Final abierto en Chile: la no tan imposible misión de Guillier

Por Gabriel Puricelli*

Una elección de renovación y un cementerio de elefantes. Una ratificación de la apatía política como actitud mayoritaria y un voto a contramano de las encuestas y de la intuición. Chile se fue a dormir el 19 de noviembre entre mofas a una de las encuestadoras más reconocidas del país, Marta Lagos, que se había jugado por una victoria o un resultado indescontable de Sebastián Piñera en primera vuelta. Sumada a la perplejidad de ver a varios de los nombres emblemáticos de la transición a la democracia forzados al retiro involuntario por elección de sus conciudadanos. Las encuestas de Lagos no acertaron y dirigentes como el democristiano Andrés Zaldívar y los ex-presidentes del Partido Socialista Camilo Escalona y Osvaldo Andrade quedaron fuera del Congreso. Esto quiere decir que algunos de los nombres que más se repitieron en la arena pública en los años que van desde 1989 hasta ahora entrarán en un cono de silencio.

El ex-presidente Piñera, de quien propios y ajenos esperaban que saliera presidente o al menos claro favorito, tuvo que ponerle al mal tiempo buena cara. No pudo evitar sincerarse. Prometió “rescatar el dinamismo que nos han arrebatado”. Lo que le habían arrebatado, en realidad, eran parte de los votos pinochetistas de la coalición Chile Vamos, que se fueron con José Antonio Kast, un histórico y destacado dirigente de la Unión Demócrata Independiente (UDI), que eligió presentarse como independiente en lugar de competir contra Piñera en las elecciones primarias de la coalición de derecha. Esa división, más precisamente, esa escisión en el ala pinochetista de la derecha, le restó a Piñera el 8% que arañó Kast. El expresidente perdió exactamente ese porcentaje de votos, si se compara el resultado actual con el desempeño que había tenido en la primera vuelta de 2009. Ahora quedó en un magro 36%, que le niega el envión automático que consiguió hace ocho años, al superar largamente la barrera del 40% antes de ir al balotaje.


La elección en Chile fue una ratificación de la apatía política como actitud mayoritaria y un voto a contramano de las encuestas y la intuición.


Más allá del desempeño de Piñera, toda la primera vuelta de este año se parece mucho a la de 2009. El número de votantes fue casi idéntico, a pesar de que hoy hay 1.200.000 chilenos más que entonces. Los bloques de votantes del centro hacia la izquierda representaron más del 55% y hacia la derecha más del 44. De hecho, las elecciones de 1989, 1999 y 2005 también dejaron en evidencia un bipolarismo competitivo (que no siempre fue estrictamente bipartidista) que sólo se desbalanceó (en favor de la izquierda) en la elección que consagró por segunda vez a Michelle Bachelet, hace cuatro años. Sin embargo, esa similitud no oculta el cambio dramático que ocurrió al interior del campo situado a la izquierda del centro.

Con el independiente Alejandro Guillier como candidato, el oficialismo de la Nueva Mayoría vio esfumarse la hegemonía que detentó (antes bajo el paraguas de la Concertación) desde el retorno a la democracia en el campo que podemos denominar convencionalmente progresista. Debilitado desde el vamos por la competencia entre dos candidaturas, la de Guillier y su actual colega en el Senado, la democristiana Carolina Goic, el oficialismo vio cómo irrumpía a su izquierda la candidatura de Beatriz Sánchez y cómo el polo progresista se dividía en dos grandes porciones casi iguales. Un 23% fue para Guillier y un 20% para Sánchez. Hubo dos franjas de cerca de 6% a derecha e izquierda, Goic y el ex-socialista Marco Enríquez-Ominami.

La candidatura de Sánchez, subestimada por las encuestas de las consultoras de más renombre, fue sin dudas aquella cuyo desempeño sorprendió. No sólo estuvo cerca de alcanzar el segundo puesto sino que su lista al Congreso logró septuplicar la representación que tenían hasta ahora las fuerzas que la apoyaron. Los 20 diputados del Frente Amplio (FA) adquieren toda su dimensión frente a los magros 13 que cosechó el Partido Demócrata Cristiano y a los 43 que obtuvieron en conjunto los otros cuatro partidos del oficialismo, socialistas, comunistas, radicales y Partido por la Democracia, que apoyaron a Guillier.

Una lectura posible y obvia del resultado es que el bloque progresista se escora más hacia la izquierda como efecto del desempeño del FA. Eso es cierto, pero no es la única explicación. Esta nueva coalición no se halla en su totalidad a la izquierda del actual oficialismo, cubre un espectro que se superpone muchísimo con éste. El principal componente del FA, Revolución Democrática, se sitúa a la izquierda del borde izquierdo de los seguidores de Bachelet, pero sus socios incluyen ecologistas y liberales igualitaristas. El otro factor que ayuda a escorar este hemisferio de la política chilena hacia la izquierda es que los socialistas, sumando tres diputados a los que tenían, superan en bancas (19) a los democristianos (13). De este modo se transforman en el primer partido del actual oficialismo y los comunistas crecen y alcanzan el mismo número de bancas que el menguante Partido por la Democracia, ocho, produciendo un triple empate con los radicales.

En el hemisferio a la derecha del centro se opera también un rebalanceo, aunque más contradictorio. Por un lado, la derecha de la derecha pinochetista de la UDI se escinde con la candidatura de Kast y le complica el resultado (y el futuro) a Piñera. Por el otro, le resta votos en el Congreso a la propia UDI y permite que los conservadores tradicionales de Renovación Nacional (RN) se transformen, con 36 diputados, en la fuerza más importante de la coalición Chile Vamos, desplazando a la pinochetista por primera vez desde 1989. Una derecha más cerca del centro se parece más al propio Piñera. Puede ser un factor que lo ayude a seducir a la parte del electorado democristiano cuyos votos necesita para ganar la segunda vuelta. Sin embargo, el candidato opositor estará tironeado por las preferencias de los votantes de Kast, que se alejó del centro más de lo que nunca se habían alejado los pinochetistas en los últimos 28 años.

Al margen de los reacomodamientos dentro del sistema político, la que no se decide a involucrarse en el proceso es la mayoría de la ciudadanía. Algo menos del 47% de los que tenían derecho a hacerlo eligió ir a votar. En un Chile con más de 18 millones de habitantes, el 19 de noviembre votaron 400.000 personas menos que en 1989, cuando había 12 millones de habitantes. Hay un descontento activo que ha reconfigurado el mapa político del país. Pero hay una desafección pasiva con el proceso democrático, que resulta inmune no sólo al cambio de orientación política de los gobiernos sino que -como es el caso del segundo mandato de Bachelet- tampoco logra movilizar a la población con propuestas audaces de cambio constitucional, orientadas a que los ciudadanos cedan menos poder a sus representantes.


Algo menos del 47% de los chileros habilitados para votar eligió ir a las urnas.


Frente a este panorama, en el Palacio de La Moneda hubo quienes, paradójicamente, se felicitaron por los resultados. El ímpetu reformista de este segundo gobierno de Bachelet, cuya agenda estuvo sin dudas a la izquierda de la de todos los gobiernos democráticos que se sucedieron tras la salida de Augusto Pinochet, provocó vértigo en muchos oficialistas. Se preocuparon creyendo que pendular excesivamente hacia el cuadrante de la igualdad podría resultar en un rechazo de la opinión pública, que podía llegar a traducirse en una radicalización mayor de la ya radical derecha opositora. Las bajas tasas de aprobación popular de la presidenta saliente a lo largo de casi todo su mandato parecían proveer evidencia de que eso era así. Sin embargo, los resultados se prestan a lecturas en beneficio de los abogados de la audacia de Bachelet. Un candidato oficialista que buscó diferenciarse de la jefa de estado obtuvo los peores resultados de primera vuelta para la centroizquierda en 28 años. Los votos que perdió fueron a una candidata que abogaba por la profundización de los cambios iniciados por Bachelet. Al mismo tiempo, la radicalización de la derecha, si bien existió, se limitó al voto de protesta de Kast y no redundó en una deriva extremista de su principal candidato.

Como lo hemos sostenido con anterioridad en este espacio, Bachelet nunca se recuperó de la mancha en su prestigio que le provocó el caso de tráfico de influencias que tiene hoy a su nuera bajo proceso judicial. Bajo un régimen de crecimiento económico que palideció en comparación con las tasas de su primer mandato, la idea de que “segundas partes nunca fueron buenas” se adhirió con fuerza a la imagen de la presidenta y de su gobierno. Le imposibilitó una recuperación. El manejo poco institucional de la relación del Ejecutivo con los partidos de la coalición de gobierno tampoco estimuló a estos a defender con fuerza a la gestión. Ayudó a que cayera muy tempranamente sobre estas fuerzas una sensación de que era inevitable la derrota en 2017. Sin dudas la caída de varias de las figuras emblemáticas de la DC y el PS confirmaron, en parte, lo justificado de esa ansiedad. Casi nadie se auguraba un escenario abierto como el que produjeron las urnas el 19 de noviembre.

Los escenarios que tiene hoy ante sí el oficialismo chileno están atravesados por dos incertidumbres: la de si podrá ganar y la de cómo gobernar en caso de ganar, obligado como estaría a algún acuerdo de cogestión con el FA, único socio posible para estar cerca de la mayoría en la Cámara de Diputados. Mucho antes de empezar a pensar detenidamente en esto, Guillier deberá asegurarse el apoyo del FA para la segunda vuelta. Con los respaldos de Goic y Enríquez-Ominami ya declarados, el candidato tendrá que encontrar el punto de equilibrio entre las ansiedades del establishment de los partidos que lo apoyan y la vocación por redoblar la apuesta por el cambio de quienes necesita seducir. El propio FA enfrenta una encrucijada. Puede convencerse de que Guillier es parte del pasado, dejarlo a su suerte y se prepararse para suceder a un Piñera que se habría vuelto inevitable. En cambio, si cree en su capacidad de radicalizar la agenda de Bachelet, entregará un apoyo lleno de condicionamientos.

Piñera, por su parte, no ha resignado su condición de favorito. No se ha convertido automáticamente en calabaza al sonar la medianoche del día del escrutinio. Con el apoyo de Kast ya asegurado, debe caminar por la cornisa de la moderación para que algunos votantes de la DC le den la espalda al bloque progresista.

Con independencia de los designios de ambos candidatos, será la tasa de participación la que terminará por definir las chances de cada uno. Cada elector del campo progresista que sienta que la ausencia de Sánchez o Enríquez-Ominami en la segunda vuelta lo deja sin motivos para ir a votar será una gota de agua para regar la esperanza de Piñera. Si, por el contrario, como ha sucedido en varias elecciones anteriores, muchos electores han esperado a la segunda vuelta para ir efectivamente a las urnas, se suma otro elemento de incertidumbre que esta elección siga siendo mucho más competitiva de lo que nadie esperaba.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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