Por un uso inteligente de la naturaleza

Por Pablo Quiroga

En anteriores notas de Replanteo, nos referimos a la necesidad de proponer un cambio en la matriz productiva del país. Nuestra visión es que el rol de los recursos naturales siga siendo importante, pero no como simples productores de alimentos básicos o metales primarios. La apuesta debería ser que funcionen como base para la creación de una estructura industrial desarrollada, a partir de un aprovechamiento inteligente de esos recursos.

Veamos tres casos donde la productividad de recursos naturales es aprovechada deficientemente: la producción de alimentos alternativos y farmacéuticos, el desarrollo de la minería y la generación de energías renovables.

El creciente conocimiento de la variabilidad genética y el desarrollo de la bioingeniería permiten el manejo de genes que contribuyen a la generación de cultivos resistentes a las plagas y el clima. También favorecen la creación de nuevos medicamentos y, con ellos, la aparición de nuevas tecnologías.

Países como el nuestro pueden encontrar en el manejo inteligente de los recursos naturales, es decir, sustentable en el tiempo y sumando valor agregado, nuevas ventajas comparativas en el mercado internacional. La combinación de tecnología de punta en alimentos y medicinas, entre otras posibilidades, proporcionará mayores beneficios económicos que los comoditis tradicionales. Y, al mismo tiempo, daríamos pasos en el camino de romper nuestra vieja dependencia tecnológica.

Dijimos en números anteriores que incentivar monocultivos como la soja provoca la desaparición de decenas de miles de hectáreas de boques nativos por año. Si en lugar de eso, se alentara un manejo inteligente de los mismo bosques, dándole valor agregado a las maderas, carnes y cueros, más los recursos genéticos que ahí se encuentran, otro sería el valor y mayor el interés por preservarlos. Además, buena parte de la mano de obra necesaria para ese desarrollo bio-industrial de maderas, carnes y cueros, provendría de las poblaciones que ahí viven, que hoy están obligadas a emigrar por la desaparición de sus sistemas naturales.

Hay cuestiones más complejas. La industria farmacéutica basa parte de sus desarrollos en el material genético originario de nuestras tierras. Ante esto, debemos plantearnos incentivar la investigación y el desarrollo propio, incorporando como cabecera al Estado, a través de sus organismos de investigación. No vaya a pensarse, como muchos difusores del neoliberalismo nos quieren hacer creer, que en países más industrializados, como EEUU, el Estado no cuenta a la hora de la investigación. Es todo lo contrario. Las innovaciones tecnológicas más significativas se sostienen por la intervención del Estado.

Lo que es necesario desarrollar son mecanismos de cooperación entre grandes laboratorios y empresas nacionales, que se asocien para que utilicen nuestra materia prima a cambio de una progresiva transferencia de tecnologías.


En los países más industrializados las innovaciones tecnológicas más significativas se sostienen por la intervención del Estado.


Otra cuestión es la minería. También fue abordada en Replanteo con una fuerte crítica a la forma de explotación de megaminería, por la manera en que perdemos metales preciosos a cambio de casi nada. La realidad es Incluso peor. Es a cambio de un deterioro ambiental de imposible recupero. Además del oro y la plata existen otros minerales de valor creciente sobre los que hay que pensar políticas de mediano plazo, como es el caso del litio.

La situación y potencialidad de litio serán motivo de otra nota con mayor desarrollo. En esta ocasión no podemos dejar de alertar respecto de la manera en que se aprovecha un recurso que cada vez es más estratégico y cuyas reservas mundiales se concentran en buena medida en esta parte de América. Aunque las estadísticas van cambiando, según ocurren los descubrimientos, se considera que el 70% del litio del mundo-algunos estudios hablan incluso del 80%-se encuentra entre Argentina, Bolivia y Chile. Como es sabido, este mineral es un elemento esencial para la construcción de baterías utilizadas para autos eléctricos, teléfonos celulares, computadoras y otros dispositivos electrónicos.

En el caso de los autos, el crecimiento de la producción de este tipo de vehículos es sorprendente. Hasta hace una década eran marginales y carísimos para el mercado. Hoy, el desarrollo de nuevas baterías, cada vez más potentes y baratas, los convierten en competitivos en el mercado actual.

Hay importantes empresas automotrices que han anunciado que en el trascurso de la próxima década dejarán de producir autos sólo con motor a combustión. Fabricarán únicamente, o en un alto porcentaje, vehículos eléctricos o híbridos. La Volvo anunció que lo haría desde 2019. Peugeot y Renault sostuvieron que para 2023 el 80% de su producción tendrá esta característica. Esto lleva naturalmente a que el precio del litio aumente sin techo a la vista. A tal punto es así que, desde 2015, su valor se ha duplicado, llegando hoy a 13.000 dólares la tonelada.

Es fácil imaginar, entonces, su importancia estratégica y comercial. Otra vez aparece la misma pregunta: ¿lo vendemos “crudo” a un valor interesante, pero insignificante para cuando tengamos que importar las baterías, o creamos empresas tri-nacionales, en nuestro caso asociadas con las provincias titulares de los recursos, y fabricamos aquí las baterías, con las grandes empresas automotrices? Para esto es necesario un Estado activo en dos direcciones. La primera: que invierta en investigación y desarrollo. La segunda: que actúe con decisión política para exigir asociarse, fabricar y recibir progresivamente mayor conocimiento tecnológico.

Lo descripto parece difícil, pero sin el litio no es posible fabricar estos autos, que serán millones en poco tiempo. Y el litio está aquí. O nos conformamos, como con el oro y la plata, con algunas regalías, o transformamos un recurso natural estratégico en una alternativa de desarrollo sustentable, como base de una industria hoy inexistente en el país.

Un último caso para analizar es el de las energías sustentables. La ley 27.191, sobre el Régimen de Fomento Nacional para el uso de Fuentes Renovables de Energía destinada a la Producción de Energía Eléctrica, establece que, para fin de este año, el 8 % de la energía producida debe ser renovable. La misma norma sostiene que para el 2025 esta cifra debería subir al 20 por ciento. Estamos lejos de la meta, pero dado que el gobierno actual ha licitado la construcción de centrales de generación solar y eólicas, el objetivo se acerca a ser realidad, cosa que festejamos. Pero, otra vez, alertamos sobre lo mismo. Las primeras licitaciones no prevén gravámenes para la importación de equipo, aunque en materia de energía eólica se proyecte la instalación de algunas fábricas de capitales extranjeros para los próximos años. Es más, para obtener beneficios fiscales las empresas deben llegar a un 30% de integración nacional.

El problema es lo que se fabricará en el país es lo que menos desarrollo tecnológico contiene, piezas metalúrgicas y componentes eléctricos. Esto deja en las casas matrices el conocimiento sobre la construcción del molino.

Lo curioso es que, en nuestro país, el Invap y dos empresas privadas han desarrollado prototipos de molinos exitosos. Y, han sido acompañados financiera y tecnológicamente por el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación. Sin embargo, por ahora, en vez de apoyarse en estas empresas se ha decidido tomar créditos de los países de las empresas proveedoras, que naturalmente exigen instalar sus productos llave en mano.


El debate sobre el rol del Estado en la planificación del tipo de crecimiento incidirá en nuestra calidad de vida y en el tipo de país que estamos dejando a las futuras generaciones.


El desarrollo de una industria nacional en esta materia no sólo es posible sino que es imprescindible. Si su utilización sigue creciendo exponencialmente, como todo parece indicar, no podemos quedar presos nuevamente de nuestra dependencia tecnológica.

Hemos dado apenas tres casos que muestran que la capacidad productiva de la naturaleza está subutilizada como base de un desarrollo tecnológico-industrial, que puede ampliarse significativamente. Lo que pretendemos resaltar es que estos debates deben incorporarse a la agenda política.

Resulta perentorio alertar que no son cuestiones alejadas de la vida cotidiana de cada argentino. La discusión del presupuesto en ciencia y tecnología no es sólo el problema de algunos miles de investigadores. Es uno de los elementos esenciales sobre el debate del tipo de país que nos daremos como sociedad.

Se debaten aquí dos modos de encarar el presente y el futuro. Uno es con crecimiento tradicional, basado en el cultivo de algunos pocos productos pampeanos y en la explotación de minerales para exportarlos sin valor agregado; y luego reimportar todos esos recursos en forma de alimentos sofisticados, medicinas, joyas y baterías. Este esquema de crecimiento, entre otras cosas, desbasta los bosques nativos. La otra posibilidad es un crecimiento que reconozca la importancia de cada sistema natural y sepa aprovecharlo inteligentemente, dándole valor a través de un manejo sustentable con la incorporación de la tecnología adecuada.

Cada uno de estas alternativas implica la posibilidad de construir una industria nacional distinta, que pueda dar miles de puestos de trabajo en las regiones donde se encuentran estos y otros recursos. Se suma a esto la incorporación de capital científico, que nos abrirá nuevas puertas en materia de investigación y desarrollo.

No descartamos el incentivo a la industria tradicional, pero las ventajas comparativas las obtendremos en el desarrollo de nuestro capital natural.

El debate sobre el rol del Estado en la planificación del tipo de crecimiento, y en qué tipo de inversión realiza para favorecer un tipo u otro de desarrollo, es un debate que incidirá en nuestra calidad de vida y en el tipo de país que estamos dejando a las futuras generaciones.

 


 

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