Bolsonaro, la democracia en crisis

Por Gabriel Puricelli *

Bolsonaro casi presidente. La idea, que sonaba descabellada hace dos semanas empezó a adquirir verosimilitud en los últimos días de la campaña y estuvo a punto de transformarse en pleito liquidado el domingo 7 de octubre. Con el 46% de los votos, el veterano político y ex-capitán del Ejército superó largamente el porcentaje que el promedio de las encuestas le atribuían y se subió a una ola que en dos semanas veremos si sigue o se rompe. Sus inmediatos perseguidores también tuvieron desempeños mejores que los que auguraban los sondeos. Sin embargo, quedaron tan lejos que la cuesta que debe remontar Fernando Haddad para llegar al Planalto parece demasiado empinada, aún si cuenta con el apoyo decidido de Ciro Gomes, también ex-ministro del gran excluido de estos comicios, el ex-presidente Lula.

A primera vista los votos obtenidos por Bolsonaro sorprenden por su volumen. También sorprende, y desdice a la ciencia política convencional que postula que la cosecha de votos debe hacerse en el centro ideológico, semejante adhesión para un candidato que no sólo no ocultó su extremismo sino que ése fue su principal factor de atracción.

Cuando se toma cierta distancia de la inmediatez de los hechos surge otra perspectiva. Bolsonaro captura el liderazgo de un bloque de votantes que permanece notablemente estable: alcanza en esta primera vuelta sólo dos puntos menos que los que obtuvo Aécio Neves en la segunda vuelta de 2014 y sólo dos puntos más de los que obtuvo José Serra en la misma instancia final en 2010. Aécio y Serra fueron los candidatos del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) derrotados por Dilma Rousseff en esas dos ocasiones. El fenómeno de esta elección es que este bloque de electores, definido primordialmente por un rechazo al Partido de los Trabajadores (PT), que ha crecido en intensidad más que en número en los años posteriores a los dos mandatos de Lula, fue a buscar un nuevo líder en la ultraderecha y no en la centroderecha como había sido antes.

El bloque petista, por su parte, repartido entre las candidaturas de Haddad y Ciro, se acerca al 42%. La cifra está unas décimas por encima de lo que obtuvo Dilma en la primera vuelta de 2014, cuando el PT y el Partido Democrático Laborista (PDT) fueron aliados. El porcentaje de votos obtenido por el PT, que tuvo al PDT de aliado en las dos victorias de Dilma Rousseff pero no en las dos de Lula, no es el peor de su historia. Lula obtuvo menor porcentaje que Haddad en 1989 y en 1994. Lo que sí sucede es que es la primera vez desde el ‘98 que su candidato está por debajo del 30%, marcando un punto de inflexión a la baja que se daba por descontado después de la tormenta de los procesos judiciales por corrupción. Cuatro años después de hacerse pública la operación Lava Jato, con 16 de sus dirigentes investigados, cuatro de ellos presos y tres ya condenados, el PT resistió comparativamente mejor que los demás partidos cuyos dirigentes participaron de la fabulosa trama de corrupción público-privada investigada. No es descabellado especular con que habría resistido mejor aún si jueces y fiscales no hubieran decidido acelerar al proceso del ex-presidente Lula para asegurarse de que estuviera condenado a tiempo para impedir la inscripción de su candidatura presidencial.

El inmediato perseguidor de Lula en las encuestas era Bolsonaro, un político profesional que lleva tres décadas ocupando cargos electivos, más de 27 como diputado nacional. Llegó a la Cámara de Diputados como el candidato con la más alta votación individual del estado de Rio de Janeiro. Aunque en ocasión de sus sucesivas reelecciones consecutivas no ha ocupado siempre el primer lugar, en 2014 obtuvo su séptimo mandato como el candidato fluminense más votado, con cerca de medio millón de votos. Es promotor desde siempre de la reivindicación pública de la dictadura militar y el golpe de estado de 1964. Es apólogo de la tortura, misógino, homofóbico y racista. No hay tópico ideológico ni valor de ultraderecha que el ahora candidato presidencial no haya abrazado y propagandizado desde que dejó el ejército con grado de capitán y se lanzó a la política. Hasta 2016, a ese combo le sumaba posiciones nacional-desarrollistas en lo económico. Se oponía a las medidas liberalizadoras del presidente Fernando Henrique Cardoso y coincidía en general con las iniciativas intervencionistas durante los dos mandatos del presidente Lula.

A partir del inicio del segundo y truncado mandato de Dilma, el ex capitán viró a posiciones económicas propias de los Chicago Boys en su versión más radical y pinochetista. Eso viene da de la mano del economista diplomado en la Universidad de Chicago Paulo Guedes. Y, tras bambalinas, se puede sospechar la mano de la cúpula militar que se jacta, a través un portavoz anónimo con quien el periodista Marcelo Falak tuvo una entrevista extraordinaria por lo reveladora, de haber “adoptado” al diputado ultraderechista como su vehículo para dejar definitivamente fuera del poder a la izquierda. Funcionarios del actual gobierno argentino con frecuentes contactos profesionales con militares de Brasil han escuchado definiciones privadas consistentes con las recogidas por Falak en su entrevista.

Bolsonaro figurar entre los políticos de la llamada Lista de Furnas. Allí constan los beneficiarios de la financiación ilegal con fondos de la empresa estatal Furnas, el más publicitado escándalo de corrupción de la era Cardoso. También ha sido acusado de haber recibido fondos ilegales del frigorífico JBS, blanco de la investigación judicial Carne Fraca y su partido recibió (pequeños) aportes de las empresas involucradas en la Lava Jato. Sin embargo, el ex capitán fue elegido como látigo para castigar a los demás partidos por su corrupción. El castigo tuvo una doble consecuencia: un aluvión de votos para destronar al PT de su condición de primer partido y dejó sin base de sustentación al partido que mejor había vehiculizado en antipetismo desde la llegada de Lula al poder, el PSDB.


“Según la encuesta anual de la Corporación Latinobarómetro, en 2017, sólo el 43% de la ciudadanía brasileña expresaba apoyo por la democracia”.


Con tres de sus dirigentes investigados en la operación Lava Jato, incluido su último candidato presidencial, el PSDB hizo la peor elección desde su fundación en 1988. Dejó de ser el partido favorito de un electorado que casi siempre estuvo a la derecha de su ideología y que encontró en los hechos de corrupción que le han sido probados a Aécio la excusa para abandonarlo en masa. La caída de su candidato Geraldo Alckmin por debajo del 5 por ciento fue la fuga de votos más espectacular de esta elección.

La pérdida de una veintena de diputados lo transformó en el octavo bloque parlamentario por tamaño. Es un naufragio parecido al que sufren sus primos del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), del que el PSDB se escindiera al nacer. Como último clavo en el cajón, el PSDB llevó en su fórmula a la senadora Ana Amélia, del derechista Partido Progresista (PP), que bate el récord de dirigentes investigados, 33 en la Lava Jato.

Ante ese panorama, Bolsonaro quedó como el last man standing de la protesta y el malhumor social contra la política tradicional. La porción del electorado que había elegido opciones de centroderecha durante muchos años se volcó hacia un candidato de ultraderecha porque esa parcela estuvo abonada de manera adecuada antes. El voto a Bolsonaro, por cierto, germina en un contexto que podemos describir con algunos datos sobre Brasil. Son de la encuesta anual que la Corporación Latinobarómetro lleva adelante en toda América Latina. Según este estudio, en 2017, sólo una minoría de 43% de la ciudadanía brasileña expresaba apoyo por la democracia. Es un porcentaje idéntico a la suma de quienes en algunas circunstancias prefieren un gobierno autoritario más aquellos a quienes les da lo mismo un régimen democrático o autoritario. Un año antes, la minoría que prefería la democracia era más pequeña aún: 32%. Volviendo a los datos de 2017, sólo un 8% del electorado dijo tener confianza en el gobierno, frente a un promedio de 25% en toda América Latina. La evaluación de su funcionamiento mereció un 1 de 10 como puntaje, frente a un promedio latinoamericano de 5. Y hubo casi unanimidad, 97%, en considerar que los gobernantes gobiernan en beneficio propio.


Bolsonaro no habría llegado adonde ha llegado sin la red de apoyos que desde la sociedad civil y desde el congreso le han arrimado las iglesias evangélicas pentecostales.


Mesías es el segundo nombre del posible próximo presidente de Brasil. Él tampoco habría llegado adonde ha llegado sin la red de apoyos que desde la sociedad civil y desde el congreso le han arrimado las iglesias evangélicas pentecostales. Con una bancada transversal multipartidaria de poco menos de 100 diputados y una miríada de templos y estaciones de radio y televisión, han provisto un apoyo molecular y difuso para empujar a los electores en dirección a Bolsonaro. A esa red “analógica” hay que sumarle el componente digital. Hubo un uso de las redes sociales muy estratégico, con alto componente de noticias falsas, que ha sido clave a la hora de radicalizar actitudes.

La cita electoral del 28 de octubre encontrará a Bolsonaro provisto de todas esas fortalezas y con los deberes prácticamente ya hechos. El voto que el PSDB debía penar para reunir en segunda vuelta, él ya lo reunió en primera. Casi puede prescindir de los apoyos que le acerquen desde la derecha tradicional. En algunos casos hasta le convendrá rechazarlos para no perder novedad y evitar ser asociado con los grandes derrotados del primer turno. Haddad, por su parte, tiene el desafío de cerrar como un puño a los excluidos de la segunda vuelta, con Ciro como figura excluyente. Debe tratar de pescar así sea algunos apoyos aislados entre el centro y la derecha, si es que queda alguien con talante democrático en esa región del espectro ideológico. El delfín de Lula cuenta también con su partido para salir a movilizar abstencionistas y a convencer votoblanquistas. Pesca en un estanque que luce seco frente al contingente de huérfanos del PSDB que tendría en principio a disposición su rival. Si Bolsonaro no insiste en pretextos médicos para faltar, como lo hizo, durante toda la campaña de la primera vuelta, deberá pisar el terreno fangoso de los cinco debates con Haddad programados para esta etapa. Bolsonaro ha dado pruebas de una aguda endeblez en estas pulseadas. Con Ciro eliminado, Haddad ya había demostrado ser, con mucho, el mejor preparado para estas situaciones y buscará arañar algunos puntos si su contrincante se presenta. Sin embargo, sería poco prudente hacerse ilusiones. El electorado ha dado muestras sobradas de que está dispuesto a acoger las opiniones más brutales y abusivas de Bolsonaro y a perdonar sus muchas inconsistencias.

La mitad de Brasil ha abrazado a su Rodrigo Duterte. Fernando Haddad sale a enfrentarlo como un David que, si acaso, tiene una única piedra para lanzar y muchas chances de errar. El resultado de la pelea tendrá consecuencias perdurables para toda América del Sur y para la posición en el ranking global en que queden la democracia y los regímenes iliberales.

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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3 respuesta a “Bolsonaro, la democracia en crisis”

  1. Me parece que la democracia esta muy podrida y el problema es que no se puede permitir que las leyes las hagan los politicos que estan en el poder…..las leyes las tienen que hacer entre la gente de todos los sectores y que nunca puedan aspirar a un cargo publico

  2. Sorprende que ningún analista político haya dicho públicamente lo que es obvio: votán a la ultraderecha, no por convicción, sino por asco a toda la mierda que trajo la izquierda.

  3. Acaso saben que la causa que prescribe a Lula ES MENTIRA?
    Como es posible que” agudos” analistas de la política, no vean que en está operación moderna del imperialismo no necesitan golpes de Estado
    Sólo necesitan de los medios de comunicación y el partido judicial.
    Me resulta inconcebible que quien votó la destitución de Dilma en memoria de su torturador no sea despreciado por la Dirigencia Política.
    La corrupción…no jodan ELLOS y su silencio son la corrupción. …y eso va también para usted Dr. Alfonsin, que participa de la alianza más escandalosa que tenga memoria la UCR.

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