Una agroindustria para el siglo XXI

Por Claudio D. González *

Los modelos propuestos por la economía neoclásica encuentran sus límites en varios factores desde los supuestos de comportamiento. En realidad, los comportamientos económicos no son lineales, ni predecibles, y pueden variar de acuerdo al contexto, la naturaleza humana, la variabilidad de los recursos naturales, incluso la interacción entre actores.

Estos factores, de enorme variabilidad entre si, demuestran que el abordaje mecánico de la economía no hace más que evidenciar sus restricciones y contradicciones en las constantes crisis económicas que padecemos. En tal sentido, hay que aclarar que la perspectiva marxista de que “todo lo que provee la naturaleza es gratuito” no es del todo aplicable ni efectivo.

Es así que surge el análisis bioeconómico, que determina que nos ocupemos de observar qué ocurre después del uso de esos bienes materiales que producimos y cómo retornamos la mayor proporción al ciclo económico nuevamente. En nuestro caso, ese abordaje no es el único que podemos cuestionar para referirnos a los múltiples cambios de los paradigmas que envuelven al usufructo de nuestros recursos naturales.

En el Siglo XXI el mundo se prepara a vivir fuertes cambios en materia de consumo de alimentos y de hegemonía comercial internacional. En términos generales, si los siglos XVI y XVII fueron de España en materia de comercio internacional; los XVIII y XIX de Inglaterra; y el XX de Estados Unidos; el siglo XXI se prepara para ser el de China como potencia económica mundial y de India como el país más poblado del planeta. Según la FAO, ente de la ONU para alimentación y agricultura, sólo en 2016 China, Hong Kong y Vietnam importaron carnes por un valor total de 6.465 millones de dólares. Se proyecta que en el próximo lustro ese valor puede ubicarse en torno a los 10.000 millones de dólares anuales.

Estas proyecciones no hacen más que mostrar el exponencial crecimiento de la región asiática y el mejor nivel de vida que las poblaciones de los países más populosos del mundo vienen desarrollando. El cambio de las dietas basadas en arroz, trigo o mijo, por otras basadas en proteínas, se da en un contexto de desarrollo económico, fundado en la movilidad social ascendente. Esto permite el pasaje de las clases bajas y populares a conformar una fuerte clase media, con valores de ingreso per cápita en las grandes ciudades de China que rondan los 35.000 dólares. La Ley de Engel, sostiene que el aumento en el ingreso es proporcional al aumento de consumo en cantidad de alimentos. En este caso se produce un amesetamiento de la curva y lo que comienza a aumentar es la calidad y la sofisticación de los mismos.

Pero no sólo las variables económicas afectan la selectividad y demanda de alimentos con mayor valor agregado. El siglo XXI será el de las mujeres, el de las libertades individuales y los derechos adquiridos. El cambio en el rol de la mujer y la igualdad de género con el hombre implican que el hombre asuma los roles que la mujer deja o, más bien, que ambos apunten a externalizar las labores propias de un hogar. También hay una fuerte y creciente tendencia de viviendas unipersonales y de gente que decide vivir sola. Una de las consecuencias de estos cambios es una reducción de los tiempos para preparar nuestros alimentos y la necesidad de recurrir hacia nuevas alternativas, entre las cuales se encuentran en auge las IV y V gama alimentarias.

En este escenario internacional es importante contextualizar cuál es el rol de la República Argentina en el Siglo XXI. A diferencia de otras naciones, nuestro país sigue disponiendo de una enorme ventaja comparativa por su amplia superficie disponible para la producción de alimentos, lo cual no se refleja necesariamente en cuanto a la construcción de ventaja competitiva.

Argentina se ha caracterizado a lo largo de la historia por la producción extensiva, principalmente de granos. El maíz, el trigo y, en la segunda mitad del Siglo XX, la Soja, se han instalado, por nuestras ventajas comparativas y competitivas. Sin embargo, hay un contexto que difiere notablemente del siglo XIX y principios del XX en relación a los actores del campo. En el siglo XXI ya no habrá masivamente ilustres apellidos propietarios de la tierra o grandes patrones de estancia, la famosa oligarquía terrateniente de principios del siglo XX. La empresa agropecuaria, chica, mediana o grande, será quien determine los destinos de nuestra producción.

A lo largo del siglo XX hemos perdido la carrera de la industrialización pesada. Pero aún es tiempo de seguir ganando la carrera de la industrialización liviana, alimentaria y agro-industrial. Si en el siglo pasado nos hemos enorgullecido por las heladeras SIAM, el Torino o la Chevy, en el actual debemos enorgullecernos por nuestros alimentos, con alta agregación de valor de industria nacional, que consuma el mundo, contribuyendo a la reducción del hambre, combatiendo la obesidad y la desnutrición.

La empresa agropecuaria versus el patrón de estancia es uno de los grandes cambios del paradigma agropecuario, pero no es el único. La mayor demanda de alimentos a nivel mundial nos exige transformar las enormes extensiones de tierra cultivadas para la exportación de “commodities” en producción intensiva de pequeñas unidades productivas para la exportación de “specialities”.


“La mayor demanda de alimentos a nivel mundial nos exige transformar las enormes extensiones de tierra cultivadas para la exportación de “commodities´ en pequeñas unidades productivas destinadas a la exportación de “specialities´.”


Las unidades productivas pequeñas y tecnificadas son más eficientes que las grandes y se encuentran menos sujetas a las inclemencias climáticas, cada vez más abruptas por el aumento en la temperatura global.

A este doble cambio de paradigma podemos sumarle dos más, el cambio en el paradigma energético y en el de la medicina global. El energético podemos describirlo como el pasaje de la utilización de hidrocarburos a las energías renovables, mediante la utilización de paneles solares o turbinas eólicas, y en el futuro, la utilización de la fotosíntesis como madre energética. Hoy hemos avanzado hacia la reducción del petróleo como fuente de energía, pero no en mucho tiempo deberemos pasar a la utilización de energías de bajo impacto ambiental. Un ejemplo: para construir un panel solar es necesaria la construcción de células fotovoltaicas. Su principal insumo es el Silicio, cuya extracción minera se hace a través de la cuarcita. Es decir que para producir los paneles solares que abastecen de energía total o parcialmente a nuestro planeta debemos volar unas cuantas montañas en la extracción minera, generando un alto e irreversible impacto ambiental.

El cambio de paradigma medicinal implica la comprensión de los beneficios que la biodiversidad, faunística y florística, nos puede brindar. Desde el uso de algas para el tratamiento de cáncer hasta las ya conocidas propiedades de la aloe vera, el lino, el jengibre, la manzanilla y tantas otras. Existen regiones de nuestro planeta de enorme biodiversidad microbiótica, que puede ser la solución a cientos de enfermedades que afectan a la raza humana. Pero no es sólo la prevención o cura. También está su utilización para la producción de alucinógenos sintéticos, que es uno de los grandes conflictos del siglo XXI. Ya hay libros que se refieren a su complejidad.

No es sólo la producción y la agregación de valor lo que debemos replantear sino, fundamentalmente, la distribución, los canales de comercialización y la excesiva concentración en las grandes superficies minoristas. La agregación de valor de la que venimos hablando está acompañada del fomento a la producción y a la economía regional, de la distribución equitativa de la tierra y de la tierra para quien la trabaja. Pero también se trata de conservar la biodiversidad genética y por ende tender hacia la biodiversidad alimentaria.

Según la FAO, en el último siglo, hemos perdido el 75% de la diversidad genética. El ser humano necesitó entre 7000 y 10000 especies para alimentarse. Ese número se redujo a tan sólo unas 150 especies de las cuales 19 especies vegetales y 8 animales explican el 95% de nuestra alimentación.

Cuando pensamos en qué comer, pensamos en los derivados de los principales cultivos industrializados de nuestro país: maíz, trigo, soja, girasol o arroz. Y en carnes: la raza vacuna, avícola y porcina explican la mayoría de los alimentos que podemos encontrar en el mercado y también de nuestra producción nacional.

Esto se vuelve ilógico en un país como el nuestro que atraviesa 42 grados de latitud y climas que van desde el subtropical, en el norte chaqueño, hasta el polar en el sur antártico, pasando por vastas llanuras, profundos ríos y enormes valles y montañas. Esto además de 5000 km de línea costera y una amplitud marítima superior a la superficie terrestre. La Argentina necesita estimular la producción de los alimentos no seriados y alternativos, con fuerte control del Estado para equilibrar el asombroso poder de negociación que los supermercados han logrado en las últimas décadas. Sólo basta con acércanos a un supermercado y observar los productos que se comercializan. Encontraremos algunas ausencias notables que reflejan a nuestra etno-cultura. Pueden parecernos lógicas dada la costumbre pero en realidad no lo son. Por ejemplo: no encontraremos miel de caña proveniente de Tucumán, arrope de chañar de Santiago del Estero, carne de Carpincho de Entre Ríos, carne de Ciervo Colorado de Neuquén, y muchas veces tampoco encontramos cordero, lechón o incluso una pescadería.

La distribución de nuestros alimentos es concentrada por un puñado de supermercados. No sólo eligen qué ofrecernos de acuerdo a la observación de nuestros movimientos dentro del mercado sino que aplican feroces campañas de fidelización. Lo hacen mediante prácticas como la reducción de costos, que afectan la rentabilidad de nuestros productores como consecuencia de un traspaso del “ajuste de costo” hacia el primer eslabón de la cadena de valor.

El precio más bajo” no sólo viene por el lado de la economía de escala. Proviene además de diversos factores y prácticas abusivas por parte de los grandes concentradores de la distribución minorista. Estos actores forman precios, des fomentan el agregado de valor, inducen al consumo de determinados productos en detrimento de otros, en función a sus intereses productivos o comerciales.


“La distribución de nuestros alimentos es concentrada por un puñado de supermercados. No sólo eligen qué ofrecernos sino que además aplican feroces campañas que afectan la rentabilidad de nuestros productores”.


La instalación de la gran superficie comercial en un barrio o pueblo viene acompañada por la sistemática desaparición del almacén barrial y cabe considerar que la proporción del dinero gastado en el almacén, que vuelve al barrio o al pueblo, es muy superior a la proporción del dinero gastado en el supermercado que encuentra el mismo destino, sobre todo en las cadenas de origen internacional.

Este múltiple cambio paradigmático implica para los intereses de la nación una sola cosa. No podemos poner el freno en el sector agroindustrial si pretendemos ser un actor relevante en términos colectivos en este siglo XXI. El Estado debe ejercer de contralor del mercado con la mayor dureza e inflexibilidad. Y a su vez debe brindar las herramientas necesarias para el estímulo de la inversión y la colaboración con las instituciones públicas y privadas que orienten de manera estratégica los desarrollos en ciencia, tecnología, innovación y distribución. Es imperioso que en la Argentina el sector privado invierta en innovación y desarrollo. En la actualidad la Argentina sólo invierte el 0.6 % de su PBI en ciencia, de los cuales el 80% corresponde a la inversión pública. En el resto del mundo la inversión privada supera notablemente a la pública. Según la UNESCO, la inversión en I+D en Israel asciende al 4.3% de su PBI; seguido por Japón con el 3.4%; Finlandia con el 3.2% y Austria con el 3.1%. En todos los casos el porcentaje privado supera notablemente al público. Entre los avances de tales inversiones podemos hablar de la producción de Tilapias en estanques cerrados en pleno Israel, logrando la máxima eficiencia de conversión entre granos y proteínas, algo impensado hace algunos años en esas regiones.

Replantear los nuevos paradigmas agroindustriales y el rol del Estado nacional en este nuevo escenario internacional implica saber ejercer su rol de contralor, promoviendo la inversión y estimulando la agregación de valor. El estado progresista del Siglo XXI debe gravar sobre el patrimonio en lugar de sobre la producción y la agregación de valor. Ya lo decía incluso Adam Smith en “la riqueza de las naciones”, gravar la agregación de valor alienta la renta improductiva y especulativa. También mencionaba que la ausencia de la ética capitalista generaba un sistema imperfecto, donde nadie quiere poner en riesgo su capital, incluso aunque sea para salvar la nación. Cuando nos referimos a gravar el patrimonio lo hacemos en torno a los grandes concentradores de la tierra y a la tierra improductiva. En la Argentina existen 266.711.077 de hectáreas con capacidad agro-productiva de las cuales sólo explotamos un 20% aproximadamente.

En este sentido es importante considerar el rol de la propiedad de la tierra. De acuerdo al libro Tierras S.A., de los periodistas Andrés Klipphan y Daniel Enz, y a la reciente publicación elaborada por chequeado.com, entre los grandes concentradores de la tierra en Argentina se encuentran extranjeros como Benetton, Josep Lewis, Grupo Walbrook(Inglaterra), Grupo Heilongjiang Beidahuang (China). Pero también hay capitales nacionales como La Anónima, la Familia Sapag, Familia Menéndez, Familia Zingoni-Arze, Familia Ochoa-Paz o incluso personas reconocidas del espectáculo, la política y del deporte, como Lázaro Báez, Cristóbal López, Marcelo Tinelli, Gabriel Batistuta, Ramón Puerta, Manu Ginobilli, entre otros. Hay otros propietarios desconocidos, dado que se encuentran a nombre de firmas radicadas en paraísos fiscales, las cuales, según el Registro Nacional de Tierras Rurales, ascienden a más de 2 millones de hectáreas.

Es imperioso empezar por la distribución equitativa de la tierra, comenzando por los grandes poseedores. Es un suceso contrario al llevado actualmente por el Gobierno Nacional, luego de la modificación por decreto de la Ley de Tierras, que no ahondaremos en detalles ya que ha sido muy bien descrito por Agostina Costantino previamente.

(Vea también: Argentina: la extranjerización de latierra)

Ante cada crisis económica nace una nueva oportunidad y por lo general es la oportunidad de que el pez más grande se coma al más chico. Poner el freno en nuestros productores agropecuarios en vez de ponerlo en los grandes especuladores de la renta financiera y las grandes corporaciones multinacionales facilita esta cadena trófica. Se evidencia en la permanente concentración de la tierra y es lo que ocasiona la ausencia en la consolidación de una nación productiva diversificada. La empresa agropecuaria argentina busca producir e innovar y para que esto suceda su negocio tiene ser rentable. Debe tener las condiciones generadas para que varios meses después de sembrar su semilla pueda cosechar y vender en absoluta libertad, garantizando el cierre de su negocio. Esto sólo es posible con reglas de juego claras y persistentes en períodos de tiempo prolongados, algo que aún no hemos logrado.

Así como hemos hablado de los desafíos del Poder Ejecutivo también debemos mencionar que la distribución de nuestros alimentos es concentrada por un puñado de supermercados. Estos no sólo eligen qué ofrecernos de acuerdo a la observación de nuestros movimientos dentro del mercado sino que muestran la importancia y los desafíos el Poder Legislativo. A la Nación Argentina le hacen falta una innumerable cantidad de leyes para promover la inversión y la agregación de valor, así como para conservar nuestros recursos naturales y ambiente. Leyes como de Buenas Prácticas Agrícolas y también Ganaderas, Semillas, Envases, Seguros Agrícolas, Impacto Ambiental Estratégico, Promoción de las Economías Regionales, Consorcios de Caminos Rurales. Son herramientas que el poder legislativo debe elaborar para promover el desarrollo del sector agro-industrial.

Replantear el sector productivo agro-industrial requiere de un análisis multidimensional del universo que puede volverse el único motor de desarrollo sostenible de nuestro país. La oportunidad internacional para que nuestra nación sea un actor relevante en este Siglo XXI es única y puede que irrepetible. No hay desaprovecharla.

 

* Ingeniero agrónomo


 

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4 respuesta a “Una agroindustria para el siglo XXI”

  1. muchisima sarasa; mucho commodities, mucho specialites pero nada de bayer y monsanto….. cuanto puede resistir nuestro medio “bombardeado” sistemática e irracionalmente con millones de litros de glifosato? ???? la saturación es inminente, se dio más importancia a los agronegocios que a la protección del medio que garantizaría muchos años de producción racional y sustentable…..alimentos?????????? o glifosato?????

  2. muy bueno el articulo y debemos ir hasta la fabricacion y ex portacion de comida elaborada con la mejores materias primas y la mejor tecnologia

  3. Es imprescindible se implementen politicas que frenen la globalizacion hastade nuestros alimentos.costumbres.acciones y ya va siendo de las ideas..dejaremos de ser comunidades psra transfornos en una informe masa donde el individuo pase a ser un mero recuerdo….

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