Francisco, la vuelta del catolicismo a lo social

Por Sol Prieto *

Durante el primer mes de este año, el papa Francisco visitó Chile y Perú, en su viaje número 22 desde que asumió como máxima autoridad de la Iglesia católica, en marzo de 2013. Los mensajes del papa en sus visitas parecieran tener tantos significados como interlocutores. Fue así en su viaje a Corea del Sur, en 2014, en el que habló de la necesidad de pacificar las relaciones entre este país y su vecino del norte. Lo mismo ocurrió en su viaje a Cuba, en el que se liberaron 3500 presos, de los cuales 160 eran presos políticos, y en su paso por Turquía, en el que le habló a miles de jóvenes refugiados sirios.

Por supuesto, este fenómeno no es exclusivo del papa Francisco. Los viajes de un papa, de cualquier papa, a diversos destinos, configuran siempre una serie de escenarios complejos en los que se entremezclan distintos mundos sociales y niveles de significación. Uno de estos niveles tiene que ver con los factores “propiamente religiosos”. La expresión va entrecomillada porque en el mundo del catolicismo, una religión pública que dio un giro intramundano hace ya dos mil años, distinguir entre los asuntos de Dios y los de los hombres y mujeres no es tarea sencilla. Sin embargo, las pertenencias, las dinámicas y los modos de vivir la religión constituyen un campo de análisis relativamente autónomo desde hace aproximadamente un siglo en las ciencias sociales. Las tendencias presentes en este campo varían de acuerdo a las sociedades, sus instituciones y su historia.

Un segundo nivel de significación del viaje de un papa está asociado a las discusiones y estrategias desplegadas dentro de la Iglesia católica. Tal como lo señaló Émile Poulat, hace unos 50 años, eso que llamamos “Iglesia católica” es resultado histórico de incontables conflictos por definir qué es el catolicismo, qué es la Iglesia católica y qué lugar ocupan en ella los diversos grupos que forman parte de estos conflictos. A su vez, estos grupos, que van desde órdenes religiosas hasta movimientos de laicos, pasando por intelectuales, funcionarios y movimientos sociales, asignan diversos sentidos a la identidad católica, a la forma en la cual la religión debería ser vivida y a los roles de los distintos integrantes de la Iglesia en cada período histórico.

Las tensiones y disputas políticas en cada país por definir el sentido del viaje de un papa, sus palabras, sus saludos y trayectos, sus expresiones faciales inclusive, son otro nivel de significación importante para tener en cuenta a la hora de analizar qué significa la visita de la máxima autoridad de la Iglesia católica a un país o conjunto de países. A partir de estas tres dimensiones o niveles, dinámica del campo religioso, estrategias de la Iglesia católica y pujas políticas, se puede hacer un balance comprensivo del viaje de Francisco a Chile y Perú, comparando la situación entre ambos países.

Dinámica del campo religioso

Esta dimensión es, posiblemente, la dimensión en la que más confluyen Chile y Perú. De acuerdo al sociólogo chileno David Viera, quien trabaja con series prolongadas de tiempo, alrededor del 67% de los chilenos se consideran católicos, seguidos por un 17% que se consideran evangélicos y un 4% que afirman pertenecer a otra religión. El mismo sociólogo destaca que, mientras los porcentajes de asistencia al culto disminuyen a lo largo de la serie de tiempo, los porcentajes de rezo privado, es decir, de cada persona en su casa, aumentan, alcanzando un 52% de chilenos que rezan una vez por día o más.

Por otro lado, de acuerdo a una encuesta reciente del Instituto de Opinión Pública de la Pontificia Universidad Católica del Perú (IOP-PUCP), 75,2% de los peruanos se consideran católicos; 13,5%, evangélicos; 6,5%, de otras religiones; y 4,4% creyentes pero sin religión. Ante la pregunta acerca de cuál es el significado básico de la religión, el 82,9% de los encuestados respondió que es “hacer el bien a otras personas”, mientras que apenas el 14,5 consideró que es “seguir las normas y ceremonias religiosas”.

Esto da cuenta de que en los dos países está presente una doble dinámica común a todo el Cono Sur latinoamericano, que se viene desarrollando a lo largo de los últimos 40 años. Esta doble dinámica implica, por un lado, la ruptura del monopolio católico y la pluralización del campo religioso. Es una reconfiguración profunda del lugar del catolicismo y la Iglesia católica como institución. En este nuevo escenario, la Iglesia católica pierde su lugar central a la hora de distinguir entre las creencias consideradas legítimas y aquellas que no lo son. Además, el nuevo contexto abarca a los demás actores religiosos, quienes en este marco de ruptura del monopolio católico reclaman para sí el poder de definir el campo de lo legítimamente creíble.

La otra cara de esta doble dinámica está dada por la desinstitucionalización e individuación de las prácticas y las creencias religiosas. Es un proceso profundo y común a la dinámica de otros campos, como el trabajo, la política y el sindicalismo, por ejemplo. Este proceso tiene que ver con la aparición de formas individuales y desinstitucionalizadas de vivir la religión, lo que se traduce en una gestión de las prácticas y las creencias que se desarrolla “por cuenta propia”. De este modo se puede explicar el hecho de que, si bien la gran mayoría de las personas afirman pertenecer a una religión, tanto en Perú como en Chile, su relación con eso en lo que creen es individual y cada vez menos mediada por instituciones, comunidades y especialistas religiosos (sacerdotes, religiosas, diáconos, etcétera.).

Ambas dinámicas representan un desafío para la Iglesia católica. La estrategia de Francisco desde 2013 hasta ahora parece ser la recuperación de un discurso antiliberal, propio del catolicismo integral, y la promoción de dinámicas de inserción social del catolicismo en el mundo de los pobres y la “cuestión social”. Este último viaje del papa se encuadró en esta estrategia: almorzó con mapuches y se reunió con indígenas de la Amazonia; visitó una cárcel de mujeres y dio un encendido discurso a los jóvenes de movimientos juveniles católicos, que incluyó fragmentos de canciones de rock y referencias al mundo de los smartphones.


“Las declaraciones del papa siguen la matriz de un discurso que surgió a fines del siglo XIX, caracterizado por ofrecer una propuesta católica para todas las esferas de la vida”.


Estrategia eclesiástica

Estas coincidencias en el campo estrictamente religioso no se traduce al campo de las instituciones eclesiásticas locales. Un rasgo característico de Chile es el fuerte rechazo social a una institución eclesiástica a la cual la mayoría de los chilenos percibe como demasiado cercana a los sectores de poder de este país y preocupada por los temas referidos a la moral sexual. Este descrédito se ve reforzado por la crisis de los abusos de niños y niñas perpetrados por sacerdotes. Este problema de la Iglesia chilena es un fenómeno reciente. Hasta hace solamente tres décadas, la Iglesia católica rankeaba como una de las instituciones más confiables en Chile debido a la cerrada defensa de los Derechos Humanos, por parte de la jerarquía eclesiástica, durante la dictadura de Pinochet. El Papa parece conocer este proceso. Probablemente por ello decidió recordar varias veces, durante sus discursos, al cardenal Raúl Silva Enríquez, arzobispo de Santiago durante la dictadura y abogado que defendió a las víctimas de las violaciones de los Derechos Humanos y denunció los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el gobierno militar. A la vez, Francisco ofreció un pedido de disculpas por los abusos. Fue un gesto que resultó insuficiente para muchos chilenos. El obispo Juan Barros, a quien las víctimas de los abusos acusan de cómplice, y que fue nombrado por Francisco en la diócesis de Osorio, estuvo presente en las misas de Parque O’Higgins e Iquique.

Esta problemática situación de la institución eclesiástica chilena no se extiende de manera pareja a Perú. Allí, la mayoría de la Conferencia Episcopal mantiene una postura crítica al gobierno autoritario de Alberto Fujimori. En el marco de esta actitud crítica, los obispos han condenado, no sólo las violaciones a los Derechos Humanos cometidas por este gobierno, sino la pauperización creciente de la vida de los sectores populares e indígenas peruanos. En este marco, el viaje del Papa a Perú no implicó un intento de revitalizar y legitimar a la jerarquía eclesiástica, como sí fue en Chile.


“La debacle de la URSS dejó al catolicismo integral disputando el sentido del mundo con sólo polo antagónico: un capitalismo cada vez más desregulado y desigual”.


Tensiones políticas

En el ámbito de las pujas políticas de estos países por traccionar la legitimidad religiosa que, se supone, emana del Papa, también existieron diferencias entre Chile y Perú. En Chile, la presidenta Michelle Bachelet está pronta a terminar su mandato y desde el año pasado viene sorprendiendo con medidas laicistas y de promoción de la libertad individual. Por eso, la puja por traccionar legitimidad del ámbito religioso no estuvo tan presente. Sin embargo, la decisión del Papa de no reunirse con el mandatario electo Sebastián Piñera despertó sospechas y suspicacias.

El conflicto indígena sí constituyó un asunto difícil sobre el cual el Francisco debió hacer equilibrio. Por un lado, reivindicó en la misa de Temuco el lugar de los mapuches en la historia chilena y argentina. Demandó que esta identidad encuentre su lugar en la trama política y social chilena (y argentina). Las apelaciones a una cultura ancestral, y a las memorias colectivas católicas sobre el sincretismo y la tolerancia hacia los pueblos indígenas, buscaron movilizar las narrativas colectivas sobre ese pasado mestizo del catolicismo local y de la región. Hubo cantos y bailes mapuches con instrumentos autóctonos como el erque y el erquencho, incluyendo una gigantografía de Ceferino Namuncurá. Por otro lado, el Papa condenó “la violencia” en abstracto, lo que le valió la crítica de los representantes mapuches, quienes consideraron que debería haber denunciado la violencia institucional de la cual estos pueblos son víctimas.

En Perú, en cambio, la disputa política por la tracción de legitimidad religiosa se hizo más evidente. El presidente Pedro Pablo Kuczynski sufre una crisis de legitimidad por dos motivos. Primero, por el indulto a Fujimori, considerado una medida antipopular. Segundo, por su imbricación en el caso Odebrecht. Los intentos de Kuczynski por absorber algo del carisma papal no fueron del todo exitosos. En un encuentro con los obispos de ese país, Francisco dio un mensaje de rechazo a la corrupción en la política peruana y latinoamericana. Deslizó una crítica al indulto a Fujimori, hablando sobre la tensión entre el ejercicio de la autoridad como autoritarismo o como servicio. Y, para cerrar, hizo un balance de la situación regional que no dejó bien parado a Kuczynski. “América latina estaba buscando un camino, la patria grande y, de golpe, con los años, está sufriendo bajo un capitalismo liberal deshumano”.

Las declaraciones del Papa siguen la matriz de un discurso que surgió a fines del siglo XIX y se afianzó durante la primera mitad del siglo XX. Es el discurso del catolicismo integral, un tipo de catolicismo que fue predominante sobre todo en la década de 1930, caracterizado por ofrecer una propuesta católica para todas las esferas de la vida. Este catolicismo disputó el sentido de la modernidad con dos grandes contendientes en un conflicto triangular: el comunismo, por un lado, y el liberalismo, por el otro. La debacle de la URSS dejó a este catolicismo integral disputando el sentido del mundo tan sólo con un polo antagónico: un capitalismo cada vez más desregulado, desigual e hiperexplotador. El mensaje del Papa en este último viaje dialoga con esta realidad.

*  Socióloga, Docente (UBA) e Investigación (CEIL-Conicet)


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2 opiniones en “Francisco, la vuelta del catolicismo a lo social”

  1. En su visita a Chile; Francisco “nego” la veracidad de denuncias contra uno de los mas cuestionados prelados catolicos .

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