Sobre las consecuencias de la “grieta”

Por Raúl Borrás

No somos capaces de entender lo que nos pasa. La realidad, que al amanecer de cada día nos atropella, nos deja perplejos, frustrados, furiosos, a veces resignados, casi siempre sombríos. La revolución de la alegría sólo parece dejar desazón y desesperanza a su paso. Las reservas de energía necesarias para enfrentar y revertir la adversidad se nos agotan paulatina y proporcionalmente al tiempo vivido y sin disponer siquiera de ánimo para la rebeldía. Todo parece resbalar en forma indolente hacia la indiferencia. Ya no parecemos estar frente al riesgo de la reacción airada y estéril del que se vayan todos sino frente a la no menos estéril pero más peligrosa del que venga cualquiera. Más peligrosa porque lleva implícita la renuncia a la acción, al compromiso cívico de participación y construcción de un futuro común, sin el cual una democracia resulta vacía de significado y finalmente prescindible.

Si nos interrogáramos frente al espejo acerca de lo que hicimos mal, la respuesta en la mayoría de los casos sería: nada. Cada uno repasaría una por una sus rutinas: trabajar, estudiar, contribuir a sostener una familia, pagar impuestos, votar cada dos años. Ni hablar de aquellos que desde el borde mismo de la subsistencia no encuentran explicación a la injusticia de la que son o creen ser víctimas. Todo bien, nada mal hecho. Y si alguno tuvo que pagar alguna coima para zafar de una multa o quedarse con una licitación, siempre tendrá a mano la justificación de que fue porque el sistema obliga. La responsabilidad del fracaso tiene que ser de otro. Y es normal que así sea.

Enfrentados a situaciones problemáticas o a las consecuencias de decisiones erradas, los seres humanos solemos reaccionar según dos grandes categorías: los que buscan a los responsables y los que buscan soluciones. Aunque la distribución en ambos grupos no es simétrica. Una sensible mayoría se enrolará espontáneamente entre los que asignan responsabilidades mientras que los buscadores de soluciones serán bastante menos. Tener alguien a mano a quien echarle la culpa tiene varias ventajas. La principal es la breve sensación de alivio que nos producirá saber o convencernos de que nada mal hicimos, responsabilizando de la falla “al otro”, aunque el problema siga irresuelto. Buscar soluciones es más complejo. Exige otro tipo de esfuerzo. Implica en principio evitar la natural tendencia a buscar al culpable, desprendernos de nuestra subjetividad (en la medida de lo posible), racionalizar la situación para identificar y aislar el problema y después sumar voluntad al conocimiento e intentar la solución. Todo un desafío.

Este mecanismo es oro en polvo para la manipulación política. Démosle a cualquier grupo social frustrado e insatisfecho un culpable de sus padecimientos y un liderazgo carismático que lo ordene y proyecte y ya veremos lo que ocurre. Sobran ejemplos en la historia universal y algunos de ellos muy cercanos en tiempo y espacio.

Además de lo anterior debemos considerar que el ser humano, como categoría zoológica, no parece ser una especie con una propensión natural a adoptar comportamientos colaborativos. A diferencia de, por ejemplo, hormigas y abejas, que nacen con el mandato genético de cooperación. Nosotros parecemos venir al mundo con una tendencia al conflicto sobre el acuerdo y una vocación dominante que aparenta no encontrar inicialmente límites ni siquiera en los lazos de sangre. Por si hubiese dudas respecto de esto, convendría recordar los mitos fundacionales de las grandes religiones e imperios. Seth mató a Osiris, Caín a Abel y Rómulo a Remo. Más allá de la representación simbólica de las tensiones entre el bien y el mal o del orden frente al caos, lo cierto es que de entre las numerosas formas de personificar estos conflictos, el fratricidio fue el elegido.


«Argentina no padece por sus diferencias. Padece por la decisión de sus más altos dirigentes de manipular esos espacios oscuros de nuestro comportamiento que reaccionan ante el estímulo de poner la culpa en el otro sólo para lograr una supuesta ventaja electoral».


Si estas características del comportamiento humano fuesen inmodificables no hubiésemos tenido civilización. La aventura de los hombres sobre la tierra hubiera finalizado tempranamente, ahogada por una catarata de reproches cruzados y violencia asesina. Pero afortunadamente no fue así. Hubo algo, en algún momento lejano de nuestra historia, que nos permitió abandonar ese estado caótico para comenzar a recorrer el camino de la colaboración como forma de resolver problemas y superar adversidades.

Podemos imaginarnos hoy una escena que bien pudo tener lugar dentro de alguna de aquellas comunidades primitivas. El fuego, recién controlado entonces por el hombre, tendría una importancia extraordinaria para la tribu, tan fundamental para cocer el alimento, dar calor y espantar depredadores. Al mismo tiempo era difícil de conseguir, ya que, como se sabe, los fósforos de madera tardarían todavía mucho en ser inventados. Sería razonable entonces que la tribu encargara la importantísima tarea de mantener el fuego encendido a algunos de sus miembros que se turnarían durante el día y la noche para ese fin. Imaginemos ahora que alguno se durmió o se olvidó de proteger el fuego apropiadamente durante una tormenta. La mañana siguiente hubiera sido un infierno de acusaciones y excusas que todos se cruzarían tratando de encontrar un culpable. Hasta que alguno, que seguramente se distinguía de entre los demás por su fuerza, coraje, aplomo y sentido común, hubiera hecho callar el vocerío con palabras justas, buenos argumentos y, de ser necesarios, varios coscorrones, para ponerlos a frotar palitos hasta que las llamas volviesen.

Nuestra tribu probablemente también mantuviera desde tiempo atrás un conflicto con otra por el control del territorio de caza o de un bosque cercano donde podían recolectarse bayas, frutos y semillas, que junto a algunas hierbas serían parte de la dieta. Ese conflicto hubiese tenido periodos de cierta calma, coincidiendo seguramente con épocas de buenas lluvias, gran disponibilidad de frutos, pastos y caza abundantes. Pero también habría enfrentado situaciones de mayor tensión en las que la disputa por recursos vitales limitados por la escasez se hubiese resuelto a través de enfrentamientos de gran violencia. Puede que haya sido después de una de esas innumerables batallas, quizás la más sangrienta de las hubieren tenido lugar, que los lideres de las dos tribus, viendo lamentarse a su gente por las pérdidas de seres queridos o experimentado ellos mismos el dolor de esas muertes, se hayan preguntado si tal costo valía la pena. Y puede que se hayan respondido que no. Y puede que ambos lideres se hayan encontrado y que sobre el recuerdo del sufrimiento de sus gentes hayan comprendido que compartir el territorio y sus frutos y colaborar en la cacería sería tanto más conveniente que andar matándose a palos de tanto en tanto.

Las tensiones y diferencias hacia el interior de cada grupo no deben haber desaparecido, como tampoco los peores sentimientos hacia los otros, aquellos responsables de haber infligido tanto daño durante tanto tiempo. Sólo que la perspectiva de incremento de la seguridad, tanto física como alimentaria, de los integrantes de ambos grupos y sus crías, se habría impuesto sobre los peores recuerdos.

Tampoco habrá sido sencillo pactar las nuevas reglas de distribución de los beneficios en función de los aportes de cada grupo. Imaginemos la discusión: ¡Los cuartos traseros y el marfil son nuestros porque nosotros pusimos las lanzas! ¡De ninguna manera, nosotros pusimos más hombres!

Y así puede que haya empezado la historia que nos sacó de las cavernas y de la amenaza de la extinción prematura. Discutiendo y llegando finalmente a un acuerdo acerca de cómo distribuir el esfuerzo y los beneficios de una jornada de caza. Compartiendo el poder. Había nacido la política.

Así que las “grietas” no son un invento argento. Persiguen a los hombres con suerte diversa desde el principio de la historia. Cuando se instalan profundas e irreductibles, oscureciendo la posibilidad de proyectar el futuro, alimentando aquella parte sombría de nuestra naturaleza, que se autosatisface con la descalificación del otro, se convierten en un ancla que en el mejor de los casos impide avanzar y en otros nos arrastra a la profundidad del pasado.

Pero cuando las diferencias no son fractura y estamos en capacidad de procesarlas de manera inteligente y positiva, estimulando la creatividad, la búsqueda de síntesis, hallando la resultante que permita romper el inmovilismo del bloqueo mutuo, son también el motor del progreso.


«Es difícil creer que quienes han construido su capital político sobre una polarización irreductible vuelvan sobre sus pasos y emprendan el camino de una colaboración superadora»


La humanidad consumió milenios construyendo instancias para procesar positivamente y saldar sus diferencias. Desde aquel líder cavernícola que acalló una discusión y mandó a su gente a frotar palitos para recrear el fuego hasta la sofisticada institucionalidad contemporánea, pasando por concejos de ancianos, reyes, asambleas de ciudadanos, tiranos de cualquier pelo y marca y parlamentos más o menos representativos. El objetivo siempre fue el mismo. Y el resultado, el desarrollo.

Argentina no padece por sus diferencias. Padece por la decisión de sus más altos dirigentes de manipular esos espacios oscuros de nuestro comportamiento que reaccionan ante el estímulo de poner la culpa en el otro sólo para lograr una supuesta ventaja electoral. Ni tampoco padece por su supuesta incapacidad de alcanzar acuerdos sino por la incapacidad de llevarlos adelante, distraídos en la nada constructiva tarea de convertir al otro en un demonio irredimible.

No hace falta invocar a Pactos de la Moncloa o a la necesidad de acordar imprecisas “Políticas de Estado” como reiteradamente, con escasa imaginación, poco conocimiento y gran pereza intelectual sucede.

Alcanzaría con hacer saber que ya tenemos nuestros pactos. Que los consensos fundamentales ya fueron trabajosamente alcanzados y aún esperan ser llevados adelante. La Constitución Nacional expresa gran parte de lo que los argentinos decidimos ser y aún no hemos logrado.

Es difícil creer que quienes han construido su capital político sobre una polarización irreductible vuelvan sobre sus pasos y emprendan el camino de una colaboración superadora para construir un futuro más prospero, plural y tolerante. Han decidido ser sólo jefes de facción y para ello ofrecen en sacrificio la idea misma de realización en común que es la amalgama de cualquier sociedad. Tendrán que ser otros los protagonistas. Tendrán que ser liderazgos capaces de rescatar y sintetizar lo mejor de nuestra rica historia de luchas políticas y sociales, de imaginar y construir un futuro esperanzador, que cobije y no excluya, donde la diferencia nos estimule a reflexionar acerca de que porción de razón puede haber en el otro.

Quizás sólo se trate de algo tan simple como recuperar la política.

 


 

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3 respuesta a “Sobre las consecuencias de la “grieta””

  1. es un consejo que poco tiene que ver con la realidad de que la grieta es impulsada por los que se apropiaron de los medios de producción y de la plusvalía producida por los trabajadores por medio de la violencia esta es la ecuación que hay que resolver y no será a través del diálogo con los usurpadores sino a través de la lucha para desplazarlos del poder

  2. Siempre son inteligentes y esclarecedoras tus reflexiones Flaquito, Raúl; porque además sos un gran tipo. Deberían ser más frecuentes o mejor difundidas si lo son.
    Sentado ello, le faltó punch; «a fortiori», como decía un compañero de estudios platense. Seguramente, habrás de responder «que lo siga otro» o «fue un mero punto de partida».
    Abrazo desde la laguna-

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