Contra la subjetividad neoliberal

Por Martín Hourest 

Vivimos en nuestro país una ofensiva contra la democracia y la igualdad. El sistema político presenta, por primera vez en mucho tiempo, el formato de partidos del orden en capacidad competitiva. En efecto, la coalición de centroderecha que gobierna y las distintas expresiones del justicialismo encuentran su límite en los bordes de la razón neoliberal.

La experiencia política iniciada en 1983 se basó en erradicar a las dictaduras y a la violencia política como herramientas de gobierno o de veto en el ejercicio del poder. Este camino encuentra sus límites en un marco democrático que se achica por las desigualdades. Desaparecida la opción militar, y cuestionada la construcción de un partido del cambio social, se impuso una era conservadora. Primero fue con un partido predominante (ocasionalmente disputado) y ahora con una disputa eficaz. La sociedad del desprecio crece y se multiplica.

Parientes del mercado o herederos populistas coexistieron y gestionaron esa sociedad sin cuestionar las formas de crear y distribuir riqueza y producir vida. Consintieron o aplicaron políticas de la crueldad. Aun los intentos fragmentarios de alteración encontraron la ferocidad como respuesta.

No son tiempos de esperanzas gratuitas sino de insistencias terribles. Nada obliga a que a este orden lo suceda un progreso igualitario y que a este formato de competencia política lo altere un partido del cambio social que nazca como reacción. La desigualdad, la intolerancia y las frustraciones cotidianas pueden fomentar un espiral de relativismo moral, fascismo de patio, y resentimiento de masas, que consolide la regresión social en curso.

Estamos atrapados en el tiempo del neoliberalismo. Es algo muy distinto de aquella caricatura que circula fechada en los noventa. En efecto, las privatizaciones y la desregulación, la liquidación de activos públicos, con incremento de las áreas mercantilizadas de la vida social, son sólo una parte, el emergente más escandaloso, pero no el más dañino y duradero de esa estrategia.

Las cuestiones medulares que realmente delimitan el planteo neoliberal son otras. Entre ellas están: la visión de una sociedad operando en lo cotidiano bajo la lógica de la competencia y no de la solidaridad; la emergencia excluyente de proyectos individuales; el entronizamiento de la meritocracia como vía superlativa de la movilidad y reconocimiento social; el direccionamiento del fracaso y la penuria a opciones personales incorrectas o deficientes; la virtual desaparición de lo social y su ordenamiento con ganadores y perdedores.

A la disolución de la sociedad en la conducta individual y sus consecuencias, a la percepción de que lo dado no es una consecuencia momentánea sino un universo petrificado que requiere (para sobrevivir) adaptación máxima y flexibilidad extrema, debe seguirle una concepción del tiempo acorde.

Lo concreto (por ponerle un nombre) no admite proyectos de cambio estructural ni valores altaneros que nieguen el estado de cosas. Si por un lado niegan las conductas “disfuncionales”, por el otro hacen desaparecer la perspectiva del tiempo o, para ser más precisos, la de los distintos tiempos y temporalidades en que se desarrollan las distintas visiones e imaginaciones del deseo social. Eliminar al tiempo como espacio de creación, de maduración, de agregación intencional o aleatoria, hasta de diálogo y de emociones, es un requisito inapelable en la refundación permanente del desprecio.

Un presente sin tiempo, que niega su pasado y se postula como secuencia de futuro, además de negarse a sí mismo, alcanza condiciones omnipotentes y omnímodas. El presente, dentro de esta lógica social, todo lo puede, todo lo requiere, todo lo descarta y lo premia.

¿Por qué querríamos un presente que se sepa precario, vulnerable, deseable o aberrante, si mañana será igual que hoy? La reflexión es tender puentes para la conducta y suspender certezas y tiempos establecidos. Es producto de la insatisfacción y de la potencia. Pero está clausurada, no por peligrosa, como desearían algunos, sino por innecesaria y fatigosa. Que mejor, entonces, que blindar al presente y moldear (palabra terrible cuando se habla de humanos) a los sujetos.

Recuperar la duda, la reflexión, el tiempo; incorporar la imaginación y el deseo, retomar la experimentación, es una decisión difícil y dolorosa. También lo es volver a concebirnos como seres sociales, pero no como víctimas o como engranajes, sino como voces distintas, plurales, disonantes, expresivas, contrastantes. Seres de palabras. Palabras que hacen cosas. Decidir existir, más allá de los lugares donde nos han asignado (en el trabajo, la familia, el sexo, la edad, el espacio, la cultura) y donde nos empeñamos en existir para los otros, sea cuando nos reconocen, nos nombran, compramos, disfrutamos.

Efectivamente no somos dueños de lo que hacemos, tampoco sus herramientas inanimadas. Expresamos la tensión eterna entre lo dado y lo imaginado, las limitaciones y potencias que esto libera. La decisión de ampliar nuestra existencia como seres sociales no depende solamente, ni por asomo, de nuestra propia conducta o determinación, sino del entrecruzamiento de voluntades sociales. A pesar de la monserga neoliberal, no somos nada como individuos aislados. Nuestras capacidades crecen exponencialmente en la cooperación y la integración, más que en la competencia despiadada. Los otros son la necesidad de nosotros, sin ellos cada yo se retuerce en un hoyo de podredumbre.

Alumbrar lo común, que de eso se trata, obliga, una vez asumida la condición social de la libertad, a interrogarse acerca de qué personas queremos ser, qué sociedades queremos construir y en qué ciudades queremos vivir. El verbo querer, por otra parte, siempre requiere de un otro y asume la dimensión de un proyecto. Un proyecto, es decir, lo que no existe y se acerca con el pensamiento y la acción.

Como seres sociales tenemos un pasado inapelable del que dar cuenta. Somos una parte de ese pasado que aún camina. Está en nosotros. Lleva nuestras ideas y nuestras conductas. Pero ese pasado nos trajo también a la sociedad del neoliberalismo. Atención, esa sociedad nos integra a todos, nos forma, nos condiciona, nos permea. No hay una fortaleza aislada e incorrupta donde resisten las viejas virtudes (en caso de que hayan sido virtudes). Los sujetos que cuestionen este estado de cosas también son producto de este estado de cosas. Son producto de su concepción del tiempo, de su individualismo, su negación de proyectos colectivos, su hartazgo frente a complejidades ajenas y su hambruna de certezas rápidas (o de lo rápido aunque no tenga certezas).

El cuestionamiento del neoliberalismo no implica ninguna vuelta a los orígenes, ningún éxodo a la tierra prometida. Implica, por el contrario, revisar críticamente y reformular los imaginarios sociales que nos conforman y cobijan.

Esos imaginarios pueden tener que ver con la historia, con dimensiones de clase, culturales, etcétera. Pero hay que desmontarlos y trabajarlos sin piedad ni absolución. Aunque haya martirios, glorias, injusticias, deseos, sueños que nos cobijan y confortan, hay que volver a ponerlos en disputa. Es para no morir ahogados por un pasado que no pasa, en un mar de indiferencia e incomprensión social de aquellos de quienes nos sentimos hermanados y deudores.

Estamos obligados a discutir cómo vivir entre todos, como producir la riqueza y como gobernarnos. Hay que hacerlo desde el fracaso y la derrota de muchas experiencias, pero también desde los avances que se han logrado sobre tres cuestiones esenciales.

Sin admitir que nos impongan restricciones a nuestra libertad social. Esto implica que ni la familia, ni los afectos, ni las relaciones ocasionales, ni el trabajo y la economía, ni el Estado, pueden someternos a procesos de dominación que nos arranquen nuestra capacidad de desear y experimentar.

Claramente, los humillados en el territorio, las mujeres, el trabajo, la distribución del ingreso, los periféricos y marginales, los maltratados por sus preferencias, parten como acreedores netos del orden social. Es en ellos, y no en los que sobreviven en la supuesta “normalidad”, donde se define la centralidad del proceso social. Allí se construye el desprecio y se ejercita la crueldad. Allí se demuestra que no hay sociedad de semejantes, que no hay iguales, ni existe lo común, ni habita lo amable y la violencia desborda.

En esta situación, la cultura del neoliberalismo libera su antídoto preferido. Con la desaparición del sistema social, son los itinerarios individuales los que explican la situación personal. Son las malas decisiones de otros o de ellos mismos, la falta de esfuerzo o de dedicación, el acomodamiento a las prebendas, el amansamiento del instinto de superación, los que asfixian al sentido emprendedor y empresario por el peso de las regulaciones sociales y estatales. En definitiva, el abuso de los derechos políticos y sociales sería la responsable de licuar las obligaciones personales y se inmiscuyó en los derechos privados al bienestar. Se sostiene que queriendo resolver problemas colectivos, el Estado creó un ciudadano problemático, dependiente, adicto al gasto y renuente al trabajo que, por desgracia, hoy se presenta como obstáculo para sí mismo.

La terapia que surge entonces es inmediata y evidente. Es necesario mayor individualismo y mayor meritocracia. Hay que ayudar a los que se ayudan a desprenderse de una cultura que no cultiva el progreso y el esfuerzo individual. La función del Estado no es retirarse del centro de la actividad económica y postularse como el último garante de la equidad y de la ley. El Estado no está para corregir al mercado, condicionando su desenvolvimiento y mejorando sus efectos. Su sentido es modelar la sociedad, producir sociedad para la competencia, construir ciudadanos que asimilen que pueden ganar o perder por sus propias decisiones y que no reclamen por un tercero que exprese la verdadera razón del sistema social, por caso, la libertad y la justicia.

Este es el punto. Frente a las razones del neoliberalismo, que son muchas y muy contradictorias, ¿cuál es el planteo alternativo? ¿Qué hay de nuevo en lo tuyo, viejo? ¿Cuáles son tus nuevas razones de organización social?

Este es el primer refugio de los neoliberales culposos. Puede expresarse en conceptos como “qué experiencia internacional vigente existe”, “cuál es el programa definido de alternativa”. En sus mil formas de actualización se trata del “no hay alternativa”, de Margaret Thatcher, seguido por su “no hay sociedad. Hay individuos y familias”.


El sistema político no impugna esas razones neoliberales, juega el juego de las alternativas de la gobernabilidad.


El cuestionamiento crítico, por el contrario, debe ser radical. Este sistema social resulta inaceptable. La inaceptabilidad no es un golpe en el pecho, ni un grito estentóreo, ni un documento redentor. La inaceptabilidad, el No, es una práctica experimental, un acto ético devenido en proceso de impugnación. Es costoso y doloroso. No existen ya las grandes utopías del pensamiento, la clase y el progreso que operaban como refugio. Estamos más solos y derrotados, pero no rendidos y menos entregados.

Impugnar que las relaciones sociales y las desigualdades se naturalicen, darlas vuelta, mostrar su salvajismo (aunque se disfracen con discursos piadosos o retóricas de autoayuda), es el primer paso, ineludible, para retomar un sentido de lo humano y no una rutina de la cosificación.

El sistema político, por el contrario, no impugna esas razones neoliberales, juega el juego de las alternativas de la gobernabilidad. Se dedica a adjetivar las razones neoliberales con mescolanzas que dan vueltas sobre la idea de la igualdad de oportunidades, como si la igualdad fuese un principio que salva cualquier compañía. No, no es así. Igualdad de oportunidades oculta que la oportunidad es el concepto central y que el acceso a la oportunidad se hizo hace mucho por las diferencias que conforman a cada sujeto desde la cuna. La oportunidad no es el punto de partida, es el punto de llegada.

La crítica del sistema social, incluso su descripción, no cotiza en minutos de aire en los medios, ni en los aportes de campaña, ni siquiera en la fatiga y la saturación de los maltratados que buscan en el Estado, en sus semejantes o en los otros, las causas del maltrato.

Por otra parte, el desplazamiento, el ocultamiento y la negación de los proyectos, el narcisismo de los liderazgos, va acompañado de una pulsión por la reproducción de aparatos y la movilidad individual. La desaparición forzada del nosotros da lugar a un rito orgiástico del yo, vos y el equipo, que va desde la comunicación, pasando por la gestión, hasta la evaluación de resultados.

Por eso ser insumiso es la apuesta más riesgosa de estos tiempos. Ser dócil ante el sentido común predominante es el primer trámite para acceder a la visa de la respetabilidad. Adaptarse es alejar el riesgo. El riesgo lastima con sus infinitas crueldades.


Ser insumiso es la apuesta más riesgosa de estos tiempos. No ser dócil ante el sentido común predominante es el primer objetivo.


Asumiendo que, de forma precaria, esta es la impronta con la que hay que plantarse en el presente, discutamos una secuencia donde esa actitud se haga política, esto es, una ética que haga de la vida colectiva la potencia de las condiciones de cada vida y no su cárcel.

Propongo los siguientes puntos a los efectos de arrimar una breve contribución a esa tarea imperiosa que, como puede advertirse, se conecta con los sufrimientos, los maltratos y las esperanzas cotidianas. El capitalismo en general y el régimen económico social de la Argentina no pueden sustraerse de las crisis brutales que incuba y facilitan su desarrollo. Pero esas contradicciones, incluso cuando se expresan como convulsiones, no expresan un límite, conceptual o práctico, sino la necesidad de innovación. Entendemos la innovación como el agregado de impugnación, imaginación y experimentación. Si la economía argentina bajo este patrón se asienta en la renta primaria, la sobreexplotación del trabajo y el incremento del endeudamiento, junto a un fenomenal incremento de la concentración de la riqueza (desde los 90 para acá), reformular ese patrón es estratégico.

1) ¿Puede existir una economía política alternativa sin sujeto social definido. Quién o qué suple a la clase trabajadora (con su capacidad de lucha, de consumo y de bloqueo); al denso tejido de pymes, a la existencia de la guerra fría y la amenaza de la izquierda? ¿Es la lucha entre el capital y el trabajo, el conflicto en torno a la producción inmediata, lo que alinea fuerzas? ¿O la tarea es explorar las contradicciones a que este sistema lleva en la reproducción social y ecológica de la sociedad? ¿Esa lógica alternativa nace de un pacto con los actores consolidados o apuesta a establecer una sólida integración con los titulares de conflictos emergentes como precarios, género, inquilinos, usuarios de servicios públicos, deudores, y quienes están preocupados por el medio ambiente?

2) Hay que entender las dificultades de instalar hoy una política igualitaria que no implique penuria y restricciones, que otorgue cotidianeidad al futuro. Una economía política que plantee crecer desde la igualdad, ponderando a la igualdad como el sistema productivo y redistributivo que genera más y mejor libertad y nos aleja de mayores y peores riesgos.

3) La visión política de una izquierda democrática debe volver de lleno a convertirse en izquierda social y la izquierda social debe superar el trauma de haber perdido a la clase obrera y a los pobres a manos del capitalismo, del clientelismo y del consumismo.

4) Retomar la necesidad de reformar el Estado, romper la inercia que lo convierte en reproductor de las desigualdades, garante y productor de beneficios extraordinarios a los grupos concentrados, y guardián corrupto de los bienes y servicios comunes. Hay que sacar al Estado del debate sobre su tamaño y discutir la provisión igualitaria y universal de educación, salud, vivienda, transporte, ambiente, seguridad y previsión. Esto no significa poner al Estado a competir con empresas sino poner a los derechos a desplazar a los beneficios.

5) Se trata de la instalación de lo público/común como instancia superadora de lo privado contra lo estatal. Lo común hace al uso/disposición presente y futura de las cosas. El objetivo del sistema social es la satisfacción de necesidades y no una carrera alocada de producción y reproducción ampliada y acelerada. Pagar al mercado en cuotas usurarias, de la propia vida, el derecho a vivir, no parece razonable.

6) Se trata de dar la cara, de asumir los riesgos, de ponerse en duda. Reconocerse en deuda. Para ello hay que dejar en claro lo siguiente:

  • La desigualdad es un obstáculo para el desarrollo
  • La prosperidad no es el resultado, ni la consecuencia necesaria de la gobernabilidad que reclaman los mercados. Ellos buscan oportunidades de negocios y la humanidad desarrollar sus planes de vida.
  • Un incremento del consumo y del producto, por sí mismos, no implican menor exclusión ni mayor igualdad. El crecimiento en desigualdad, primero, no hace desaparecer la desigualdad y, a la larga, destruye las sociedades.
  • Los ingresos individuales no satisfacen la reproducción de la vida en común. Sólo el ingreso social disponible reconstruye la posibilidad de concebirse como parte de un sistema de acuerdos, decisiones y resultados colectivos.
  • El mundo del trabajo no será en el futuro (como no lo fue en el pasado) un mecanismo de integración y movilidad igualitaria. Integró sin igualar, movilizó fragmentariamente y alienó colectivamente. La ciudadanía no pasa, ni deberá pasar por el empleo. El sistema social sacrifica millones en la búsqueda de la certidumbre del empleo, en la desesperación de su rendimiento y en la frustración de sus resultados. Iniciar el debate de la reducción de la jornada laboral, la potenciación y regulación de la economía del cuidado, y la renta básica de ciudadanía permite reconquistar el tiempo de la vida, reapropiarnos de lo humano que podamos ser y hacer.

Son tiempos de fragilidad, de incertezas, de insistencia, de insumisión. Hay que recordar, siempre, que cuando la verdad está amenazada, debe pasar a la ofensiva. Debemos estar preparados para decir lo que otros no se atreven a escuchar y a escuchar lo que otros no se atreven a decir.

 


 

Share

Una respuesta a “Contra la subjetividad neoliberal”

  1. El nota de Martín Hourest no difiere de los cientos de análisis similares realizados por el espacio progresista.
    Por una vez, sería interesante conocer en forma detallada las distintas soluciones y propuestas superadoras al neoliberalismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *