar para que vuelva a ser mayoritaria. A lo único que no podemos renunciar es a la política porque sigue siendo la mejor herramienta para cambiar la realidad.


 

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