Hacia una nueva huelga mundial de mujeres

Por María Cecilia Rodríguez

Estamos atravesando la época de los post: la post historia, el post arte, la post verdad. Todos esos post acompañan a los ahora perimidos núcleos de sentido de la modernidad: el progreso, la Historia con mayúsculas, los grandes relatos, la universalidad, la ley, la emancipación, la verdad. Todos ellos engendran ahora un post: post estructuralismo, post ciencia, post relato. En este reino de la post modernidad lo que más se pone en discusión es precisamente lo que más está instalado: en el mundo globalizado, en el proceso de universalización más prodigioso, está en caída el concepto de universal. Ya no hay un relato universal, como la revolución, que venía a emancipar a la humanidad toda, sino que ahora las luchas son locales.

Estas nuevas luchas locales son las batallas de los llamados colectivos vulnerados por el acceso a sus derechos. Entre ellos están los niños menores, los ancianos, los migrantes, los indígenas, los discapacitados, los integrantes de colectivos de diversidad sexual (como gays, lesbianas, intersexuales, transexuales, queer) y las mujeres. Las luchas feministas, aunque incluyan o debieran incluir a la mitad o más de la mitad de la población, aparecen dentro de estas peleas locales, como demandas más o menos específicas y minoritarias.


“Las luchas feministas, aunque incluyan o debieran incluir a la mitad o más de la mitad de la población, aparecen como demandas más o menos específicas y minoritarias”.


A pesar de esto, la agenda de la mujer ha logrado expandirse. Abarca el tratamiento de la violencia a la mujer en un arco que va de los malos tratos hasta los femicidios, pasando por el tema del aborto, la desigualdad de derechos, el poder y los ingresos. En este marco, el 8 de marzo suscita cada año una atención mayor y propaga cada vez más la internacionalización.

La celebración del día de la mujer, el próximo 8 de marzo de 2018, puede adquirir mayor intensidad debido a la convocatoria de un nuevo paro internacional, estrategia que fuera iniciada el año pasado con gran éxito. La idea de realizar una huelga de mujeres permite, entre otras cosas, poner en evidencia el peso que tiene la mano de obra femenina en la economía de un país. Pero aquí es donde se empiezan a condensar los conflictos de la posmodernidad neoliberal. Si pensamos la relación mujeres/trabajo, encontramos problemas de distinto tipo o, si se quiere, el mismo problema planteado desde distintas perspectivas. Mencionemos, entre ellos, el trabajo del cuidado y crianza en los hogares, la desigualdad de oportunidades, la desigualdad de trato y la violencia laboral.

Una de las perspectivas en debate, el trabajo de cuidado y crianza que realizan mayoritariamente las mujeres para permitir que la vida se desarrolle y la economía crezca, no tiene ninguna contraprestación. No es valorado en las cuentas nacionales y no se identifica como uno de los elementos principales de la economía. Si no hubiera madres, abuelas, y demás mujeres que crían cachorros humanos, los alimentan, los cuidan cuando se enferman, los socializan y monitorean su paso por los sistemas de educación, no habría sujetos sanos y razonables para que el mercado saliera a comprar su fuerza de trabajo. Pero el detalle es que ese trabajo no es ni reconocido ni remunerado cuando es esencial para sostener el mercado y el PBI de un país.

Parece natural que las mujeres cuiden de sus hijos primero y luego de sus padres ancianos, mientras el hombre se ocupa del interés individual en la lucha por la supervivencia. Pero la realidad es que esos roles han sido rigurosamente creados por el sistema capitalista. Y, mientras que el primero no es computado, el segundo es alabado y sobre pagado. Lavar, cocinar, planchar, ayudar con la tarea escolar del niño, parecen tareas que no producen mercancías intercambiables en el mercado, pero el pequeño detalle es que esas tareas crean la condición de posibilidad de este exista. ¡Y el sistema recibe esos insumos sin poner un peso!

Además de cuidar de los niños y alimentar a los maridos y hermanos varones, está el trabajo no reconocido que se realiza en las casas. “La niña de once años que todas las mañanas recorre quince kilómetros en busca de leña para su familia desempeña un papel enorme en el desarrollo económico de su país. A pesar de ello, su trabajo no es reconocido. La chica es invisible en las estadísticas económicas. En la magnitud del PBI, por la cual medimos la actividad económica total de un país, ella no cuenta” escribe Katrine Marcal en su libro sobre mujeres y economía donde se pregunta ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?[1].

Otro aspecto de la cuestión es la desigualdad de oportunidades, la forma en que el sistema naturaliza y protege que los varones tengan acceso con prioridad a los puestos de decisión, conducción, estrategia y poder. Aquí se lucha fuertemente contra el patriarcado cultural que aparece en el lenguaje, en el sistema de deseos, en los mitos culturales. Esto se condensa en el hecho de que las mujeres son las que realizan los trabajos más precarizados y mal remunerados.

En los números, las mujeres seguimos muy abajo en el acceso a los puestos importantes. Como describe Mercedes D’ Alessandro en relación a las empresas “(…) aunque en 2016 el 45% de los trabajadores de las 500 empresas más importantes, según Standard & Poor, son mujeres, menos del 20% de ellas accede a una silla en el directorio y sólo el 4% se convierte en la Barbie CEO[2]. Es el problema del techo de cristal, la barrera “invisible” pero existente que impide que mujeres igualmente capacitadas que los hombres accedan a los cargos directivos. La autora menciona también el mismo problema en el ámbito de la ciencia, las mujeres son mayoría en las aulas universitarias en todo el planeta, aunque según las estadísticas de la UNESCO “ellas son sólo el 28% de los investigadores científicos.” [3]

Otra forma en que se realiza el patriarcado es mediante la desigualdad de trato. Ahí aparece claramente la desigualdad de ingresos. Así, la mujer que cría el hijo paga dos veces la “diferencia”: primero, desde su casa, haciendo tareas en el hogar que no son reconocidas por el sistema, y segundo, desde el trabajo, donde recibe menor remuneración precisamente por la misma causa, porque al ser mujer y tomar licencia por maternidad y tener las “necesidades” de las mujeres, gana menos plata por la misma tarea. La desigualdad de ingresos es la contracara de la falta de reconocimiento del trabajo de cuidado.

Por último, uno de los modos aberrantes del patriarcado es la forma en que el varón ejerce violencia en virtud de las asimetrías instaladas en el mundo del trabajo. Muchas mujeres sufren la desigualdad de oportunidades y trato bajo la forma de la violencia laboral. Basta recordar los escándalos que surgen en diversos segmentos del mercado, como en el mundo de la farándula, del cine, o de las empresas informáticas, donde se ve claramente que la ocupación de puestos de poder por parte de los varones es utilizada para desarrollar acciones de acoso. Así, el movimiento #MeToo y la campaña Time´s Up, que convocan a denunciar los acosos y abusos sexuales en el ámbito del espectáculo, están actualmente en el centro de la escena norteamericana.


“La idea de un paro parece muy adecuada para visibilizar qué pasa cuando las mujeres no trabajan. Aparece como una estrategia interesante y poderosa que las mujeres dejen de hacer el trabajo invisible y silenciado del cuidado en el hogar”.


La idea de un paro parece muy adecuada para visibilizar qué pasa cuando las mujeres no trabajan. Aparece como una estrategia interesante y poderosa que las mujeres dejen de hacer el trabajo invisible y silenciado del cuidado en el hogar. Es una de las formas de pensar el problema de la subordinación de las mujeres en el sistema capitalista, que ha erigido al hombre como su núcleo y representante de la realización de la humanidad y a la mujer como su acompañante. “Sólo la mujer tiene género. El hombre es humano. Existe un único sexo. El otro es variable, un reflejo del primero, algo complementario”, escribe Katrine Marcal.[4] Contra esta idea hay que luchar. Como plantea Mercedes D’Alessandro, la desigualdad entre varones y mujeres tiene tantas capas y niveles que hay muchas cosas que podemos hacer y todos podemos hacer algo (…)

Simone de Beauvoir escribió: no se nace mujer, se llega a serlo,[5] rompiendo para siempre la idea de la naturalidad del rol femenino, en un momento iniciático de la lucha feminista. Hoy cabe recordar que no se va a romper el techo de cristal, ni eliminar la brecha salarial, la desigualdad de trato y el acoso laboral, si no se realiza una práctica consciente y explícita de resistencia: no se nace feminista, se llega a serlo.

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[1] Katrine Marcal. ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Una historia de las mujeres y la economía. Capítulo 1. Penguin, Random House Grupo Editorial S.A.U., Buenos Aires, 2016. Pág. 27.

[2] D’Alessandro Mercedes. Economía feminista. Como construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour). Capítulo V. la Barbie CEO de cristal. ¿Porque hay tan pocas mujeres en puestos altos en las empresas? Penguin, Random House Grupo Editorial S.A.U. Buenos Aires. 2016. Pág. 100.

[3] D’Alessandro Mercedes. Economía feminista. Como construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour). Capitulo VII. Alicia en el país de las maravillas. Las mujeres y la ciencia. Penguin, Random House Grupo Editorial S.A.U. Buenos Aires. 2016. Pág. 137.

[4] Katrine Marcal. ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Una historia de las mujeres y la economía. Capítulo 14. Penguin, Random House Grupo Editorial S.A.U., Buenos Aires, 2016. Pág. 160.

[5] De Beauvoir, Simone. El segundo sexo. Cuarta Parte. Capitulo I. Infancia. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2007. Pág. 207.


 

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2 opiniones en “Hacia una nueva huelga mundial de mujeres”

  1. Aquellas mujeres que – en muy poco número – lllegan a puestos jerarquicos todo pagan doble con respecto a los hombres: doble capacidad,doble disponibilidad de horario, doble responsabilidad. Me gustaría que un hombre le dijera a una mujer: asumi un solo rol; yo trabajo el doble y cubro todo!

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