Trump, Kim y el mundo en vilo

Por Gabriel Puricelli*

El 20 de octubre de 1950, tropas de EE.UU. entraban en Pyongyang. Las tres semanas que Kim Il-sung había esperado que norcorea demorara en tomarse todo el sur de la península se habían transformado en cuatro meses y el resultado era el inverso. En junio (1950), los norcoreanos habían llegado a las puertas de Seúl en sólo tres días. Sin embargo, en octubre los estadounidenses se preparaban a volver a su casa para Navidad, mientras marchaban triunfales en la capital de la República Democrática Popular de Corea (RPDC). Los observaba el General Douglas MacArthur, que había abandonado por unas horas su cuartel general en Tokio. Lo hizo para festejar prematuramente una victoria que daba por sentado que China no cruzaría el río Yalu para ir en auxilio de Kim. Ese error de percepción sancionó la continuidad de una guerra que finalmente duró tres años y que sólo sirvió para volver al punto de partida, consolidando la división de la península cerca del paralelo 38°.

Casi 65 años después del fin de las hostilidades, el mundo está a merced de un posible error de percepción de los gobiernos de la RPDC o de EE.UU. Esto podría resultar, con toda probabilidad, en el lanzamiento de un artefacto nuclear por alguna de las partes o ambas. Minutos después de semejante lanzamiento habría, se estima, más que el triple de muertos que los dos millones y medio que costó la guerra en Corea entre 1950 y 1953. A más de 40 años del viaje de Nixon a China, a más de un cuarto de siglo del fin de la Guerra Fría, ¿cómo puede existir esta situación?

El régimen de Pyongyang nunca ha dejado de sentirse amenazado por EE.UU. La principal queja consuetudinaria de su diplomacia es que los norteamericanos nunca se han avenido a firmar un tratado de paz. La paz que reina en la península coreana es, por cierto, fruto de un cese del fuego temporario, sancionado por el armisticio que firmaron en 1953 el gobierno norcoreano, aliado de éste, el Ejército de Voluntarios del Pueblo Chino, y el Comando de Naciones Unidas, liderado por Estados Unidos. Washington siempre ha respondido que las que deberían firmar un tratado de paz son las dos Coreas. Ha rechazado negociar un acuerdo con los sucesivos Kim, padre, hijo y nieto, que han encarnado una dinastía totalitaria desde 1953.

Esa percepción de amenaza estadounidense es uno de los cimientos de la dictadura en Corea del Norte. La militarización de la sociedad, el partido único, el establecimiento de una dinastía al frente del Estado, del gobierno y del Partido del Trabajo, está justificada por la amenaza continuada de un país que, a criterio norcoreano, invadió la península y una vez que las hostilidades terminaron se negó a tenderle la mano a su enemigo.

Hasta el 29 de enero de 2002, la amenaza había servido para justificar el sojuzgamiento de los ciudadanos de la RPDC y para forzarlos a financiar unas fuerzas militares de tamaño y privilegios domésticos desproporcionados. Sin embargo, el discurso sobre el Estado de la Unión que dio el presidente George W. Bush ante el congreso de su país, ese 29 de enero de 2002, justificaría otro paso más: acelerar al máximo la marcha del proyecto norcoreano para procurarse un arsenal nuclear. Bush señaló como enemigo primordial de EE.UU. un “eje del mal”. Lo constituían los norcoreanos, los iraníes y los iraquíes. Con esto, el gobierno estadounidense confirmó las pretensiones de la propaganda doméstica del régimen totalitario de Kim de que su país estaba en la mira del viejo enemigo y única superpotencia. Además del discurso de Bush, la Revisión de la Postura Nuclear (Nuclear Posture Review) de EE.UU., que el Departamento de Defensa le remitió al Congreso al inicio de 2002, incluyó explícitamente a la RPDC entre los seis países que pasaban a ser blanco de misiles nucleares.


“La definición por parte de EE.UU. de un “eje del mal”, que incluía a Corea del Norte, confirmó la propaganda del régimen totalitario de la dinastía Kim”.


Por si hacía falta ilustrar la materialidad de la amenaza, en marzo de 2003, los estadounidenses, junto a la llamada “Coalición de la voluntad”, integrada por el Reino Unido, España, Portugal, Italia, Polonia, Dinamarca, Australia, Hungría y Ucrania, invadió uno de los países que integraba esa tríada maligna, Irak. Los hizo, además, bajo la bandera del “cambio de régimen”. Si la invasión a Irak se hubiera hecho bajo la bandera de un interés más acotado al control de los flujos petroleros, no hubiera intranquilizado tanto a la dictadura norcoreana, ya que los intereses materiales norteamericanos en la península son más bien limitados. Sin embargo, la reivindicación del presidente Bush y los neoconservadores que él había puesto al frente de la política exterior, de un propósito inmaterial, como el derrocamiento de Saddam Hussein, se interpretó en el Extremo Oriente como una bala que tenía grabado el nombre de la familia Kim.

Kim Jong-il, el padre del actual líder, ya había iniciado el camino hacia el dominio de la fisión nuclear con fines bélicos. Pero lo hizo en tiempos de la presidencia de Bill Clinton, cuando era posible forzar una negociación. Bajo los auspicios del Organismo Internacional de Energía Atómica, en 1994, se acordó que la RPDC continuaría siendo parte del régimen de no proliferación nuclear y que EE.UU., Corea del Sur y Japón cooperarían para que Corea del Norte desarrollara un reactor nuclear de agua liviana, que no requiere el enriquecimiento de uranio. El acuerdo fue finalmente incumplido por ambas partes. La RPDC siguió avanzando hacia el uso bélico de la tecnología y U.S.A dejó de financiar el reactor alternativo, cuando el Partido Republicano, se hizo del control del Congreso y lo decidió.

Antes de este fracaso, el acuerdo de 1994 había abierto una distensión relativa. El Consejo de Seguridad de la ONU, después de urgir a la RPDC al abandono de su programa, en 1993, no volvió a ocuparse de ese país hasta 2006, cuando condenó el lanzamiento de prueba de misiles balísticos (condena a la que Argentina se sumó, como miembro temporario del Consejo en aquel momento).

En el momento en que Pyongyang abandonó el régimen de no proliferación, algunas condiciones del mundo habían variado radicalmente respecto de 1993. China ya no era una usina revolucionaria y paria internacional, recordemos que ni siquiera fue miembro de la ONU hasta 1971. No era el país sin cuyo apoyo Kim Il-sung hubiera perdido la guerra, ni el que después de la revolución pasó 25 años rechazando la coexistencia pacífica con EE.UU. Tampoco era el país que se abstuvo en el Consejo de Seguridad en 1993. Para el 2006, China llevaba años practicando la doctrina del “ascenso pacífico” y no dudó en apoyar la resolución de condena a la RPDC en el mismo Consejo de Seguridad.

Cada vez que Corea del Norte sube su nivel de amenaza se vuelve una piedra en el zapato del ascenso pacífico de China. Una piedra en el zapato que China no quiere remover, ya que significaría remover el estado tapón que hace que hoy China no tenga frontera con Estados Unidos o con uno de sus aliados, como Corea del Sur. Esa situación dilemática explica el motivo por el que China ha apoyado las sucesivas sanciones contra su vecino, manteniendo en un mínimo su enfrentamiento con EE.UU, y también porqué tiene las manos relativamente atadas para hacer que Kim desista de su juego nuclear.

A ese dilema hay que sumarle la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump. El inédito match retórico que el estadounidense desató desde su cuenta de Twitter, poniendo en discusión desde el sobrepeso del líder norcoreano hasta el tamaño de los respectivos botones con que los dos contrincantes podrían activar sus misiles nucleares, es el emergente de una política desconcertante que ha potenciado los temores norcoreanos. La zigzagueante posición de EE.UU., que incluye contradicciones a lo largo del tiempo en los dichos de su presidente y, en simultáneo, entre él y su Secretario de Estado, Rex Tillerson, ha llevado la situación a un límite desconocido. Todo indica que en ningún momento se ha cerrado el backchannel a través del cual ambas diplomacias se comunican, mientras en la superficie brotan las chispas del entrecruzamiento de sables. Sin embargo, la retórica de Trump y Kim los expone a desautorizarse a sí mismos cada vez que emiten amenazas que (afortunadamente) no cumplen. La actitud de Trump, exclusivamente centrada en marcar goles ante su tribuna doméstica, plantea un desafío a la comunidad internacional. Mientras el mundo acompaña a EE.UU. y se compromete con el régimen de sanciones más estricto que se le haya impuesto a país alguno en el pasado, confiando en que el tiempo haga su trabajo de ablandamiento de Kim, el líder estadounidense continúa actuando de manera errática e inconsistente con la paciencia que requiere esperar los efectos de las sanciones.

En ese contexto, una iniciativa que aporta racionalidad es la decisión de ambas Coreas de reunirse, como lo hicieron el 9 de enero por primera vez en dos años, para explorar la posibilidad de una moratoria simultánea. Implicaría dejar los ensayos misilísticos y nucleares norcoreanos y los ejercicios militares conjuntos de los surcoreanos con las fuerzas armadas de EE.UU. Si a este acuerdo le siguiera la conformación de una delegación conjunta de ambos países, a los Juegos Olímpicos de invierno que organiza Corea del Sur, podríamos estar frente al primer esbozo de negociaciones en esta etapa de crisis.


“Una iniciativa que aporta racionalidad es la decisión de ambas Coreas de reunirse, como lo hicieron el pasado 9 de enero por primera vez en dos años”.


El cambio de gobierno en EE.UU., a principios de 2016, introdujo más tensión e incertidumbre. Pero la destitución de la presidenta surcoreana conservadora Park Geun-hye y la elección del progresista Moon Jae-in, que asumió en mayo de 2017, parece haber traído el efecto contrario. El nuevo líder surcoreano hizo campaña sugiriendo un retorno a la “Política del Sol” (Sunshine Policy), de distensión con la RPDC. Esta fue una línea de acción que estuvo vigente bajo las presidencias de centroizquierda de Kim Dae-jung y Roh Moo-hyun, entre 1998 y 2007. Sin renegar en absoluto de la alianza con los EE.UU., esta política impulsó medidas de construcción de confianza, incluyendo emprendimientos industriales conjuntos y reuniones temporarias de familias separadas por la guerra. La justa deportiva de la que Corea del Sur será anfitriona, entre el 9 y el 25 de febrero, deja servido el pretexto para retomar esa iniciativa. Si Corea del Norte y EE.UU. actuaran de manera racional, ambos podrían desescalar su nivel de amenaza sin aparecer haciendo concesiones. El foco de la atención internacional pasaría a estar en el restablecimiento del vínculo intercoreano, dando tiempo a la preparación de negociaciones sobre el tema de fondo. Visto el tipo de liderazgo que ocupa el vértice del poder en EE.UU. y la RPDC, es imposible dar por descontado que una oportunidad así no será desperdiciada.

En cualquier caso, más allá del día a día del enfrentamiento entre Washington y Pyongyang, y de los lógicos temores que éste provoca, es importante entender la lógica global y regional en la que se inserta. Convencer a Corea del Norte de que Estados Unidos no busca su destrucción y, al presidente Trump, de que la seguridad global es más importante que imponer un trending topic en las redes sociales, parecen objetivos lejanos del alcance de la comunidad internacional. Sin embargo, son imprescindibles si no queremos que sigan en peligro millones de vidas humanas.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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