Los bienes culturales en la era digital

Por Gerardo Filippelli (*)

Los derechos culturales son aquellos que garantizan el desarrollo libre, igualitario y fraterno de los seres humanos en esa capacidad singular de poder simbolizar y crear sentidos de vida que podemos comunicar a otros. Deben ser vistos como derechos de todos los grupos y seres humanos, independientemente del diferente grado de realización que unos y otros hayan logrado.[1]

En la Conferencia Intergubernamental Mundial de Venecia quedó claro que el derecho a la cultura constituye el elemento fundamental de la política cultural moderna y su consagración refleja que el derecho a la cultura adquiera una relevancia sociopolítica equivalente a la de los derechos de libertad de expresión, educación, trabajo, seguridad social, entre otros derechos humanos, económicos y sociales universalmente aceptados por la comunidad internacional. En consecuencia, frente al derecho a la cultura, la actitud de los poderes públicos ya no puede ser la indiferencia. Se debe asumir una posición de responsabilidad social, creando como obligación impostergable del Estado crear las condiciones que aseguren su reconocimiento y su ejercicio por parte de la población.

La Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo (UNESCO) instó a los estados a que se establecieran “normas que aseguren la protección y el ejercicio efectivo de los derechos culturales”. Una de las maneras clásicas de intervención del Estado en la cultura es mediante el dictado de normas que determinen la forma de circulación, reproducción y acceso a los bienes culturales. Entre ellas están las leyes de derecho de autor.

Desde la invención de la imprenta, la tecnología ha facilitado la reproducción de los bienes culturales y se han establecido regulaciones para proteger a los creadores de los usos indebidos de sus obras. La era digital ha revolucionado la comunicación humana y dado lugar a un nuevo modelo social, económico y cultural, que genera comportamientos, emprendimientos y negocios hasta ahora desconocidos. La facilidad, calidad y economía, con costos cercanos a cero, con que la tecnología digital permite que se reproduzcan y compartan en internet obras intelectuales, ha generado un debate internacional sobre cómo resolver el derecho de acceso a la cultura y la protección de los derechos de los creadores.

Los titulares de derechos de autor combaten la reproducción de obras protegidas por el derecho de autor sin autorización y se enfrentan a usuarios que pretenden acceder a ellas en forma libre y gratuita. Los titulares de derechos sostienen que, sin retribución, no hay esperanza para que los creadores realicen nuevas obras y puedan ser puestas a disposición del público, por lo que la producción de bienes culturales entraría en crisis. Entienden que el derecho de autor es la herramienta fundamental para estimular la creación y proteger a las industrias culturales para cumplir con esos objetivos y solicitan más control para terminar con los usos indebidos. Los usuarios, en cambio, plantean que las producciones artísticas y científicas son la expresión individual de una evolución cultural común. Por lo tanto son bienes comunes que pertenecen al conjunto social. Señalan que las obras científicas y culturales no deben ser tratadas como mercancías, ya que al ser bienes preferentes, que la sociedad entiende que favorecen a todo el conjunto, se debe garantizar su acceso. Remarcan que internet es un espectacular medio facilitador para garantizar el acceso a la educación y a la cultura. Al grito de cultura libre, reclaman el fin de los derechos de autor.


“Los usuarios, en cambio, plantean que las producciones artísticas y científicas son la expresión individual de una evolución cultural común. Por lo tanto, bienes comunes que pertenecen al conjunto social.”


En cualquier caso, existe un impacto positivo por el uso de la red digital que no puede ser negado. Internet permite un vínculo extraordinario entre la humanidad. Además de facilitar la comunicación permite compartir sus creaciones, acceder a las obras del arte, de la ciencia, y democratizar la relación con el conocimiento, en un entorno de profunda libertad. Los interrogantes actuales son innumerables. ¿Debemos pagar por ese acceso?¿Qué sucederá con los editores de libros y de música, con los productores de películas y con el resto de las industrias culturales? ¿Cuál será el modelo de negocios en la era digital? Las consecuencias de este proceso repercuten en el conjunto social de diversas formas. Altera el espacio en el que interactúan autores, productores, distribuidores, trabajadores y usuarios.

La búsqueda del equilibrio

Las soluciones que se experimenten para resolver los conflictos vinculados con el uso de las obras protegidas por el derecho de autor en el entorno digital deben lograr que la producción artística y científica no se vea afectada, que el esfuerzo creativo y económico sea reconocido y que se permita la mayor divulgación y acceso posible.

Cualquier propuesta debe considerar el actual contexto cultural, social, tecnológico y económico, que es complejo y novedoso. Los modelos que se desarrollen deben incluir la remuneración a los autores y productores por su trabajo e inversión, así como un intenso respeto a los derechos culturales, facilitando el acceso a la cultura y respetando la libertad de expresión y de creación artística.

Así como podemos escuchar libremente música en una radio, ver una película, reproducir parte de un libro, recaudándose los derechos de autor por esos usos a través de organizaciones de gestión colectiva, es posible imaginar un sistema en que las obras puedan ser compartidas en internet libremente y se retribuya económicamente a los titulares de derecho de autor. Los derechos económicos deben surgir de una tasa sobre los proveedores de servicios de Internet, sobre la publicidad digital o donde finalmente se determine. Esta alternativa no sustituye los usos pagos por ventas directas o prestaciones de servicios en linea, ni protecciones tecnológicas temporales vinculadas con el concepto de novedad.

Existe una comprobada relación de edades, ingresos económicos, tiempo y calidad de servicio. Las personas que tienen ingresos estables y tiempo limitado recurren a servicios pagos que garantizan calidad y seguridad para el consumo de obras intelectuales. En cambio, los jóvenes, que no suelen tener ingresos importantes, pero sí tiempo y capacidad de operatividad tecnológica, optan por usos libres, aunque de inferior calidad en el servicio de acceso.

Debemos analizar seriamente la posibilidad de que existan alternativas de acceso libre de las obras intelectuales en Internet, para estimular y facilitar el acceso a las obras. Lo contrario provoca acciones evasivas, generándose una carrera costosa entre las medidas de protección y su violación. Adicionalmente, el acceso libre a las obras va a incrementar notablemente su consumo, generando enormes beneficios económicos para autores y productores.

Ya existen teorías económicas que sostienen que los accesos gratuitos son el mejor modelo para obtener beneficios, donde se gana dinero sin cobrar nada. Chris Andersen sostiene que de algún modo ha surgido una economía en torno a lo gratis antes del modelo económico que pueda describirla. Se creó una economía de miles de millones de dólares -la primera de la historia-, donde el precio primario es cero…”[2]


Ya existen teorías económicas que sostienen que los accesos gratuitos son el mejor modelo para obtener beneficios, donde se gana dinero sin cobrar nada.”


El trabajo de investigación de Yochai Benkler plantea la posibilidad de que una cultura en la que la información se comparte libremente podría ser más eficiente económicamente que otra en la que la innovación se vea dificultada por las leyes de patentes o de copyright. Esto sería así porque el coste marginal de reproducir la mayor parte de la información es prácticamente nulo”.[3]

Christopher Geiger sostiene que “la compensacion financiera debe estar asegurada. El libre acceso no significa que inevitablemente deba ser gratis. Las licencias estatutarias podrían ofrecer una útil solución. No se debe prohibir el uso, pero el titular del derecho debe ser legitimado para reclamar una compensación financiera. Con el objeto de promover los usos creativos del material existente, protegido por el derecho de autor, se debería considerar convertir el derecho exclusivo en un derecho de remuneración” [4].

Son varias las voces que se pronuncian a favor de propuestas semejantes. Los propios autores e interpretes comienzan a evaluar una solucion relacionada con un sistema de licenciamiento que retribuya los usos que se realizan en la red. Así, los compositores británicos anunciaron que pedirán un impuesto para los proveedores de banda ancha en función de la cantidad de música bajada sin pagar derechos. La Performing Right Society (PRS), asociación que aglutina a compositores, músicos y cantantes británicos, argumentó que este impuesto es la “mejor manera” de alinear los intereses financieros de los proveedores de Internet con los derechos de autor. [5]

Vale la pena comentar que una solución como la planteada recoge experiencias existentes respecto a instituciones ya previstas en el derecho de autor, como la copia privada, el prestamo público y la gestión colectiva. De la manera propuesta, no se perjudican los intereses legítimos del titular de los derechos sino que se le agregan beneficios que hasta el momento no se perciben.

Se puede conjugar el acceso a la cultura y los derechos de autor, utilizando la tecnología digital para brindar más posibilidades de acceso sin perjudicar a los creadores ni a las industrias culturales. De esta manera, se lograría ampliar al máximo el mercado potencial y obtener un rédito por el uso de las obras, beneficiándonos todos del desarrollo intelectual de nuestra era.

 

 


(*) Abogado (UBA), Posgrado en derechos de Autor (UBA), Master en Gestión Cultural (Universidad de Barcelona).

[1] Jesús Prieto de Pedro, “Cultura,  Culturas y Constitución”, Centro de Estudios Constitucionales, 1992

[2] Free: The Future of a Radical, Anderson, Chris, Random House International  2009.

[3] Benkler, Yochai (2006). The Wealth of Networks: How Social Production Transforms Markets and Freedom

[4] Christophe Geiger (CEIPI- Universidad de Estrasburgo) Propiedad intelectual y acceso al conocimiento

[5] Fuente: EFE  28/07/2010

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