El escenario que dejó la elección en Chile

Por Gabriel Puricelli*

“¡Chile se salvó, Chile se salvó!”. Un coro de simpatizantes de la derecha festejaba con esta afirmación, que les enrojecía la garganta, la victoria de Sebastián Piñera. Era en Plaza Italia, donde La Alameda sin álamos se transforma en la avenida Providencia de los santiaguinos más favorecidos por la fortuna. Este fue el escenario de una exteriorización que ponía en evidencia uno de los motores de la victoria de la coalición Chile Vamos en la segunda vuelta. Contra todos los cálculos, un miedo movilizador interpeló a cientos de miles de chilenos que no habían votado por Piñera en la primera vuelta y ahora sufragaron por él disciplinadamente. Fueron todos (si se nos permite una exageración) los que habían optado, antes, por la opción desvergonzadamente pinochetista de José Antonio Kast.

La tasa de participación creció más de dos puntos porcentuales respecto de la elección que descartó a los candidatos que no eran el ahora presidente electo y Alejandro Guillier. De todos modos, se limitó al 49%.

El comportamiento electoral de quienes participaron en la segunda vuelta puede tomarse como evidencia de que una parte significativa de quienes sufragaron en la primera se abstuvieron ahora. Y fueron reemplazados por un número mayor de conciudadanos que se habían quedado en su casa antes. Una hipótesis razonable, que tal vez algún estudio de opinión pública contraste en el futuro, es que entre los nuevos movilizados se cuentan muchos, muchísimos, que dejaron de emitir su voto en la instancia inicial porque algunas encuestas les anunciaban que su candidato favorito (Piñera) superaría el 50%. Si esta hipótesis fuera acertada, los sondeos habrían tenido dos efectos paradójicos. Habrían servido para hacer quedar a Piñera, en primera vuelta, como un derrotado relativo, y luego, habrían hecho sonar el clarín de la conciencia cívica de sus simpatizantes, que habían aprovechado el domingo 19 de noviembre para descansar.

Cuando miramos lo que pasó en los municipios más poblados del país, los resultados arrojan una constante: Piñera engrosó sus apoyos más allá de la suma de los votos que habían obtenido él y Kast en noviembre. Guillier, en cambio, perdió un segmento grueso de la suma que habían obtenido él mismo y los cinco candidatos eliminados, que luego de perder declararon que votarían por Guillier o le negaron explícitamente su apoyo a la derecha.

La tendencia se verifica con igual fuerza en distritos que ya había ganado Piñera y en distritos donde había ganado Beatriz Sánchez, la candidata del Frente Amplio que tan cerca estuvo de ingresar al balotaje en lugar de Guillier. Esto pasó incluso en la región del norte chileno, que Guillier representa como senador.

Piñera presentaba obvias fortalezas. Contó con la base electoral de la derecha tradicional, que había sufrido fugas en la primera vuelta, pero que le fue predominantemente fiel. Expuso su experiencia presidencial previa, cuya valoración fue creciendo en ciertos sectores, a medida que el crecimiento económico bajo la actual presidencia de Michelle Bachelet se verificó más débil que bajo la suya. Además desplegó una imagen de conservador herbívoro, cimentada durante su mandato anterior. Esto lo blindó contra las referencias de apoyo al régimen de Pinochet.


Piñera desplegó una imagen de conservador herbívoro, cimentada durante su mandato anterior.


Guillier, en contraste, presentaba debilidades, aunque no fueran tan obvias. Algunos de sus atributos positivos fueron neutralizados por las circunstancias de su candidatura. Outsider ma non troppo, lanzó su postulación sin pasar por el filtro de los estados mayores de los partidos de la Nueva Mayoría. Lo hizo con el solitario apoyo de los minoritarios radicales. Eso le valió un temprano pico en la intención de voto. Pero parte de esa frescura se evaporó cuando los estados mayores cayeron bajo el encanto de esas encuestas y lo abrazaron como hijo pródigo. Un prócer concertacionista como Ricardo Lagos fue la primera víctima de ese enamoramiento.

Por otra parte, Guillier se comportó como heredero incómodo de Bachelet. La defensa del legado del actual gobierno quedó a mitad de camino entre la crítica velada y la reivindicación poco enfática. De todos modos, sería injusto hablar sólo de las debilidades del candidato. En efecto, los partidos de la Nueva Mayoría y la actual presidenta tuvieron una relación tensa. Al abrazar como tabla de salvación a Guillier, las fuerzas políticas de la coalición renegaron en parte del gobierno y evocaron la imagen de un naufragio que no le hacía justicia al balance positivo de reformas que deja Bachelet. Había, por cierto, otra debilidad estructural del campo situado a la izquierda del centro: el 55% que reunió en primera vuelta estaba fragmentado. Los dos pedazos más grandes eran iguales. Lo que encogió Nueva Mayoría creció el Frente Amplio. Guillier no emergió de esa instancia como un candidato que pudiera exigir apoyo sino que casi estaba obligado a mendigarlo.

Cada ambigüedad de Guillier y de sus respaldos presentaba, hay que decirlo, oportunidades. No hay duda de que un candidato de la entraña del oficialismo hubiera contado con menos apoyo público del Frente Amplio (FA). Guillier recibió el acompañamiento personal de las tres principales espadas del FA, la candidata Sánchez y los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric. Por cierto, el diario del lunes destaca lo que ya se sabía desde antes: la batalla contra Piñera no podía ser librada por una Armada Brancaleone de apoyos a medias y entusiasmos menguados. En ese sentido, el segundo mandato de Bachelet estuvo acompañado desde el inicio por una luz crepuscular. No se debió sólo al conflicto de intereses de la nuera de la presidenta. Hubo una convicción trágica, de los más encumbrados cuadros de los partidos que la llevaron dos veces al gobierno, de que sería el último mandato de ciclo socialista. A quien esto escribe le ha tocado escuchar esas confesiones durante los primeros meses de 2014, cuando Bachelet todavía no había reacomodado los muebles en el Palacio de la Moneda.

Si en el oficialismo todo conspiró contra la explosión de energía que era necesaria para encarar la campaña de la segunda vuelta, en la derecha todo estaba preparado. Hubo una organización impecable, territorialmente extendida y disciplinadísima, que se encargó de convocar a su electorado tradicional, un piso que no está lejos del 40%. Esa minoría que le permitió alcanzar la mayoría fue movilizada por la campaña, que ingredientes que estaríamos tentados de señalar como contradictorios, pero que terminaron siendo complementarios. Por un lado, asegurado el apoyo de la derecha extrema de Kast, Piñera moderó su postura sobre el tema educativo. Prometió no modificar los criterios para el acceso a la educación gratuita fijados por el actual gobierno. Además, se permitió sugerir parecidos de familia entre Guillier y Nicolás Maduro. El ex-ministro de Cultura de Piñera, el ex-comunista Roberto Ampuero, viralizó fake news de su propia creación, inventando un inexistente apoyo de Maduro al candidato oficialista. El hashtag #Chilezuela se hizo popular en las redes sociales para denostar el proyecto que los seguidores de Piñera le atribuían a un Guillier potencialmente rehén de Sánchez.

Resulta difícil predecir cuán cerrado será el giro conservador que Piñera se propone imprimirle al gobierno en su segunda estadía en La Moneda. En la campaña para la segunda vuelta repartió guiños hacia el centro y en la de la primera había hecho lo mismo hacia la derecha, sugiriendo incluso modificar la reciente ley que despenalizó la interrupción del embarazo por tres causas específicas. Más allá de esas contradicciones que complican una lectura de anticipación, podemos dar por seguro que el proceso constituyente lanzado por Bachelet se detendrá por completo.

Por primera vez, desde 1990, el conservadurismo tradicional de Renovación Nacional (RN) es el partido más grande de la derecha, por encima de la pinochetista Unión Demócrata Independiente (UDI). Será interesante constatar si esto trae moderación a la gestión gubernamental.

Desde el centro hacia la izquierda, después de perder la elección que menos podían permitirse perder, se abre un período de enorme incertidumbre. La fragmentación, la presencia de dos bloques de voto de envergadura equivalente, hace ilusorio pensar en cualquier convergencia de corto plazo entre la Nueva Mayoría y el Frente Amplio. En lo inmediato, van a competir por liderar la oposición. Por otro lado, el Partido Demócrata Cristiano, quedó reducido a su mínimo histórico. Fue separado de Nueva Mayoría en la primera vuelta y estará tironeado entre la tentación de facilitarle la gobernabilidad a la derecha y la reconstrucción de un esquema con sus viejos compañeros de la posdictadura.

El desafío para los opositores será incorporar al proceso democrático a los sectores populares que engrosaron el abstencionismo. Su desactivación política, en la que las tasas de participación electoral son sólo la punta del iceberg, explica parcialmente la baja ambición reformista del primer tramo de los gobiernos de centroizquierda y la fácil caída tras el ambicioso segundo período de Bachelet.


El desafío para los opositores será incorporar al proceso democrático a los sectores populares que engrosaron el abstencionismo.


El contraste es dramático: mientras en Vitacura, la comuna santiaguina de mayor poder adquisitivo, votó el 73% del padrón, en la comuna popular de La Pintana lo hizo el 37. Por supuesto que Piñera ganó en Vitacura como si hubiera partido único, sacó 88%. Guillier, en cambio, ganó por un trabajoso 56% en La Pintana. Si los sectores reformistas no logran atacar las causas de esa desafección de los sectores populares, se pueden estar condenando a seguir perdiendo elecciones que son más fáciles de ganar que de perder.

El Chile que festejaba en Plaza Italia, efectivamente, se salvó, pero no de la distopía ficticia de Chilezuela. Se salvó, hasta ahora, de que Chile complete una transición a la democracia que signifique la incorporación efectiva a la ciudadanía de los que habitan los escalones más bajos de la escalera de la desigualdad.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

 

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5 opiniones en “El escenario que dejó la elección en Chile”

  1. comparto loas aspectos basicos de este analisis ,creo que seria muy bueno poder verificar las hipotesis con trabajo de campo o estadistico ,para comparar si los que votaron en primera vuelta tambien lo hicieron en la segunda o si hubo un “recambio”
    Creo que la base de Guillier era muy heterogenea ,los que levantaron tienda aparte en la primera vuelta eran muchos “desencantados ” y criticos , que no pudieron ser captados solo por la fuerza del No a Piñera , quizas cobnsideraban que Guillier y Piñera eran “casi lo mismo ”
    La experiencia argentina muestrra lo tremendamente nocivo que ha resultado ser ese concepto , la irrpcion con fduerza del neoliberalismo o mas bien de un capitalismo salvaje que cada vez se vuelve mas represivo espero que no s e repita en Chile la ssituaciones e de base son muy diferentes Cristina y su programa eran muy diferentes a lo que hizo Bachelet , auqnue sus detractores usaron tecnica ssimilares ara desgastar sus imagenes .

  2. Cuando Guille supera en primera vuelta a Beatriz Sanchez , el peligro de parecerse a Venezuela ya estaba despejado , muchos votantes de la DC hace bastante tiempo que no se sienten comodos , primero con la Concertacion y más aun con Nueva Mayoria . Si hubiera ganado Guille , la potencia interna de los Socialistas que no comen vidrio hubiera permitido que Chile continue por la senda del progreso . Se salvaron de Beatriz Sanchez que de haber concurrido al ballotage con Piñera habria sufrido una derrota mucho peor . Losteau hace un analisis comparativo de las economias chilenas y argentina que resulta muy revelador , lamentablemente nuestra dirigencia política atrasa años luz con respecto a le chilena

  3. El análisis sigue basándose en pre conceptos arraigados en el llamado progresismo de izquierda en América Latina, cual es la creencia q los pobres o carenciados son de izquierda. Nada más falso. Se seguirán sorprendiendo con sucesivos resultados de próximas elecciones.

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