La maltrecha democracia brasileña, a las urnas

Por Gabriel Puricelli *

El dirigente con mayor intención de voto está preso. El candidato que le sigue en las preferencias de la opinión pública está convaleciente en un hospital. El jefe del Ejército está dando entrevistas en los diarios como si fuera el tutor del régimen. La gestión del presidente en ejercicio está aprobada por sólo el 2,7% de sus gobernados. El poder judicial está reinando

supremo sobre los otros dos poderes. El producto interno bruto per cápita estaba a fines de 2017 25% por debajo del de 2011. Cualquier dato que uno escoja sugiere un país en una crisis profunda, no el país que la revista The Economist ilustró hace menos de diez años como un cohete despegando. Ese país, Brasil, tenía en las elecciones programadas para el próximo 7 de octubre una oportunidad de retomar la senda de la normalidad. Al menos podía restituirle a la presidencia el mínimo de legitimidad necesaria para continuar transitando una democracia. Hoy avanza zombi hacia una votación que no parece que vaya a traer alivio.

A un mes de las elecciones, los brasileños ni siquiera podían estar seguros de qué nombres iban a estar en las boletas en el cuarto oscuro. El 11 de septiembre, tras la decisión del Tribunal Superior Electoral (TSE) de rechazar la inscripción de la candidatura de Lula, esa duda se despejó. El candidato a presidente de la coalición “El pueblo feliz de nuevo” será Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT). Estará acompañado en la fórmula por Manuela D’Avila, del Partido Comunista de Brasil (PCdoB). Reset. La campaña empieza de nuevo. O empieza a empezar de nuevo. Cinco días antes, el candidato de la ultraderecha, Jair Bolsonaro, había sido acuchillado en Juiz de Fora por una persona con claros síntomas de padecer problemas serios de salud mental. Otro momento en que la campaña volvió al primer casillero.

En ese momento el discurso del candidato cultor de la violencia viró hacia la victimización y reforzó el argumento tácito de Bolsonaro de que los brasileños están obligados a una reacción fascista en defensa propia. El PT, por su parte, se decidió a remontar la cuesta del bajo reconocimiento público de Haddad y dejar de lado la candidatura (quimérica desde el principio) de su líder encarcelado. Lula y su partido llevaron al extremo la estrategia de empujar esa candidatura hasta la fecha límite para efectuar reemplazos. Las encuestas dieron indicaciones claras de la eficacia de esa campaña, que llevó hasta cerca del 40% de intención de voto al postulante que no sería. La lógica subyacente: remontar a Lula tan alto como para que se vuelva verosímil, por transferencia potencial de esa intención de voto, la candidatura de su sustituto obligado. Hubo en el PT quien advirtió contra esta estrategia y sostuvo que agotaba los tiempos para la instalación de otro nombre.

Las primeras encuestas luego del rechazo de la postulación de Lula por el TSE son poco concluyentes. Haddad aparece catapultado desde un anémico 4% hasta un 9% que, considerando el margen de error de los encuestas, lo instala en el pelotón de los que aspiran a entrar en la segunda vuelta contra Bolsonaro, junto a Marina Silva, Ciro Gomes y Geraldo Alckmin. Los estudios demoscópicos, durante meses, habían tratado de anticipar hacia dónde dirigirían sus preferencias los encuestados que proyectaban votar a Lula. En general habían establecido que la mitad podía terminar anulando su voto o votando en blanco, algo esperable en un contexto de descrédito abrumador de la política. El resto se distribuía en dosis variables entre Ciro, Marina, cualquier candidato que señalara Lula y Bolsonaro. La última onda de sondeos, que coincide en mostrar una baja de Marina, que no estaría heredando nada de apoyo, sugiere que Haddad es el principal beneficiario, seguido por Ciro y Bolsonaro, que recibe también apoyos nuevos atribuibles a la simpatía por su condición de agredido.


“La maltrecha democracia brasileña convalece bajo la mirada atenta de un Ejército que se permite indicar sus preferencias por encima de las autoridades civiles”.


La gran pregunta para el campo progresista es quién es el mejor candidato para vencer en segunda vuelta a Bolsonaro, quien se descuenta que tiene asegurado un lugar en la elección definitiva, el 28 de octubre. Las sucesivas diapositivas de las encuestas indican que Alckmin, el único que aparecía como candidato viable del Centrão, el bloque político que destituyó a Dilma Rousseff como presidenta en 2016, no es capaz de despegar. Resulta infinitamente menos competitivo que en aquella elección de 2006, cuando llegó a segunda vuelta para sacar menos votos que en la primera. Con Marina parece suceder lo mismo. El impulso con el que orilló el 20% en las presidenciales de 2010 y de 2014 luce agotado. Si descartamos, entonces, al candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y a la de la Red Sustentabilidad (Rede), lo que resta de la campaña debería dirimir entre Ciro o Haddad para la segunda vuelta y tratar de evitar la coronación de un Bolsonaro, que nada indica que se vaya a derrumbar, más bien lo contrario.

Hagamos un inventario de lo que aporta cada uno de los posibles contrincantes de la ultraderecha. Ante todo tienen un patrimonio común: ambos fueron ministros. Ciro lo fue de Hacienda durante la presidencia de Itamar Franco y de Integración Nacional con Lula. Fernando Haddad fue Ministro de Educación de Lula y Dilma. Ambos fueron positivamente valorados por su desempeño ministerial. Los dos fueron también intendentes de capitales estaduales. Ciro lo fue de Fortaleza y Haddad de São Paulo. Ambos nacieron en el estado de São Paulo y pertenecen a una misma generación.

Ciro aporta algo de carisma, una campaña presidencial donde obtuvo más de 10 millones de votos, en 2002, un bastión electoral en el estado de Ceará, donde tanto él como su hermano Cid fueron gobernadores, y su condición de nordestino desde la niñez. Ciro es más que su actual partido, el Democrático Laborista (PDT). Ha pasado por cinco partidos antes de afiliarse al actual y sin embargo no es visto como un tránsfuga (el transfuguismo es el deporte más practicado por los políticos en Brasil). Se lo ve como alguien que ha cambiado de afiliación para sostener intactas sus ideas. El PDT fue fundado por el hijo dilecto del ala izquierda del varguismo, Leonel Brizola, pero Ciro es decididamente un posvarguista, un desarrollista con fuertes convicciones igualitarias. Como Brizola, proyecta un aura de caudillo que arrastra seguidores, pero que a veces le ha dificultado encontrar aliados políticos estables.

Haddad es un hombre de partido, de un solo partido y es decididamente menos que el PT y, sobre todo, menos que el movimiento de opinión que lo contiene y trasciende, el lulismo. Se calza el traje de candidato presidencial en condiciones parecidas a las de cuando Lula lo lanzó en paracaídas como candidato a la alcaldía de su ciudad, en 2012. Lula atravesaba una etapa de canonización, cuando era capaz de transformar un candidato con menos del 10% de intención de voto en marzo a ganador en octubre. Con un mínimo esfuerzo y encerrado en una cárcel, Lula ha llevado a Haddad del 4% al 9% en cuestión de días. A pesar de ejercer durante siete años un cargo nacional y de poner en marcha políticas enormemente populares entre sus miles de beneficiarios, como el plan ProUni, que hizo accesible la universidad a estudiantes de familias con rentas bajas, Haddad depende casi exclusivamente de la maquinaria electoral del PT. Depende de la capacidad que tenga esa estructura de llevar a todos los rincones del país la palabra de Lula para ponerse a tiro de Bolsonaro. En una hipotética segunda vuelta deberá sobreponerse también a la elevada tasa de rechazo que tienen hoy Lula y el PT, sólo superada por la que enfrenta Bolsonaro.


“El que gane la elección estará bajo la sombra del dirigente que nadie tuvo la oportunidad de derrotar este año, Lula, por decisión del único poder del Estado que no surge de la elección directa de los ciudadanos, el judicial”.


Tanto para Ciro como para Haddad asoma como más difícil eliminar al otro en primera vuelta que ganar en segunda. Ciro pone en juego su condición de nordestino para desafiar la indicación de Lula ante su electorado más fiel en la región más pobre del país, en la que el lulismo es como una religión predominante. Juega también su prestigio como gestor gubernamental en el sudeste industrializado y está al abrigo del antipetismo desaforado que predomina más abajo de Rio de Janeiro. Haddad supera largamente a Ciro en cuanto a organización partidaria. Allí se cifra su esperanza de que los desheredados del nordeste recibirán su consigna de voto como si viniera de labios de Lula y de que la minoría de clase media y sectores sindicalizados del sudeste, que orienta su voto hacia el progresismo, esté compacta y unánime detrás de él. Al candidato presidencial del PT deberían ayudarlo también algunas candidaturas a gobernadores, en Minas Gerais y Espirito Santo, por ejemplo, y la postulación al Senado de Dilma.

La futura tutela de Lula sobre una hipotética presidencia de Haddad es un arma de doble filo en esta disputa. Funciona como garantía para cierta franja del electorado, pero puede empujar en dirección de Ciro a otra.

La descripción con cierto detalle del duelo entre Ciro y Haddad puede hacernos olvidar por un momento el fondo dramático contra el que se recorta esta campaña. Si una destitución presidencial infundada y un presidente con menos apoyo que un dictador no fueran insuficientes para pintar una democracia en emergencia, está también el ejercicio cada vez más desembozado de la tutela militar. El jefe del Ejército, general Eduardo Villas Bôas ya había amenazado veladamente en abril al Supremo Tribunal Federal cuando se aprestaba a juzgar el pedido de Habeas Corpus preventivo para liberar a Lula. Ahora concedió un reportaje el 9 de setiembre pasado al diario O Estado de São Paulo. Entre otras cosas, el jefe militar sostuvo que la recomendación del Comité de Derechos Humanos de la ONU de que se autorizara a Lula a ser candidato “lesionaba la soberanía” del país. Agregó que autorizar la candidatura de alguien sometido a proceso “violaría la constitución” y que todo ello provocaba un deterioro de “la legitimidad, dificultando la estabilidad y la gobernabilidad”.

La maltrecha democracia brasileña, magullada por políticos electos, convalece bajo la mirada atenta de un Ejército que se permite indicar sus preferencias por encima de las autoridades civiles. Son momentos en los que se hace necesario restituirle a las autoridades civiles todo el poder, para poder volver a confinar a los ciudadanos armados por el estado a los cuarteles. Cualquier futuro presidente de Brasil llegará al Planalto bajo la sospecha de la debilidad. Sobre quien quiera que sea penderá la amenaza de la tutela militar y también la sombra del dirigente que nadie tuvo la oportunidad de derrotar este año, por decisión del único poder del Estado que no surge de la elección directa de los ciudadanos, el judicial. En el mejor de los casos, el futuro presidente habrá goleado un arco vacío. Esa debilidad va a ser congénita del mandato de quien sea. Sobre el país del jerárquico “¿usted sabe con quién está hablando?” planea una pregunta plebeya: “Y vos, ¿a quién le ganaste?”.

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


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Una respuesta a “La maltrecha democracia brasileña, a las urnas”

  1. Va a ganar Haddad. Por decisión amplia del pueblo brasileño que hoy le daría la presidencia a Lula en primera vuelta.
    Con AMLO en México, Haddad en Brasil y posiblemente Morales en Bolivia el mapa se va a ir configurando hacia una tercera posición, con sus matices diferenciales, se va a ir constituyendo un frente de centro izquierda en latinoamérica. Habrá que ver entonces en Argentina cuáles empiezan a ser las posibilidades de que un frente progresista también logre abrirse paso de a poco.

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