¿Trump en el bolsillo de Putin?

Por Gabriel Puricelli * 

Traición. La Casa Blanca se ha vuelto un anexo del Kremlin. Putin tiene a Trump en el bolsillo. Una de las actuaciones más desgraciadas de un presidente estadounidense de las que se tenga memoria. Chamberlain en Munich. Trump le ha mostrado su dedo medio a su propio país.

Las adjetivaciones y las comparaciones no dejaron lugar a la moderación en las reacciones en Estados Unidos. Apenas Donald Trump habló en la conferencia de prensa de cierre de la Conferencia de Helsinki, junto a su par ruso Vladimir Putin, del otro lado del Atlántico, demócratas y republicanos reaccionaron con una unanimidad que es poco común en estos días. El 16 de julio el magnate estadounidense mostró lo cómodo que se siente al lado de líderes extranjeros con atributos de hombres fuertes y con credenciales democráticas de dudosa validez. Poco novedoso. Sin embargo, al tratarse de Putin, en EE.UU. existía la expectativa de que al menos esta vez Trump recordara evocar ante él las líneas rojas que había cruzado. Entre ellas están la anexión de Crimea, el apoyo a los separatistas del este de Ucrania y ser el sostén indispensable brindado a Bashar Assad para mantenerse en el poder en Siria. A la medida de quienes agitan la necesidad de destituirlo por la vía del juicio político, Trump no sólo omitió esa evocación sino que entonó la más maravillosa música para endulzar los oídos de su colega. Dio por buena la afirmación de Putin de que el gobierno ruso no había intentado interferir de ningún modo en el proceso electoral estadounidense de 2016.

Sus palabras endosaron la autoproclamación de inocencia del líder ruso y desautorizaron a su propia “gente de inteligencia”, en quienes, sin embargo, dijo tener “mucha confianza”. Por supuesto que además Trump no se privó de atacar por enésima vez a la ex-Secretaria de Estado Hillary Clinton. Reiteró que es ella quien debería estar siendo investigada por el fiscal especial Robert Mueller. Lo que debería considerarse el remate de su actuación fue su denuncia de que Ia investigación que intenta determinar si hubo colusión entre esa intromisión rusa, ya probada, y su propia campaña presidencial es el hecho que “mantiene distanciados” a EE.UU. y Rusia. Es decir: el trabajo de Mueller no sólo es descripto como una “caza de brujas” sino que es un factor de perturbación de una relación que de otro modo sería amistosa.

Hay dos hechos que definen el contexto en que se da esta actuación de Trump, que hace sentir a tantos estadounidenses ultrajados. En primer lugar, el presidente estadounidense se hizo esos arrumacos con Putin durante el cierre de una curiosa gira europea. Inauguró ese tour denunciando a sus socios de la OTAN por supuestamente “morosos” en su contribución presupuestaria a esa alianza militar. Luego cuestionó a Alemania por ser “cautiva” de Rusia en materia energética y cerró definiendo en un reportaje televisivo (un día antes de viajar a Helsinki) a la Unión Europea (UE) como un “enemigo” más importante que China y Rusia. En segundo lugar, el 13 de julio, dos días después de que Trump partiera desde Washington hacia Bruselas, Mueller procesó a 12 agentes de inteligencia rusos por interferir en la última elección. La relación de las acciones de Trump con esos dos hechos es ciertamente reveladora.

Regalarle a sus aliados en la OTAN una calificación peor que la que reserva a Rusia pone en evidencia los extremos de aislacionismo a los que puede llegar Trump. Deja además en evidencia que el criterio decisivo para trepar en su ranking de enemistades es tener superávit comercial con EE.UU. Sea que se trate de México, de China o de Alemania, y por extensión de la UE, el país que tiene la balanza comercial bilateral a favor aparece automáticamente en la mira de Trump, sin que las consideraciones de alta política logren relativizar la cuestión de esos flujos comerciales. Cada vez que se refiere a la alianza atlántica, el líder norteamericano da muestras de estar más interesado en que sus (¿antiguos?) aliados en Europa paguen su propia defensa. No entra en consideraciones de seguridad colectiva.

Exculpar a la vista del mundo a Putin, pocos días después de que agentes estatales rusos hayan sido procesados en Washington, es la enésima ratificación de que lo que más preocupa a Trump es que nada proyecte una sombra sobre la legitimidad de su victoria en el Colegio Electoral sobre Hillary. Para escapar de esa sospecha, el magnate se muestra capaz de desacreditar al fiscal que investiga las ciberacciones rusas contra la campaña del Partido Demócrata y de hacerlo delante del jefe del estado investigado (Putin). En comparación, Nixon queda como un celoso guardián de la ley y el espionaje en el hotel Watergate.

Nada de lo que hemos descripto hasta aquí alcanza, sin embargo, a desfondar la base de apoyo de Trump. Si tomamos como referencia la encuesta semanal de Gallup, realizada dos semanas después de la cumbre de Helsinki, la aprobación de Trump cayó sólo tres puntos porcentuales, a 40%, comparada con la que tenía el día antes de su gira europea. La desaprobación subió hasta el 55%. No se trata de los peores números de la serie de Gallup. El sondeo ha llegado a estar 35%-60% en contra del presidente en tres momentos de su mandato. Una conclusión especulativa que se puede sacar es que Rusia no ocupa el mismo lugar en la conciencia colectiva estadounidense que el que tuvo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) durante la Guerra Fría. La oposición demócrata y parte de los republicanos críticos, machacando día y noche con la demonización de Rusia, con ecos de la “amenaza roja”, parece errarle al clavo. Un factor que seguramente juega a favor de Trump en este aspecto es el paso del tiempo. Para quienes fueron adultos durante la Guerra Fría, el temor inculcado durante décadas ha ido cediendo junto con el ocaso de la propaganda oficial antisoviética. Y para el tercio de la población nacida después del desmembramiento de la URSS no hay siquiera un temor que olvidar.


“Rusia no ocupa el mismo lugar en la conciencia colectiva estadounidense que el que tuvo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) durante la Guerra Fría”.


La fuerza del sentimiento antisoviético se basaba en la verosimilitud de la premisa de la propaganda. La URSS amenazaba el estilo de vida americano, bajo el cual la mayoría de los estadounidenses ascendieron socialmente y alcanzaron estándares de consumo envidiados por el resto del mundo. El miedo no se transfiere de la URSS a Rusia no sólo porque se trata de entidades diferentes. También es porque el estilo de vida americano ha dejado de conducir a la relización de esa promesa de ascenso. Un estudio reciente de la Brookings Institution muestra que, en los 25 años transcurridos entre 1979 y 2014, los tres quintiles de ingresos de la clase media mejoraron sus ingresos en un 20% mientras el quinto más rico lo hizo en un 95%. Más importante aún es la proporción de los estadounidenses que piensan que sus hijos van a mejorar su situación económica en el futuro. En 2007 había un 33% optimista frente a un 60% pesimista, en 2014 había un 21% confiado en la mejora y un 76% convencido de lo contrario. Es decir: 16 años después (2007) de ganar por abandono la Guerra Fría, la gran mayoría ya había despertado sobresaltada del sueño americano. Y en 2014, cinco años después del fin de la Gran Recesión de 2008-2009, tres de cada cuatro estadounidenses se veían frente a la pesadilla del descenso social.

Poco queda de aquel tiempo dorado que Rusia o quien sea pueden amenazar. Frente a esa realidad, hablar de Rusia, dando por descontado que se convoca a los viejos fantasmas, es anacrónico. Pero no por ello es inocuo. Si Rusia es una amenaza, como no se cansa de repetirlo la élite, incluyendo en ella a referentes como Hillary Clinton que llamó “deplorables” a los votantes de Trump, existe la posibilidad de que una buena parte de esos deplorables se permita pensar: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Algo de esto parece haber detrás de esos dos tercios de simpatizantes de Trump que consideran que el presidente tiene una relación apropiada con Putin. El tercio restante, dentro de los simpatizantes del jefe de estado, que reprueban la relación, no cree que sea motivo suficiente para dejar de apoyar en general a su político favorito.

Si extendemos el razonamiento anterior no sólo a la relación con Rusia sino a toda la política exterior de Trump, no debería sorprendernos que no constituya un factor debilitante del apoyo que tiene presidente entre sus compatriotas. La política exterior estadounidense se ha apoyado históricamente en un consenso de las élites que mal hacen en creer que se traduce en un consenso de los ciudadanos. La crítica a las acciones del actual mandatario encierran una defensa del orden internacional que EE.UU. ayudó a construir. Esto, paradójicamente, condena a esta posición a perder el debate de la opinión pública. Es un argumento que ha sostenido en un reciente artículo el profesor de Harvard y referente de la escuela neorrealista de relaciones internacionales Stephen Walt. Llama a “perder menos tiempo mirando hacia atrás, defendiendo un status quo que está en problemas,” y a invertir “más en pensar cómo se puede mejorar la situación actual”. La advertencia de Walt vale mucho más allá de la política exterior. En la medida en que los opositores al trumpismo no articulen más que la defensa del orden liberal anterior, corren el riesgo de volver a encontrarse con la sorpresa desagradable que esperó a Hillary Clinton en el Colegio Electoral en 2016.

El manejo de la relación con Putin hace trizas también las interpretaciones que miraban hacia atrás y que sugerían el amanecer de una “nueva guerra fría”, apenas y amagó EE.UU. con alguna escaramuza con Rusia en el escenario de Siria. El abuso de la metáfora era obvio al comparar esa sólida potencia regional que es hoy Rusia con la superpotencia de alcance global que fue la URSS. Ese dato debía ser suficiente para obligarnos a dejar atrás cualquier interpretación que reciclara el viejo concepto. Pero si incorporamos al análisis la abundante evidencia de que el motor de la política exterior de Trump es el cuidado de su propia popularidad doméstica y de su viabilidad como líder dentro de su país, sin mayor interés en proyectar algún liderazgo global, caeremos en la cuenta de la novedad radical que esta política exterior nos pone delante. Todo esto sin agregar a la ecuación la posibilidad de que Putin tenga elementos para chantajear personalmente a Trump. Es una suposición que no podemos considerar una variable de análisis, pero que deberíamos estar dispuestos a incorporar eventualmente.


“El motor de la política exterior de Trump es el cuidado de su propia popularidad doméstica y de su viabilidad como líder dentro de su país”.


Finalmente una advertencia: no es sensato permanecer fijados en la imagen del establishment estadounidense ultrajado por la sumisión pública de Trump en Helsinki. Esa escena no implica que Estados Unidos sea ahora un títere en manos del marionetista del Kremlin. El juego estratégico de la superpotencia abarca todas las regiones del globo, mucho más allá del alcance de Rusia. El juego político de Trump se sobreimpone a toda consideración estratégica. Salvo que Putin tenga una bala de plata con el nombre del magnate neoyorquino, no debería sorprendernos que el actual idilio termine, como si se tratara de un episodio de The Apprentice, con un sonoro “¡Está despedido!” en algún momento del futuro.

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.



 

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