Neoliberalismo, la semilla de la que nace el populismo

Por Ricardo Alfonsín*

Frente al avance del llamado “fenómeno populista”, leemos con frecuencia manifestaciones de políticos, intelectuales y analistas, expresando su preocupación. En este artículo llamamos populismo a la emergencia, en distintos países, de partidos o liderazgos políticos con propuestas autoritarias, agresivamente nacionalistas, xenófobas, racistas, que han logrado o pueden lograr acompañamientos mayoritarios en sus sociedades. Las expresiones de preocupación mencionadas, sin embargo, rara vez van acompañadas de consideraciones relativas a la causa o las causas de este fenómeno. En estas líneas trataremos de ensayar algunas.

Decía Keynes que son las ideas las que gobiernan el mundo. Pues bien, resulta obvio que en los últimos casi cuarenta años son las ideas neoliberales las que han gobernado el globo. Para no andar con demasiados rodeos, desde nuestro punto de vista, es en estas ideas donde podemos encontrar una de las principales causas de la dimensión alcanzada por el fenómeno populista. En adelante, de la manera más breve posible, incurriendo inevitablemente en cierto esquematismo, trataremos de explicarnos.

Es evidente que el neoliberalismo, después de casi cuatro décadas de hegemonía, no ha podido cumplir con sus promesas. Veamos algunos datos. En lo que se refiere a la economía mundial, su crecimiento fue sustancialmente inferior al registrado durante las décadas del Estado de Bienestar, el adversario tan vituperado por los neoliberales. Incluso, podemos afirmar, que el poco crecimiento registrado en las décadas neoliberales se explica, en gran parte, por el impulso de países que no aplicaron esa visión de manera ortodoxa. La pobreza en el mundo sigue siendo escandalosa. El descenso registrado, después todos estos años, es muy inferior al que se vaticinaba. Y como en el caso anterior, también en gran parte obedece a lo ocurrido en aquellos países de Asia que no acompañaron la receta al pie de la letra.

Los actuales niveles de desigualdad económica, educativa, sanitaria, institucional, política y de oportunidades, son comparables con los que existían entre la primera y la segunda guerra mundial. Se revirtió la creciente tendencia igualitaria que había empezado a registrarse con el Estado de Bienestar. Lo mismo podemos afirmar en relación a lo que ocurrió con la movilidad social ascendente. La concentración de la riqueza, en los niveles más altos de la escala social, es comparable con la que se registró en los años de aquel capitalismo cuyas injusticias todos suelen señalar como causantes principales de la Segunda Guerra Mundial. ¡La mitad de la riqueza del mundo está en manos del 1 por ciento de la población! El año pasado, el diario inglés, The Independent, informó que los niños de la era Thatcher (1979-1990) tienen la mitad de la riqueza que tenían los nacidos durante los años del Estado de Bienestar.


Los actuales niveles
de desigualdad económica,
educativa, sanitaria, institucional,
política y de oportunidades, son
comparables con los que existían
entre la primera y la segunda
guerra mundial.


Esta tremenda desigualdad, irónicamente catalogada como la octava maravilla del mundo, se debe, entre otras cosas, al hecho de que se dejaron sin efecto los impuestos que en la mayoría de los países pagaban los sectores más ricos, desfinanciando al Estado y afectando su capacidad distributiva. Ese desfinanciamiento influyó negativamente en la calidad de los servicios que cualquier sociedad decente debe asegurar a sus miembros. Además devino, vía privatización, en la mercantilización de esas prestaciones. A esto hay que sumar el debilitamiento de las organizaciones de trabajadores y las reformas laborales ajustadas a las exigencias de las grandes corporaciones. El resultado no podía ser otro: el aumento del beneficio empresario y el estancamiento o la caída de los ingresos del trabajo.

La financiarización de la economía convirtió a la especulación financiera en un competidor insuperable de la producción y la economía real. Fue posible gracias a la desregulación y la ausencia de controles estatales. La consecuencia más visible y dramática fue la crisis financiera iniciada en 2008. (No sé por qué utilizo este eufemismo. No fue una crisis, fue una estafa financiera). Todavía millones de hombres, mujeres y niños, pagan las consecuencias con desempleo, subempleo, salarios y jubilaciones bajas, desahucios y recortes de las prestaciones sociales.

Mientras tanto, los responsables de la estafa financiera fueron premiados con el rescate de sus bancos. Por supuesto, con la plata de sus víctimas. Serán ellas las que con sudor y lágrimas pagarán las deudas contraídas para financiar esos rescates.

¿Era difícil imaginar que estas, y otras cosas que un balance más exhaustivo podrían revelar, ocurrirían en un mundo en el que los Estados dejan controlar la economía y de proteger a los trabajadores. Un mundo en el que se reducen drásticamente los impuestos a los ricos y se deja que el mercado decida cómo debe organizarse una esfera de lo social que tanto impacta en las condiciones de vida? Si el Estado se retira de la seguridad, de la salud o de la educación, no podemos esperar sino muy serios problemas en esas esferas sociales. Lo mismo ocurre cuando los el Estado se retira de la economía.

Esta suerte de recordatorio, que como se dijo es insuficiente, alcanza para comprender por qué razón decimos que el neoliberalismo explica, en una medida importante, el surgimiento del fenómeno populista. De aquellos polvos provienen estos lodos.

¿Acaso podemos sorprendernos de que los sufrimientos, la incertidumbre, la sensación de que las cosas van para peor, de que nuestros hijos vivirán peor que nosotros; más el miedo al futuro, la indignación, la impotencia y la obscena desigualdad, sean caldo de cultivo de las diferentes versiones populistas? ¿En serio podemos sorprendernos de eso?

Si la política es la actividad que tiene por objeto ordenar la sociedad y, durante cuarenta años, lo ha hecho de esta manera, ¿por qué razón sus víctimas deberían confiar en ella? De todos modos, no deberíamos confundirnos. Los miembros de la sociedad saben que de alguna forma debe haber organización y gobierno. El populismo también es política, en su forma más perversa. Para ser más concreto, es la política democrática la que sufre el escepticismo de gran parte de los ciudadanos. En otros términos, hay fatiga democrática. Distintos estudios de opinión, en diversos países, lo revelan: no sólo hay malestar en la democracia, hay malestar con la democracia.

A lo anterior debemos sumar otro elemento, vinculado al ideario neoliberal que, por decirlo de alguna manera, actuó y actúa como factor de allanamiento al populismo. Es el siguiente: el neoliberalismo supone la subordinación de todas las esferas de lo social a la económica, también de la cultura. Digámoslo de esta manera: el neoliberalismo, para desplegarse en toda su potencialidad, necesita impregnar la cultura, que en algún sentido es la ética de una sociedad, de un conjunto de valores que le resultan propicios: el individualismo, el interés, el consumismo, el materialismo, el egoísmo. De los vicios privados, sostienen los teóricos neoliberales, deviene la prosperidad de la sociedad. Esta construcción cultural está ligada, a su vez, a la configuración de una subjetividad, o manera de ser y de percibirse, que resulta funcional a las ideas económicas neoliberales. Recordemos a Thatcher diciendo que su mayor revolución no era la que había hecho en la economía sino en el alma de las personas. Hizo del individuo (o pretendió hacerlo) un homo económicus. Individualista, desconectado de lo social. Nada debe esperar él de la sociedad ni la sociedad de él. Es competitivo, autopercibido como capital humano. (Ya escribiremos sobre el rol asignado a la educación en este sentido). La ex primera dama inglesa decía que la sociedad no existía, que a lo sumo existía la familia. Es fácil advertir el contraste entre esta subjetividad y la del homo politicus, es decir, el ciudadano, el sujeto político, republicano y democrático, principal anticuerpo contra el populismo.

Todos los elementos mencionados debilitan las defensas o anticuerpos de la sociedad para enfrentar los cantos de sirena que entonan los populistas, demagogos, mesiánicos y autoritarios, prometiendo reparación para las penas que causan los sueños rotos del neoliberalismo.


¿Qué otra cosa podíamos
esperar de un mundo en el que
los Estados dejan de controlar
la economía y de proteger a los
trabajadores? El Populismo es
hijo del Neoliberalismo.


Son dos los adversarios que tienen los defensores de la república, de la democracia y el Estado Social de Derecho: el Populismo y el neoliberalismo. Ambos se alimentan. El uno se justifica con el otro. En ambos frentes hay que dar la pela. Decir que no hay alternativa, decía Ensenzberger “es una injuria a la razón, equivale a una prohibición de pensar; más que un argumento es una capitulación”.

El desorden mundial actual nos obliga a pensar en una alternativa. Más que los contenidos del pensamiento único, que es la carencia de una alternativa la que explica la hegemonía neoliberal. Hay que recuperar la política democrática, que debe retomar su inteligencia, su imaginación, su atrevimiento, su disposición a correr riesgos. Como dice Harvey, hay que sumar, ahora, al optimismo de la voluntad el de la inteligencia. Este es, a nuestro juicio, el desafío. No sólo hay que pensar, hay que actuar, asegurando coherencia entre pensamiento y acción. Y no sólo en los planos nacionales, también en los supranacionales.

Unos días atrás me preguntaban cuáles serían los contenidos de esa alternativa. Son bastante conservadores, respondí. Los de la Constitución Nacional. Hay que hacer realidad lo que la Carta Magna dice en lo económico, lo social, lo institucional. Es cierto eso de que hoy la revolución la está haciendo el neoliberalismo. Hay que recuperar las conquistas que se llevó por delante.

 

* Director de Replanteo


 

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6 respuesta a “Neoliberalismo, la semilla de la que nace el populismo”

  1. Lúcidas reflexiones de Ricardo Alfonsín.
    Hasta Fukuyama ha abjurado, después de tres décadas, de su “fin de la historia”, admitiendo el venero inagotable y la dinámica transformadora del historicismo, que como sostiene el autor de la nota blindando de optimismo su concepción socio-cultural; siempre nos brinda una alternativa para no desertar de nuestro rol y compromiso ciudadano.

  2. Lamento no compartir la ecuasión que resulta del “neoliberalismo”, llo que dice en llamarllo “populismo”. Al menos en el caso argentino, el neoliberalismo fluctuó en la hostoria resiente. No importa demasiado medir los tiempos de goierno de uno u otro modelo, importa que ambos fueron aplicados en extremo y ya vims las consecuencias. Siempre es más fácil culpar a alguoen a o otro, para perdonar los errores cometidos. Estoy de acuerdo con cumplir con lo que dicta la Canstitución Nacional, pero tengamos en cuenta que, en la Argentina, el peronsmo gobernó en muchos momentos de nuestra vida constitucional con resultados insatisfactorios para vastos sectores. En nuestra Argentina, nunca gozé de programas o ideologías programadas para veneficiar a su población, siempre sufrímos de los criterios de ciertos políticos con intensiones de caudillos y, eso, no figura en nigún artículo de la Carta Magna. Resumiendo, no discuto el pesamiento del autor de la nota de manera internacional, pero no creo que sea el caso argentino.

    1. Óscar comparto su comentario,pero hay detalles muy importantes,entre liberalismo y neoliberalismo,si lo desea podemos cambiar opiniones al respecto.

  3. Está equivocado en gran parte de lo que dice.No diferencia lo esencial que
    no es lo mismo el populista en Europa
    que el populista en Latinoamerica,es
    muy distinto.
    Para que quede claro,el Papa Francisco
    lo aclaro perfectamente.
    Se equivocan los cipayos, repiten lo
    que se dice en Europa sobre los
    populistas de ahí.
    Si persisten con la duda lean miren
    el discurso del Papa en su gira en
    Santa cruz de la Sierra,Bolivia.

  4. Si,es una lastima que la ucr este tan pegada a la ” gestion” y se haga creer que compartimos objetivos con macri,,_ y sobre todo que no se debata en su seno

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