Trump y Jerusalén, la estrategia del tero

Por Gabriel Puricelli*

“Cumplí mi promesa de campaña, no como otros”. Con esta frase oficializó Donald Trump, en la traducción libre de la publicación en su cuenta oficial de Twitter, el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. El presidente de EE.UU. pateó el hormiguero del Medio Oriente. Dejó claro que lo hacía por motivos de política doméstica. Se dirigió al tribunal de su electorado, sin la más mínima preocupación por el bienestar de los ciudadanos de los territorios ocupados y países que ahora tienen que lidiar con las consecuencias de esa declaración incendiaria. Por si hacía falta enfatizar aún más el carácter exclusivamente doméstico de la decisión, la publicación en el medio favorito de difusión del magnate inmobiliario incluyó un video donde sus tres predecesores inmediatos, Barack Obama, George W. Bush y Bill Clinton, se comprometían con la idea que Trump llevó a la práctica. No hubo una sola referencia visual a Jerusalén ni a los pueblos que la reclaman como su capital. Se trata de un asunto entre elefantes estadounidenses en un bazar ajeno. Como lo hace el astuto tero en las pampas, Trump protege unos frágiles huevos aquí llamando la atención con un grito allá.

En las palabras del propio Trump: “Este curso de acción adoptado es en el interés de los Estados Unidos y de la búsqueda de la paz entre Israel y los palestinos, un paso adelante en el proceso de paz para trabajar por un acuerdo duradero”. El orden de los factores lo dice todo: la única entidad material que el presidente menciona es su propio país, lo otro son figuras retóricas sin existencia real. Más aún, la referencia a un supuesto “proceso de paz”, que a todos los efectos está muerto, y que la posición del presidente norteamericano difícilmente contribuya a resucitar, subraya cuán centrada en EE.UU. está la decisión. La única concesión de alguna significación que hizo Trump fue referirse a Israel como estado reconocido legalmente por la comunidad internacional. Descartó la fórmula (más propia de la religión que del derecho positivo), que él mismo usó en la Convención del Partido Republicano, en la que definió a Jerusalén como “capital eterna del pueblo judío”.


El presidente de EE.UU. pateó el hormiguero del Medio Oriente. Dejó claro que lo hacía por motivos de política doméstica.


El reconocimiento de Trump, sin embargo, no es disparado por su pretensión de diferenciarse de sus predecesores. El gatillo de la decisión tiene nombre propio: Robert Müller. La investigación del fiscal especial, que trata de dilucidar la posible colusión del equipo de campaña presidencial de Trump con Rusia, se viene cerrando sobre el presidente. Su hijo Donald Jr. aparece como el posible próximo en caer, después del renunciante consejero de seguridad nacional Robert Flynn. El ciclo de las noticias venía teniendo como tema principal la investigación y, en tanto se demoraba la aprobación de la draconiana reforma impositiva, no había temas a mano que pudieran romper esa racha. Además, la brecha entre el 57% que desaprueba y el 37% que aprueba la gestión de Trump en la Casa Blanca, es la más amplia desde que el magnate llegó al poder. Esta explicación puede sonar trivial, pero no podemos olvidar nunca que, a veces, el mejor escondite está a la vista de todos. En este aspecto, el impacto fue tan eficaz e instantáneo, como fugaz. Mientras esto se escribe, Müller, el FBI y la investigación del expediente ruso han vuelto a reinar entre las noticias domésticas.

Si las noticias volvieron pronto a la agenda previa a la declaración de Trump, se debió también a que, afortunadamente, la chispa que el líder estadounidense lanzó sobre las pasturas secas de Medio Oriente, no provocaron, todavía, un incendio generalizado. El impacto fue el esperado. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, saludó con euforia la decisión. La inscribió junto a los “hitos” que a lo largo “de los milenios” han dado la razón a su pueblo en su reclamo sobre la ciudad. Todo fue acompañado por el sector ultranacionalista de su coalición parlamentaria. Pero también, con tonos más moderados, por los sectores centristas y por la opositora Unión Sionista, que lidera en el parlamento el laborista Isaac Herzog. La crítica a Trump vino por parte de la Lista Unida de los partidos árabe-israelíes y la izquierda sionista del Meretz. Entre la opinión pública israelí, según una encuesta de Smith Research para The Jerusalem Post, había un 36% que no esperaba que la declaración tuviera ningún efecto, mientras que un casi equivalente 33% esperaba que tuviera un efecto contrario a la paz. Sólo un 23 consideró que ayudaría a resolver el conflicto con los palestinos.

Haciendo espejo con la euforia del premier israelí, el líder del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas), el palestino Ismail Haniya, convocó a una tercera intifada, como las de 1987-1993 y la del 2000. Las baterías de misiles de la milicia de su movimiento transformaron a los vecinos de la aldea israelí de Sderot en los primeros en sentir los efectos contantes y sonantes de la reacción encontrada por Trump. Dos miembros de esas milicias serían casi de inmediato los primeros muertos imputables a los dichos del mandatario estadounidense, una vez que las Fuerzas de Defensa israelíes repelieron los lanzamientos.


La brecha entre el 57% que desaprueba y el 37% que aprueba la gestión de Trump es la más grande desde que el magnate se instaló en la Casa Blanca.


Para los palestinos, la declaración de Trump significó una nueva fisura entre laicos e islamistas. Se produjo pocas semanas después de la firma de un acuerdo por el que los islamistas reconocían la autoridad presidencial de Mahmud Abbas y por el que se empezaba a superar la división de hecho de los territorios como entidad política. La Autoridad Nacional Palestina (ANP) quedó en una posición imposiblemente incómoda. No podía desautorizar el llamado a la insurgencia de Hamas. Y con las calles de las ciudades cisjordanas Belén, Ramallah, Jericó y Hebrón hirviendo de protestas, el presidente palestino optó por el lenguaje diplomático. Viajó a Jordania a visitar al Rey Abdulá, guardián de los sitios sagrados del Islam en Jerusalén. Optó por promover reuniones de la Liga Árabe y de la Organización de la Conferencia Islámica. De la primera reunión obtuvo una declaración llamando a Trump a volver sobre sus pasos, y de la segunda, el reconocimiento de Jerusalén como capital de Palestina. Mientras esta nota se escribe, Egipto hace circular entre los otros 14 miembros del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, un proyecto de resolución, que tiene asegurado el veto de Washington, declarando la decisión de Trump nula e inválida. Sería por ir en contra de resoluciones previas del propio Consejo de Seguridad.

El menos poderoso y el más simbólico de los agraviados por la decisión de Trump fue Jorge Bergoglio, quien como Papa Francisco lidera la tercera confesión que tiene en Jerusalén, algunos de los sitios que considera más sagrados. Tras manifestar “profunda preocupación”, llamó a Trump a respetar el status quo de la ciudad.

Los aliados militares y diplomáticos de EE.UU. fueron también secos en su rechazo. Fue la posición de la líder británica Theresa May, cuya relación con los Estados Unidos parece tener un incidente diplomático por semana, y de la Unión Europea en su conjunto. Trump tampoco encontró ni un solo apoyo dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Fue al contrario. Proveyó un nuevo elemento para enfriar y tensar aún más la relación con Turquía, cuyo presidente, Recep Tayyip Erdoğan, cantó retruco prometiendo trasladar a Jerusalén Este la embajada turca ante la ANP.

Hasta hace no mucho tiempo, Turquía era el único estado islámico aliado de Israel. Ahora, bajo su presidente islamista, no pierde oportunidad de ilustrar cuán rota ha quedado esa antigua alianza y cuánto debería el mundo árabe mirar hacia Estambul como fuente de liderazgo regional y proyección de poder global. Por último, hasta el nuevo hiperfavorito de Trump en el mundo árabe, Arabia Saudita (y su séquito de monarquías absolutistas del Golfo Pérsico), rechazó la nueva postura estadounidense.

Decíamos más arriba que entre los israelíes y los palestinos yace un proceso de paz moribundo. La decisión de Trump viene a acentuar ese estado y a ponerlo en evidencia. Con toda su carga de oportunismo y aislacionismo, la postura estadounidense no deja de estar formada por una visión parcialmente realista de cuál es el conflicto que realmente importa hoy en esa región del mundo, el que opone en varias guerras por interpósitos actores a Irán y Arabia Saudita. Hay, por cierto, un cálculo de Trump que tiene en cuenta esta variable. Nadie en el mundo árabe debería poder dedicar suficiente atención al conflicto palestino-israelí. Hay amenazas existenciales que requieren toda la atención de los jeques en su disputa ya abierta con el viejo imperio persa de Teherán. Es por esto que Trump especula con que, toda la ganancia doméstica de corto plazo que ha obtenido, tenga poco impacto estratégico en Medio Oriente. En el mejor de los casos, han sostenido algunos de sus consejeros más próximos, quizás los palestinos se vean forzados a pedir la reactivación de las negociaciones para evitar que Trump siga quitando de la mesa cuestiones que deberían ser materia de trueque diplomático.

Es claro que el ruido provocado por Trump no ha estado desprovisto de nueces, tales son los hechos que ha desencadenado. Su gobierno, sin embargo, se reserva para sí la administración de los tiempos de la puesta en práctica de la declaración presidencial. EE.UU. cuenta en Jerusalén Occidental con un consulado de proporciones comparables a las de una embajada. Bastaría con cambiar el nombre en la fachada para que la decisión anunciada quede efectivamente implementada. Sin embargo, el Secretario de Estado Rex Tillerson anunció que la mudanza demoraría “al menos dos años”. No está claro si esta demora es fruto de una decisión del propio Trump o el resultado de una negociación entre el presidente y la burocracia del Departamento de Estado, que desaconsejó firmemente la ruptura del status quo. También puede ser una carta que Trump se reserve para jugar en otro momento, tal vez cuando los tambores del juicio político empiecen a hacer vibrar los vidrios de los ventanales del Salón Oval.

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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Una respuesta a “Trump y Jerusalén, la estrategia del tero”

  1. Donald Trump nos tiene acostumbrado a aberraciones como la construcción del muro y que encima lo paguen los mexicanos; sin embargo esta vez hizo lo correcto:No solo por cumplir una promesa electoral,para eso fue votado, sinó y hizo lo que debería hacer todo el mundo. Israel es el único país del mundo con soberanía para decidir en donde instala su capital, así como los ecuatorianos decidieron gobernar desde Quito y no de Guayaquil,etc,o los palestinos en Ramalah y no en franja de Gaza.Considero que cada país es soberano de su territorio y por eso cada estado decide en donde queda su capital

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