El racismo, en el corazón del crisol

Por María Cecilia Rodríguez

Uno de los mitos fundantes de Argentina, cuyo mensaje recordamos con nitidez haber recibido en la escuela pública las personas de cierta edad, es la idea de que somos un país multirracial y, por ello, no racista. Una nación que recibió y asimiló mucha inmigración, que aprendió a convivir pacíficamente entre las diversas razas y religiones, conformando el famoso “crisol de razas”.

Este mito de prosperidad, somos diversos y por eso ricos, es similar a otro, también enseñado en la escuela. Es el que afirma que debemos progresar indefectiblemente porque tenemos todos los climas y todos los recursos naturales, es decir, que tenemos diversidad ecosistémica.

Sin embargo, las ilusiones e idealizaciones de la sociedad argentina parecen desembocar, tanto en el plano del crisol como en el geográfico, no en una imagen heterogénea sino en una unívoca y hegemónica. Socioculturalmente, la imagen idealizada es que somos blancos inmigrantes europeos, que no tenemos rasgos indígenas y que no somos mestizos sino latinoamericanos sui generis. Respeto del suelo, aunque digamos que tenemos todos los climas y recursos, en realidad, el ecosistema dominante en el imaginario es la pampa rica. Las otras geografías, la puna, la estepa, la selva, fueron y son negadas y colonizadas en muchos períodos. Sucede en la actualidad con la gran deforestación del Chaco o la expansión de la frontera agrícola, con la colonización de bosques, montes y tierras para cultivar soja transgénica. Se suele negar el racismo como práctica cultural y se piensa que Argentina es una gran llanura productiva, cuando en realidad dos terceras partes del país son desierto.

Las siguientes reflexiones no pretenden ser una caracterización exhaustiva de modalidades de racismo en nuestro país, que son muchas y variadas, ni agotar el tema en los niveles descriptivos o conceptuales. Se trata de comentar brevemente algunos modos de racismo identificables en nuestra historia, con el objetivo de considerar la necesidad de atender un problema que nos atraviesa y amenaza con agravarse.

El sometimiento de los indígenas en América Latina por parte de la corona desembocó en la generación de riqueza para los europeos. Otra parte la aportaron las otras colonias en Africa y Asia. Esto provocó la denominada acumulación originaria, como relata Karl Marx en el Capital. Fueron las tierras, la plata y el oro, las riquezas naturales y el trabajo esclavo de los indígenas de América, lo que produjo la riqueza de España y, a través de esta, del resto de Europa.

Llegado el momento de las guerras de la independencia, y cuando la formación de los estados nacionales así lo requirió, la Nación Argentina decidió romper los pactos de gobernabilidad con las naciones indígenas. Con Campaña del Desierto se inició un proceso propio de genocidio y conquista de tierras.

Aquí empezó el mito fundante: la idea de que los indígenas fueron exterminados y que la Argentina, que tenía una baja población a fines del siglo XIX y principios del XX, fue poblada por europeos. Lo que importa señalar es que hoy se sabe y se estudia que los indígenas no fueron exterminados, como se cuenta habitualmente en la Campaña del Desierto. Los que se salvaron de las matanzas fueron esclavizados, trasladados a campos, vendidos como siervos a familias de Buenos Aires, ocupados en explotaciones comerciales de la elite, viñedos, ingenios azucareros, estancias.

Mariano Nagy explica, en un excelente artículo, cómo el relato triunfalista y hegemónico postuló el exterminio de los indígenas patagónicos, cuando en realidad lo que hubo fue un sometimiento “y a diferencia de lo que se ha difundido masivamente, la relación entre sometidos y asesinados fue de diez a uno. Con esto, no se trata de negar los asesinatos, que los hubo y muchos, sino enfocar en las prácticas genocidas implementadas con los miles de indígenas que quedaron a disposición de las autoridades. Los detenidos comenzaron a ser deportados hacia cuarteles y galpones de la capital y hacia uno de los mayores campos de concentración de indígenas que funcionó, por lo menos con ese fin, entre 1871 y 1886: la isla Martín García. En muchas ocasiones, los traslados se hacían a pie y los que no resistían morían en el camino. Para los que sobrevivían, arribaban en condiciones desastrosas, aunque lo que no debe soslayarse es que la última intención no era su exterminio sino su posterior aprovechamiento como cuerpo disponible”.

Esto no coincide con la fantasía, de parte de la sociedad argentina, de que somos mayoritariamente europeos y bajamos de los barcos. Es verdad que Argentina tuvo una alta inmigración, pero no menos cierto es que los procesos de mestizaje en nuestro país son largos y profundos. Durante la colonia, los españoles se mezclaron con las indígenas; posteriormente, después del sometimiento de los territorios, se siguieron produciendo mezclas poblacionales. Recientemente, un estudio de un equipo de expertos encabezados por Daniel Corach, de la Universidad de Buenos Aires, identificó que el 56% de los argentinos tiene antepasados indígenas, el 44% restante no los posee, y sólo el 10 son “amerindios puros”.

Sin embargo, en la base del racismo de nuestro país está la subalternización del oscuro de piel. Es el indígena el otro inferior y minoritario. Ese elemento, el color de la piel y del cabello del habitante oscuro del interior del país, es una línea que se inició con los indígenas y continúa en nuestros días adoptando diversas formas. La prueba más cabal del pánico que genera aceptar la presencia indígena en nuestra población es el hecho de que el prócer más grande del país, el que nadie discute, San Martín, era hijo de un español y una india, era mestizo, y no es reconocido como tal.

También fue sometido a una profunda discriminación el inmigrante europeo pobre. Ahora estamos acostumbrados a decir, con orgullo, que bajamos de los barcos, como si fuera un don social. Pero hay que ver cómo recibió la élite a los inmigrantes a principios de siglo XX. La inmigración europea que soñó Juan Bautista Alberdi, la del obrero ingles que viniera a reproducir el capitalismo en nuestras pampas, no ocurrió como la pensaron los padres de la patria. Los que vinieron, no sólo eran pobres sino que eran españoles, italianos, judíos, árabes, mediterráneos.

“Cualquier craneota es más inteligente que el inmigrante recién desembarcado en nuestra playa. Es algo amorfo, yo diría celular, en el sentido de su completo alejamiento de todo lo que es mediano progreso en la organización mental”. Con estas palabras describía Ramos Mejía, en Las Multitudes Argentinas, a estos inmigrantes que bajaban de los barcos en busca de trabajo y tierra.

El inmigrante fue muy estigmatizado hasta que fue utilizado y asimilado por la economía local de la elite, antes de que se generaran las condiciones para la movilidad social ascendente. Entre los que llegaron había personas con formación política socialista y anarquista, que desarrollaron prácticas políticas novedosas que constituyeron el espanto de las clases dirigentes.

El problema fue cuando la elite de Buenos Aires cayó en la cuenta de que, en Buenos Aires, de cada 4 argentinos 3 eran inmigrantes. Esto provocó pánico de varios modos. Uno fue, como dice Ricardo Piglia, el horror de la contaminación de la lengua, el lunfardo. El otro, el verdadero problema, surgió cuando a la elite se le arrancó, a fuerza de lucha política, la Ley Sáenz Peña. Los brutos inmigrantes de alpargatas votaban igual que un ciudadano argentino de prosapia. Y no lo hacían por el partido conservador. La pueblada que infectaba los conventillos y los barrios pobres votaba por Hipólito Yrigoyen, generando el primer proceso de representación política popular del siglo XX.

Luego vino el “aluvión zoológico”. Las antiguas caras oscuras del interior, los mestizos, se habían trasladado hacia el conurbano bonaerense en un proceso de búsqueda de trabajo, en un contexto de industrialización. Irrumpieron en la vida política argentina, produciendo el segundo gran proceso de representación política popular. Esta subjetividad, el migrante interior, el cabecita negra, el descamisado, el morocho, el negro del conurbano bonaerense, es, con mucho, el modo de racismo estable que más persiste en la zona rioplatense. Es el negro del conurbano, que puede adoptar el mote de pibe chorro, de cabeza, de piquetero, de acuerdo con las circunstancias, pero cuya singularidad es ser oscuro.

No es necesario ahondar en el odio que generó esta experiencia en vastos sectores de la sociedad y que continúa en nuestros días; basta consultar sobre la violencia del golpe denominado Revolución Libertadora y observar la persistente retórica antiperonista.

Perón organizó, reclutó y reglamentó los elementos retrógrados permanentes en nuestra historia, las fuerzas inertes reincidentes, que he denominado residuos sociales e invariantes históricos.” De esta manera, increíblemente violenta, Ezequiel Martínez Estrada en su texto ¿Que es todo esto? Catilinaria, calificaba de residuo a la persona que había adherido al peronismo.

En las últimas décadas se ha comunicado, en parte desplazado, el odio al morocho del conurbano hacia el inmigrante limítrofe. Son los bolitas, los paraguas, los peruanos, los chilenos, que también suelen ser morochos, y que vienen a quedarse con el trabajo de “nuestros trabajadores”, que nos sacan oportunidades, que nos llenan de prácticas culturales bárbaras, otra vez, que hablan mal y feo. Es la renovación de la idealización europea y la ferviente necesidad de diferenciarse de los mestizos.

En todos los procesos de racismo que se mencionaron, los indígenas, los inmigrantes europeos y los migrantes internos, las elites no se privaron de hacer un uso provechoso de estas fuerzas de trabajo. En la base del racismo siempre está el aprovechamiento económico de la subjetividad que previamente se subalterniza. Los inmigrantes suelen ser excelentes trabajadores y generan muchas ganancias a los sitios donde se trasladan, mientras el discurso desmiente y violenta esta circunstancia para ocultarla.


En la base del racismo siempre está el aprovechamiento económico de la subjetividad que previamente se subalterniza.


El senador Miguel Ángel Pichetto asimila los peruanos con los narcotraficantes, por ejemplo. La renovada estigmatización es tan grande que, algunos argumentos, para discutir la lucha mapuche que actualmente se está dando en Patagonia, y pretender quitar gravedad a la desaparición de Santiago Maldonado, prefieren centrarse en que los mapuches son chilenos. Esto es, desde el punto de vista teórico, un disparate conceptual asombroso. Se confunde la identidad de un pueblo originario con las muy posteriores asignaciones de identidad de la época de la creación de los estados nación, por la sencilla razón de que permite reforzar sentimientos de hostilidad que están actualmente muy desarrollados. Es la vieja y persistente negación de nuestra realidad, que somos mestizos y latinoamericanos.

Los modos tradicionales de racismo han cambiado, por supuesto. En la actualidad se transfieren a otras prácticas, lo que se plantea es una relación muy estrecha entre racismo y pobreza. Es el pobre el que es discriminado y criminalizado. Es el pobre el que amenaza. El gesto de violencia consiste en separarse de esa subjetividad temida y que configura los que están abajo.

Sin embargo, no todas son sombras. Argentina ha dado pasos determinantes y correctos en esta materia. Suscribió a la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial. Instituyó por decreto un documento, Hacia un Plan Nacional contra el racismo y la discriminación, que es la base para un plan, ya que no es uno específico, con metas medibles, plazos, responsables, indicadores y modos de revisión. Sin embargo, el documento tiene tres enormes virtudes: ser teóricamente robusto, conceptualmente generoso, muy fundado y documentado, en el sentido de que revisa procesos complejos. Además es integral, incorpora muchos ejes y se ocupa de múltiples colectivos históricamente vulnerados. Fue sometido a un proceso amplio de consulta. No es el plan de un solo gobierno. Comenzó con la visita de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Mary Robinson, en 2001, y atravesó muchas etapas. Fue revisado por equipos técnicos diversos y vale la pena desarrollarlo. Es un capital del país.


En la actualidad hay otras prácticas, lo que se plantea es una relación muy estrecha entre racismo y pobreza.


El Plan reflexiona, propone y plantea elementos para traducirse en planes operativos concretos. Argentina cuenta con un organismo específico, el Instituto Nacional de Lucha contra la Discriminación y el Racismo (INADI). Fue instituido por ley y tiene por objeto elaborar políticas nacionales para combatir toda forma de discriminación, xenofobia y racismo. Su objeto es impulsar y llevar a cabo políticas públicas federales y transversales, articuladas por la sociedad civil, y orientadas a lograr una sociedad diversa e igualitaria.

Asumir una Convención Internacional, tener un Plan organizado y contar con un organismo como el INADI, no son cosas menores. Constituyen una experiencia muy valiosa y una acumulación estimulante. Claro que hay que volcar recursos y esfuerzos para sostener estas iniciativas. El INADI, por ejemplo, está institucionalmente desjerarquizado. Se encuentra intervenido desde hace varios años. Esto le quita autonomía y además no tiene mucho presupuesto. Es necesario volver a ponerlo al nivel de su ley de creación, que lo instituyó para liderar políticas antidiscriminatorias.

El tema es crucial. Hay un rebrote de prácticas racistas y discriminatorias. Merece señalarse esta circunstancia que explica muy bien Ezequiel Adamosky en su nota en la revista Anfibia, respecto del cambio de expectativa de progreso en la sociedad.

Lo que se está instalando es una idea de que para progresar hay que ser emprendedor, es decir, individualista, sagaz y profundamente egoísta. Que los modos de progreso, que en otros momentos podían convivir con un modelo más inclusivo, poder progresar y que el país haga política igualitaria, hoy son rechazados. Se acabó la fiesta, entonces el emprendedor no quiere que mientras está emprendiendo otros vivan cómodamente del Estado, recibiendo pensiones, subsidios, asignaciones universales y planes sociales. Es hora de que todos agarremos la pala. Si estamos en época de ajuste, terminemos con los gastos y dediquémonos a acumular. Si nos va bien, ya llegará el época en que habrá “derrame” o vamos a poder bancar a los de abajo, pero ahora son un obstáculo. El emprendedor, entre otras cosas, desconoce hasta qué punto el Estado está dentro de las variables que utiliza y necesita porque son negadas.

Estamos viendo cómo los conflictos sociales que se están desarrollando en nuestro país, vinculados con el cambio de paradigma de progreso, están disparando una serie de actualizaciones de racismo notables. El tratamiento del problema no parece ser tomado como corresponde ni por el gobierno, que alienta la ideología del emprendedorismo, aunque mantenga los planes sociales para prevenir el conflicto social, ni por los medios masivos de comunicación, que se dedican las 24 horas a estigmatizar la pobreza y hacer amarillismo sobre todo conflicto social rentable.

La situación se vuelve preocupante. Esto hace que debamos insistir en solicitar que el gobierno ejecute políticas antidiscriminatorias claras a través del INADI y realice campañas de sensibilización de la población. Nos preguntamos cómo podría ser esto mejorado, en una situación en que los medios de comunicación hegemónicos establecen su agenda propia, promoviendo explícitamente la discriminación y afectando negativamente la calidad de nuestra democracia.

 


 

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6 opiniones en “El racismo, en el corazón del crisol”

  1. “Lo que se está instalando es una idea de que para progresar hay que ser emprendedor, es decir, individualista, sagaz y profundamente egoísta.”
    Esto lo instalaron los magnificos politicos q tenemos. Q ademas de todo eso son profundamente insensibles porq le hicieron creer a los mas pobres q los defendian. La democracia a los 34 años ha sido insuficiente y pobre… Asi y todo defiendo la idea q somos un pais de gente buena. Con lo q nos incentivan al odio ya tendriamos q estar morfandonos unos a otros.
    Muy bueno el articulo.

  2. ” Es hora de que todos agarremos la pala”. Creo que esta expresión encierra un deseo compartido por una mayoría que está más allá de la discriminación histórica de Argentina.

  3. “Prácticas genocidas” Que estupidez! O no sabés nada de historia o interpretás los hechos torcidamente adrede. Y S. Maldonado? Un don nadie, bueno para nada, que se ahoga por andar pelotudeando donde no tenía nada que hacer !

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