Trump patea el tablero del Medio Oriente

Por Gabriel Puricelli *

“¿Cómo puede un comerciante, un mercader, un constructor de edificios y de torres emitir juicio sobre asuntos internacionales?” Con esas palabras, el presidente de la República Islámica de Irán, Hasán Rohaní, se quejaba amargamente de lo que dos semanas después, el 8 de mayo, sería la salida de los EE.UU. del acuerdo multipartito que terminaba con el programa bélico nuclear iraní y con las sanciones contra ese país. Con ese sobretono elitista, Rohaní ponía en palabras la frustración de una diplomacia que se ve a sí misma como una sofisticada versión contemporánea de aquella refinada del imperio persa. Y que está frente al agente inmobiliario que se enorgullece de tener a Irán como enemigo número uno. Como ya lo dijimos aquí en Replanteo, el presidente de EE.UU. pateó el hormiguero de Medio Oriente sin medir con demasiados pruritos las consecuencias internacionales, pero con un sentido muy agudo de la oportunidad doméstica. Cada vez que un paso de la investigación del fiscal especial Robert Müller se acerca al Salón Oval, su inquilino saca de la galera un nuevo conejo. Y allí es donde el astuto agente inmobiliario hace un cálculo preciso. Alterar el ciclo de las noticias. Fortalecer relaciones con pasados, actuales y potenciales benefactores de sus campañas electorales, y estrechar lazos con importadores de bienes, en primer lugar los de armas, producidas en EE.UU.

La política internacional de Trump, más allá de sus declaraciones explosivas, no resulta sencilla de conceptualizar a partir de un principio-guía. No es la política exterior tradicional estadounidense, basada en la doctrina realista, transversal durante décadas a republicanos como Henry Kissinger y a los demócratas. No es tampoco la revolucionaria doctrina neoconservadora de los años de George W. Bush. En la visión tradicional, ocupa un lugar predominante la idea de equilibrio de poder, que favorece la existencia, a nivel regional, de polos que no puedan exterminarse sino neutralizarse mutuamente. El enfoque neocon es, a su modo, jacobino: el cambio de régimen con exportación bélica de la democracia son sus consignas.

Obama, durante sus ocho años, administró la resaca del caos que siguió al cambio de régimen forzado por Bush Jr. en Irak. Luego de esto, Trump no llevó el péndulo de nuevo hacia el cuadrante neocon sino que más bien lo sacó de su eje. Se alejó de cualquier noción de cambio de régimen en el caso de Siria, único país de Medio Oriente cuyo líder se sostiene en una pierna. Pero se alejó aún más de la búsqueda de un equilibrio entre Arabia Saudita e Irán, sin duda los dos grandes poderes de la región (si excluimos a Israel).

En cuanto a Siria, el bombardeo de abril pasado, en represalia por el supuesto ataque de las fuerzas leales a Bashar Assad a la ciudad de Duma con armas químicas, estuvo acompañado de declaraciones del entonces secretario de Estado Rex Tillerson. Dijo que el derrocamiento de Assad sería desastroso. “Siempre que hay un cambio violento en la cúspide del poder es muy difícil crear condiciones para una estabilidad de largo plazo”.

Lo que los EE.UU. de Trump le reservan a Irán, por su lado, es un menú completamente distinto. Los iraníes fueron sus aliados de hecho en la lucha contra el Estado Islámico en los territorios de Irak y Siria. Sin embargo, Trump está dispuesto a todo con tal de hacer del país de los ayatolás un paria internacional. Los costos que el presidente estadounidense está dispuesto a pagar son altísimos. Está dispuesto a romper filas con sus aliados de la OTAN, Gran Bretaña, Francia y Alemania, con la Unión Europea, y agregar tensión a su relación con Rusia y China. Todos esos participantes del Plan de Acción Conjunta Integral, conocido por su sigla en inglés como JCPOA, que está reintegrando a Irán en el régimen de no proliferación nuclear, se encuentran frente a un país que se ha vuelto poco fiable y poco previsible.


Trump está dispuesto a todo con tal de hacer del país de los ayatolás un paria internacional.


Paradójicamente, los que más sufren por la deserción de EE.UU. son sus aliados estratégicos. Para señalar sólo un botón de muestra: la megapetrolera francesa Total tuvo que abandonar sus operaciones en Irán porque la reimposición de las sanciones de EE.UU. contra el país persa le impiden continuar operando por canales financieros estadounidenses si mantiene su actividad allí. ¿Quién se beneficia directamente de la salida de Total? China, país que a su pesar y empujado prematuramente por el gobierno de Trump, es cada vez más un adversario de EE.UU.

Tampoco le importa al gobierno del magnate republicano el efecto de su ruptura del acuerdo en la política dentro de Irán. A diferencia de los países que se hallan cruzando el Golfo Pérsico, donde la norma son las monarquías absolutistas o autoritarias, Irán es un régimen tutelado por el clero. El gobierno, aunque subordinado a los ayatolás, es elegido por el pueblo en elecciones competitivas. Eso ha dado lugar a un sistema político donde hay campos claramente demarcados entre ultraconservadores y reformistas muy moderados. Mientras los primeros son furiosamente antiestadounidenses y antioccidentales, los segundos ven en Europa a una posible aliada y en los EE.UU. un adversario con el que se pueden pactar formas de convivencia. Aunque siempre están limitados en su acción por los ayatolás, los reformistas son los que hoy están en el gobierno. La ruptura unilateral del acuerdo sobre el programa nuclear iraní no hace otra cosa que desacreditar a los reformistas y revitalizar a los ultraconservadores.

Aunque los objetivos de su política exterior no coinciden, hay algunos modos de Bush Jr. y de Trump que se parecen. Bush presentó ante el Consejo de Seguridad de la ONU informes de inteligencia falsos para justificar su decisión unilateral de invadir Irak. Trump se sirvió de evidencia poco relevante para romper el acuerdo con Irán, aunque en este caso el encargado de presentarla fue el gobierno israelí de Benjamin Netanyahu. A diferencia de lo que hizo el entonces Secretario de Estado Colin Powell bajo órdenes de Bush Jr., Netanyahu no mintió. Presentó viejos archivos iraníes, previos a 2003, cuya posesión por el gobierno de ese país probaría su mala fe en el cumplimiento del actual acuerdo multipartito. Existe una controversia sobre si el Primer Ministro israelí salió al ruedo a pedido de Trump o para presionarlo, pero de lo que no hay duda es de que su presentación proveyó el pretexto para que éste rompiera el acuerdo.

En cualquier caso, la escena realmente reveladora de cuál es el motor de la política exterior de Trump se pudo ver el 14 de mayo, cuando el magnate inauguró las instalaciones de la embajada estadounidense en Jerusalén. Durante la ceremonia, desafiando todo protocolo y como si se tratara de una alta autoridad, el jefe de Estado estuvo en primera fila. Uno de los principales donantes de la campaña de Trump para la presidencia, que contribuyó con no menos de 25 millones de dólares de su propia fortuna, es uno de los más activos lobbistas en favor de la política de Netanyahu. El abandono de la política de “dos pueblos, dos Estados”, no encuentra otra explicación que no sea la de asegurarse la continua generosidad de Adelson y la política hacia Irán va también en esa dirección.


El abandono de la política de “dos pueblos, dos Estados”, para Israel y Palestina, no encuentra otra explicación que la de asegurarse la continua generosidad de los fabricantes de armas en la financiación de las campañas electorales.


El panorama estaría incompleto si no mirásemos hacia Arabia Saudita, otro beneficiario directo de cualquier política que perjudique a Irán. Y aquí el motor es la venta de armas. El 22 de marzo, Estados Unidos anunció ventas a los sauditas por más de 1.000 millones de dólares, incluyendo misiles antitanques TOW, probablemente destinados a la guerra en Yemen. Los Emiratos Árabes Unidos, socio menor de los sauditas, habían recibido dos semanas antes luz verde para compras por cerca de 300 millones de dólares, incluyendo también misiles, pero en este caso, aire-aire. En ambos casos el proveedor es Raytheon, un fabricante de armas que es un gran proveedor de empleo en Arizona, uno de los estados históricamente fieles a los republicanos, pero donde la demografía puede favorecer en el largo plazo a los demócratas. No se trata sólo de vender armas sino de hacerlo de modo tal de obtener un beneficio electoral dentro de EE.UU. y de ayudar a los negocios de privados que, luego, serán financistas indispensables de futuras campañas republicanas.

En este marco, la salida de Tillerson del gabinete de Trump ha sido probablemente la del último hombre en la administración que entendía la política exterior como algo más que un facilitador de la política doméstica. Alguien que la veía como algo distinto de la cena permanente de recaudación de fondos a la que se asemeja hoy toda la acción de Trump en Medio Oriente.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

Share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *