España: consolidar al progresismo o volver a la derecha

Por Gabriel Puricelli *

El 28 de abril llega la hora de la verdad para Pedro Sánchez. La elección general ese día significará la ratificación de una jefatura de gobierno que heredó en parte gracias a la implosión de la derecha o el fin de un breve interregno progresista que hoy en Europa es la excepción inesperada y no la regla. El líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) espera dejar atrás la marca del hombre impensado tras esta campaña, que es la primera a la que se lanza como banca y no como punto.

Dos veces ha derrotado Sánchez a la improbabilidad. La primera fue al imponerse a los supuestamente invencibles “barones” de su partido, en una elección interna en la que un alud ciudadano y militante se impuso al bloque interno liderado por la andaluza Susana Díaz, que reunía la suma del poder institucional en manos del PSOE. Esto incluía desde los diputados hasta los presidentes de comunidades autónomas. La segunda fue al lograr tejer una alianza de las izquierdas y los nacionalismos regionales para votar la censura contra el gobierno de Mariano Rajoy y el archiconservador Partido Popular (PP). En un caso, nadie pensaba que existiera suficiente energía social dispuesta a ser invertida en el rescate del PSOE, en el otro, pocos pensaban que el espanto de la corrupción del PP, aun en su enormidad, alcanzara para compactar a una oposición donde persisten querellas agudísimas, empezando por la cuestión de la unidad de España.

La intención de voto, según la refleja el promedio de las encuestas, muestra a un sistema político que sigue en fuga desde el bipartidismo inexpugnable, que fue la norma desde el final de la dictadura franquista hasta las elecciones de 2015 y 2016, que dibujaron un panorama de cuatro fuerzas con apoyo significativo a nivel del estado español, dos a cada lado del espectro ideológico. Lo que las encuestas insinúan es un reparto distinto del peso de cada fuerza dentro de cada campo, con dos notas salientes: la recuperación de la fuerza gravitatoria del PSOE en la izquierda y la emergencia fulminante de Vox en la derecha.

En un mundo en que los manuales de ciencia política parecen equivocarse cada vez más a menudo, los estudios de opinión pública en España sugieren la validez de alguna de sus afirmaciones. Concretamente, la idea de que estar en el gobierno favorece las chances del partido que lo ejerce. Esta concepción, desmentida repetidas veces en muchas latitudes en los últimos años, está ayudando a los socialistas en esta campaña. Después de dos contiendas electorales en las que pareció correr el riesgo de ser sobrepasado por un competidor a su izquierda, Podemos, las encuestas dibujan un panorama donde el campo a la izquierda del centro se aleja de una división en mitades y muestra que el PSOE se apresta a concentrar dos tercios del voto progresista, dejando el tercio restante a Unidas Podemos (la alianza que incluye desde 2016 a Izquierda Unida y a los ecologistas de Equo).

Al otro lado del cuadrante, la derecha se dividiría en tercios imperfectos, con el PP debajo del 20% de las intenciones de voto (perdiendo la mitad del 33% obtenido en 2016), Ciudadanos debajo del 15% y los ultras de Vox por encima del 10%.


«La elección general ese día significará la ratificación de una jefatura de gobierno que heredó en parte gracias a la implosión de la derecha o el fin de un breve interregno progresista que hoy en Europa es la excepción inesperada y no la regla».


Si en la izquierda parece consolidarse una oferta a la izquierda del PSOE que es más vigorosa de lo que fue Izquierda Unida en su mejor momento (10% en 1996), pero que no amenaza en lo inmediato el predominio socialista en ese espacio, en la derecha todo parece estar en flujo. Hasta las elecciones generales de 2016 se podía afirmar (casi una excepción para la Europa de estos días) que en España la ultraderecha no tenía expresión electoral autónoma. En esas elecciones de 2016 se presentaba por segunda vez Vox, una formación que buscaba expresar el ultranacionalismo, el antifeminismo y un franquismo apenas disimulado y que el electorado recibía con total indiferencia. Sacó 0,2% de los votos. En esas dos elecciones el PP sufrió el embate de los liberal-conservadores de Ciudadanos (que recogieron apoyo entre desencantados del PP y algunos del PSOE), pero no cedió su condición de partido predominante de la derecha. Hasta fines de 2018, y a pesar de haber crecido su presencia mediática a fuerza de declaraciones discriminatorias, de una retórica con metáforas de violencia y de la promesa de recuperar el centralismo absoluto de Madrid con la abolición de las autonomías regionales, el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) indicaba que Vox no alcanzaba a representar ni siquiera a un 3% de los españoles.

Todo cambió de un día para el otro con la elección de autoridades en una de las comunidades que Vox querría disolver: Andalucía. En una elección donde el crecimiento del abstencionismo golpeó a las izquierdas, el PSOE perdió el gobierno andaluz por primera vez desde 1982. A pesar de mantener su condición de partido más votado (con un disminuido 27%), el número de bancas en el parlamento autonómico que podía haber sumado junto a Adelante Andalucía (la expresión regional de Unidas Podemos) no alcanzó para evitar que el PP y Ciudadanos se quedaran con el gobierno regional, apoyados por la sorpresa de la jornada electoral: Vox. Con el 11% de los votos, la ultraderecha no sólo irrumpía con fuerza en el parlamento asentado en Sevilla sino que sorprendía doblemente a toda España: exhibiendo músculo electoral y siendo decisivo para la formación de un gobierno.

Ese fue sin dudas el hecho que abrió las compuertas a una mayor descomposición del PP y a una lenta erosión de Ciudadanos. Vox, fundado por ex-dirigentes del PP como el vasco Santiago Abascal y el catalán Alejo Vidal-Quadras, empezó a funcionar como una aspiradora de electores de derecha dura, conservadores sociales y ultranacionalistas, que se habían mantenido dentro del PP por considerarlo la única representación de la derecha en todos sus matices o habían emigrado hacia Ciudadanos por encontrar allí una posición nacionalista más renovada y enérgica, en especial en su denuncia del independentismo catalán.

Se puede decir que Vox se suma al reparto de los despojos del PP aprovechando la tarea de demolición que había comenzado Ciudadanos, que empezó por quedarse con la porción más cercana al centro del electorado del viejo partido y luego le birló toda su base en Cataluña y aquella parte del electorado en el resto de España que tiene como principal preocupación la unidad de España bajo hegemonía castellana. Esta última porción del electorado parece encontrarse más contenida hoy en el discurso nacionalista desaforado y arcaico de Vox que en el forzado “constitucionalismo” españolista de Ciudadanos. En el análisis del sociólogo y diputado del PSOE Ignacio Urquizu, Vox se hace vocero de “clases medias altas, con un gran nivel de renta” a las que “les preocupan cosas que no les afectan de forma directa”, como la inmigración, a pesar de que en general “en sus barrios no hay inmigrantes”. Paradójicamente, el discurso que le permitió a Ciudadanos birlarle al PP una parte de ese electorado, le abrió la puerta al discurso más extremista aún de Vox, que puede quedarse ahora con votos que estaban de tránsito en Ciudadanos y terminar de arrancarle al PP la totalidad de esa franja.

La presencia de Vox como una fuerza ya no marginal sino electoralmente viable, fragmenta el electorado de derecha a la vez que incentiva la radicalización del discurso de los otros partidos de ese lado del espectro. Es decir que, tratando de contener la fuga, el joven líder del PP Pablo Casado (en particular) y su par de Ciudadanos, Albert Rivera, endurecen sus posiciones, tanto para detener la hemorragia como para estar en condiciones de recibir el apoyo de Vox en el esfuerzo por formar gobierno.

Si una cosa es segura, es que la composición del Congreso de los Diputados, en cuyo seno se necesita tener una mayoría para elegir Presidente del Gobierno, será un mosaico variado. Para que esa mayoría sea posible, las tres derechas estarán obligadas a unirse. El PSOE, que se encaminaría a ser el partido más votado y con más bancas, podría tener más opciones: una mayoría a horcajadas del centro, con Ciudadanos, una mayoría de investidura, donde contaría sólo con Podemos para la integración del gabinete, pero contaría con los votos de partidos nacionalistas vascos y (opción menos preferida) catalanes en el momento de elegir a Pedro Sánchez para encabezar ese gabinete.

En ese contexto complejo, Sánchez es el hombre a batir. Antes de llegar al Palacio de la Moncloa debió convencer a quienes controlaban su partido de que nada tenían para ganar condenándose a ser el sparring minoritario del PP y negándose a aliarse con Podemos y los partidos nacionalistas de las comunidades históricas. Ganada esa pulseada, arriesgó todo su capital político en la moción de censura que puso fin al gobierno de Mariano Rajoy, que se aprestaba (si Sánchez no hubiera actuado como lo hizo) a sobrevivir al mayor escándalo de corrupción de la historia democrática del país. Desde su llegada al gobierno, hace menos de un año, el líder del PSOE ha hecho todo para gobernar en sus propios términos. El propio llamado a elecciones anticipadas, en febrero, fue una indicación clara de que podía llegar a acuerdos pragmáticos puntuales con el independentismo catalán, pero que no iba a ceder ante lo que se pudiera percibir como un chantaje.


La agenda de gobierno de Pedro Sánchez ha tratado de apartarse todo lo posible de la austeridad impuesta por la Comisión Europea y el Banco Central Europeo. A diferencia, y tomando el aprendizaje, del último gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero.


La agenda de gobierno ha tratado de apartarse todo lo posible de la agenda de la austeridad abrazada, e impuesta a los países del sur, por la Comisión Europea y el Banco Central Europeo. A diferencia, y tomando el aprendizaje, del último gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, no ha apostado exclusivamente a una agenda de valores sino que le ha dado clara prioridad a los temas económicos. Son esos cuyo abandono les ha costado carísimo a los socialistas en la mayoría de los países de la UE. Lo han pagado en una pérdida contante y constante de apoyo en su histórica base popular.

La síntesis de la acción de gobierno del PSOE apunta a pelear el voto que abunda en cuestiones económicas. Sánchez tiene la tasa de desempleo más baja de los últimos diez años, aumento salarial y la mayor oferta de empleo público, lucha contra el trabajo en negro, mayor subida del salario mínimo desde 1977, revalorización de las pensiones según el índice de precios al consumidor, impuesto de las hipotecas a los bancos, lucha contra la burbuja del alquiler, bonos sociales eléctrico y de calefacción, medidas contra la pobreza, reuniversalización de la sanidad pública, entre otras.

Las cuestiones de derechos individuales no están ausentes (igualdad de género, igualdad salarial, acceso a la reproducción asistida para mujeres lesbianas o sin pareja, lucha contra la violencia de género), pero no reemplazan los temas que erróneamente parte de la socialdemocracia europea había dado por resueltos. La radicalización de la derecha ha encontrado un contraste enérgico (que el PSOE en el pasado había omitido) en la defensa de la memoria histórica planteada por Sánchez. Esto incluye la disputa con la iglesia por la exhumación de los restos del dictador Francisco Franco para quitarlos del Valle de los Caídos y terminar con la condición de centro de peregrinación de los falangistas que el monumento ha tenido desde su construcción.

Que Sánchez sea banca en esta campaña no significa, ni remotamente, que la tenga ganada. La amenaza de las tres derechas, que se hizo realidad en Andalucía, planea sobre la elección. Las querellas internas abundan en el socio casi inevitable, Podemos. Aunque las encuestas indiquen que el impacto de la pelea entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón es menor de lo que se temió en un momento, Podemos y la galaxia asociada a éste (Cataluña en Común, las “mareas” de Galicia) tienen su fortaleza y su debilidad en su condición relativamente descentralizada y plural. Esto a veces es atractivo electoral y a veces menoscabo de las gestiones locales en municipios clave de la geografía peninsular.

La elección en España precede en pocas semanas a una crucial elección en el Parlamento Europeo en la que la estrella puede ser esa extrema derecha que en España estuvo atrapada por décadas dentro del PP y ahora ha salido de la caja de Pandora. Un triunfo de Sánchez podría restarle resonancia. Si éste lograra su continuidad, toda la península ibérica quedaría bajo gobiernos de izquierda. Con ello crecerían las chances de que el buen ejemplo portugués rompa su aislamiento y las coordenadas de lo que debe ser el buen gobierno en el siglo XXI europeo empiecen a darle dirección a una izquierda desorientada.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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