Inversión productiva o crisis permanente

Por Damián Farah

Las ideas económicas siempre son producto de su época y lugar, precisamente porque intentan brindar un diagnóstico de la situación y explicar posibles caminos o alternativas de solución. No se las puede ver al margen del mundo que interpretan. Y ese mundo evoluciona, hallándose en permanente cambio, lo cual exige que esas ideas también evolucionen en paralelo y a la misma velocidad, para que las perspectivas y las tendencias tengan un correlato, una significancia y un modo de encontrarse en determinados puntos. Para que confluyan en ideas que se transforman en nuevos paradigmas cuando realmente logran el consenso necesario que requiere la transformación de la realidad.

En los últimos 160 años, la vida económica se ha visto radicalmente alterada y revolucionada. Fue por un gran conjunto de factores: el surgimiento de las grandes sociedades anónimas, el sindicalismo, la depresión, el incremento de la prosperidad, la naturaleza cambiante del dinero, el papel de los bancos centrales, el rol de la financiarización, entre otros.

En el mejor de los casos, los cambios producidos en la economía han sido de difícil gestación y se han aceptado con renuencia. Las resistencias más enconadas provienen de quienes se benefician del statu quo y tienen intereses creados en cuanto a la permanencia de las ideas que han enseñado y que han creído. Quizás lo que más liga la economía a la tradición clásica o neoclásica es el compromiso de esos intelectuales con los dogmas establecidos. Se trata de una restricción poderosa desde lo simbólico, pero también desde la perspectiva que se imparte como verdad a la ciudadanía.

Son pocos quienes están dispuestos a desechar lo que aprendieron durante sus primeros estudios y luego defendieron y elaboraron en su propia enseñanza, en sus escritos y en su discurso académico. Todos nos resistimos a abandonar lo que hemos aprendido y enseñado porque eso significaría reconocer errores, así como también somos reacios a las exigencias mentales que impone la adaptación a un nuevo paradigma y a la transformación compleja.

Sin embargo, resulta cada vez más dificultoso el análisis de esa “complejidad” cuando las herramientas que se utilizan carecen de la efectividad requerida, por obsolecencia, desgaste público, falta de originalidad, carencia de profundidad de perspectiva o evolución. Todo lo expuesto nos permite inferir que la realidad que vivimos es analizada con herramientas que aprendimos hace muchos años. Esto puede generar interpretaciones parciales y la oferta de posibles soluciones puede resultar insuficiente o inadecuada.

Es tan evidente lo anteriormente expuesto que se sigue suponiendo que cualquier país puede pagar cualquier deuda, por elevada que pueda ser, por el simple procedimiento de bajar los salarios cuanto sea necesario para pagar a los acreedores. Se supone que todo lo que se necesita es una fuerte devaluación (especialmente del costo laboral) o la baja de salarios y la flexibilización de las contrataciones que se precarizan vía reformas laborales y programas de austeridad fiscal, entre otras tantas recetas ortodoxas.

Sin embargo, pese a su aplicación compulsiva, en especial en nuestro país, es notable observar como estas teorías han resultado falsas en todos los lugares donde se aplicaron, aunque siguen constituyendo la esencia del libreto del FMI.

La teoría monetarista, conocida como Escuela de Chicago, cuyo principal referente es Milton Friedman, es todavía peor, porque relaciona la oferta de dinero solo con los precios de bienes y servicios y no con los de los activos inmobiliarios, las acciones y los bonos. Estipula que el crédito y el dinero se presta a las empresas para que inviertan en bienes de capital y no para adquirir inmuebles, acciones y bonos. Tampoco se molesta en tener en cuenta el pago de intereses de la deuda que fueron realizados con ese crédito, un dinero que de otra forma se gastaría en bienes de consumo y en bienes de capital tangible.


«La capacidad instalada utilizada osciló el 50% en promedio, en marzo de 2019, con sectores que llegan al 12% como el automotriz».


La economía convencional, aquella que tiene mayor cantidad de minutos al aire en los principales canales, periódicos, publicaciones, ha pasado a practicar una especie de censura pro-acreedor, a favor de la austeridad, de la baja de salarios, y se ha ubicado como anti sector público. Esto cambia sólo cuando resulta necesario generar el rescate de bancos o corporaciones con dinero de los contribuyentes. Asimismo, tal corriente ha secuestrado el debate político de profundidad del Congreso, las Universidades y los medios de comunicación, para transmitir un mapa falso y superficial del funcionamiento de la economía. Llegando a tal punto la distorsión, que se transmiten ideas contrarias a lo que realmente los autores clásicos escribieron, exponiendo a los ciudadanos a una elección entre dos tipos de planificación extremas, la estatal o la de mercado. El término medio, incluyendo la planificación estratégica y la economía mixta, ha quedado excluido por resultar “de izquierda”, cuando en realidad han sido los casos más exitosos.

La influencia de lo “financiero” ha vuelto a la industria cada vez más dependiente en formas que socavan la formación de capital tangible, la capacidad de ahorro, el incremento de la tasa de reinversión en capital reproductivo y el empleo. El crédito es cada vez más depredador, las tasas de interés tornan imposible la producción e impiden que los deudores puedan ganar el dinero necesario para pagar. Resulta imprescindible para este sistema, que la gente y los estados, sean “deudores eternos”.

Este patrón de deuda es lo que los economistas clásicos definieron como “deuda improductiva”, que privilegia los ingresos no ganados en la economía real, generando un verdadero traspaso al modelo de ganancias especulativas en lugar de su obtención mediante el empleo y la producción de bienes y servicios.

Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill, entre otros, advirtieron que la extracción de la renta amenazaba con secar los ingresos y hacer subir los precios por encima de los costos necesarios para la producción. Entendían que una economía financiarizada se convierte en una cámara mortuoria desde el momento en que la economía del país receptor pasa a ser un almuerzo para el aprovechado financiero, que extrae intereses, comisiones y otros recargos sin contribuir a la producción.

Una economía rentista es aquella en la cual hay individuos y sectores enteros que cobran por la propiedad y los privilegios que han obtenido y, tal como observó Honoré de Balzac, las mayores fortunas tuvieron su origen en el mejor de los casos a través del uso de información privilegiada, cuyos detalles se pierden en la noche de los tiempos a través de una inercia social inducida que termina legitimando el robo.

Para evitar este tipo de explotación, la mayoría de los países han regulado y gravado las actividades rentísticas o bien han mantenido las actividades de infraestructura básica en manos del Estado. Sin embargo, el crecimiento inducido de la influencia monetarista ha generado el desmantelamiento de las regulaciones y ha producido la supresión de impuestos al patrimonio, especialmente el improductivo, pero también ha igualado, desde la perspectiva de la imposición tributaria, la renta con el salario, haciendo que paguen impuesto a las ganancias (flujo), tanto trabajadores como especuladores.


«La lógica que prima entre los acreedores es que sus dividendos re-invertible compren más activos financieros o capital improductivo».


La estructura de comunicación informa las rentas del sector financiero como beneficios, confundiendo los conceptos. Mientras tanto, los lobbys del mismo sector orquestan ataques a la planificación pública, a través de los “economistas famosos” o “prestigiosos”, que acusan a la inversión pública de ser una carga, un peso muerto, convirtiendo a los bancos en los planificadores centrales de la economía, llevando a cabo un plan donde la industria y el trabajo sirvan a las finanzas y no al revés.

El capital rentístico que van generando desde el sector financiero busca constantemente nuevos campos de endeudamiento, mucho más allá de la capacidad de absorción de la inversión industrial productiva. A su vez, la industria se contagia, por gusto o por necesidad, debido a las altas tasas de renta que produce el interés y que la economía real no brinda, generando un círculo vicioso donde se reduce la tasa de reinversión en capital tangible, se reduce la investigación, el desarrollo y el empleo, porque se buscan rendimientos mayores en el corto plazo a través del sector financiero.

Como resultado de la aplicación de estas ideas que preconizan las bondades del endeudamiento y de “formar parte del mundo”, a través de una apertura boba que produce la quiebra de la industria local, de la aplicación de reglas de juego de países desarrollados en países subdesarrollados, se provoca una creciente asimetría, entre la capacidad industrial de creación de riqueza y los compromisos a “honrar”.

Las deudas crecen exponencialmente más rápido de lo que lo hace la capacidad de la economía para pagar. Esto genera una transferencia directa, del sector productivo al sector financiero, que no produce ni crea empleo, bienes o servicios.

La pregunta que surge en determinado momento es: ¿Cómo se pagará la deuda? La ortodoxia indica que se deben tomar determinadas medidas. Reducción del gasto público, reducción del costo laboral, reforma del sistema jubilatorio, baja del consumo interno para producir superávit de la balanza comercial. En realidad, lo que sucede, es que esta dinámica va poniendo paulatinamente el control sobre el trabajo, la tierra, la industria y los ingresos fiscales en manos de los acreedores, concentrando la propiedad y el poder en sus manos.

Cuanto más se le quita a la economía real para pagar a los acreedores, menos capacidad le queda para producir y pagar, como resultado del desempleo, la infrautilización de los recursos, la emigración y la fuga de capitales. Son efectos de políticas recesivas y de la falta de credibilidad, generando una creciente inestabilidad social en perspectiva, con posibles consecuencias negativas sobre el sistema representativo en su conjunto.

Por su parte, la lógica que prima entre los acreedores es que sus dividendos re-invertibles no busquen aumentar la producción o desarrollar investigaciones y productos sino que sus ganancias financieras compren más activos financieros o capital improductivo que, por acción del lobby sobre el Estado, incrementan su valor propiciando mayores niveles de concentración de la riqueza patrimonial.

La ingeniería financiera ha cambiado el carácter del capitalismo industrial. El uso de ingresos para volver a comprar acciones de una empresa hace subir su precio, pero no su valor real, desvía ganancias que de otra forma podría incrementar la tasa de reinversión, ampliando la capacidad productiva y por ende de la oferta. Esto también genera una presión sobre la inflación, que en la actualidad es atacada desde la perspectiva monetarista, reduciendo la demanda a través de la caída del poder de compra de vastos sectores de la sociedad, cuando en realidad, se debería incrementar la oferta de bienes y servicios a través de la inversión productiva.


«La ingeniería financiera ha cambiado el carácter del capitalismo industrial. El uso de ingresos para volver a comprar acciones de una empresa hace subir su precio, pero no su valor real».


En nuestro país, el año 2018 marcó un record en la cantidad de recursos destinados por las empresas en la recompra de sus propias acciones. Diferentes motivos confluyeron en tal decisión que en el transcurso de ese año superó los U$S 2.000 millones, según la agencia Reuters. Tal nivel de recompra se dio en otras oportunidades, en el año 2001 por el default y en 2008 por la entrada en una recesión que duró con altibajos hasta 2015.

Según los datos publicados en enero de 2019 por BAE negocios, Argentina tuvo una caída interanual del 20% en su tasa de reinversión productiva comparando diciembre/2018 contra el mismo mes pero del año 2017. La capacidad instalada utilizada oscilaba el 50% promedio en marzo de 2019, con sectores que llegan al 12% como el automotriz. Son niveles similares a los de 2002. Esto nos hace pensar que hemos perdido 17 años, en los que hubo períodos de crecimiento importante, pero la incapacidad y la falta de programas estratégicos sostenidos hicieron perder la oportunidad en un conjunto de cambios superficiales de la infraestructura o propiciando el consumo electoralista.

Voy a mencionar algo muy impropio para la ortodoxia económica y me hago cargo: la inversión ni siquiera necesita ahorro. Lo que necesita es un banco que preste plata en lugar de invertir en Leliq o que exista una Agencia para el desarrollo nacional, que nuclee a todos los sectores políticos, del capital y del trabajo, generando políticas de estado, con financiamiento de bancos oficiales que pueden crear dinero e instrumentarlo para tales fines. Pero todo esto requiere una decisión política realmente transformadora.

Sin embargo, la política monetarista adoptada, es esencialmente frenar la inflación de forma artificial por reducción de la capacidad de demanda y ajustar artificialmente la competitividad por devaluación, lo que torna todo el modelo en un sistema inestable que genera desconfianza, traducida en corridas y altas tasas, inefectivas para contener la situación de volatilidad cambiaria. Son señales debilitadoras en el frente externo y con una fragilidad intrínseca incrementada por el alto nivel de endeudamiento.

Es notable como la Inversión en maquinaria y equipos, en la Argentina, cayó el 28,1% interanual en diciembre de 2018 y 10,7% en la totalidad del mismo año. Esto significa que, en términos de proyección, cuando el país genere nuevamente un impulso productivo, la Industria nacional va a estar relegada en calidad y competitividad estructural nuevamente, por falta de incorporación tecnológica.

Pasar del subdesarrollo al desarrollo implica la necesidad central del consenso y la puesta en valor de puntos básicos que se transformen en políticas de estado y la aceleración del desarrollo no es tarea fácil. Se necesita una verdadera disciplina en la competencia, en el comercio, en la promoción de exportaciones, en la acumulación e inversión de capital productivo, en la acción del estado para la planificación en conjunto con todos los sectores del capital y el trabajo, así como para impulsar con decisión las transformaciones que se requieren. Es decir, disciplina para trazar y ejecutar un plan de desarrollo como expresión de una estrategia nacional. Ello exige una visión de largo plazo que no ignore los problemas inmediatos. Las soluciones inmediatas tienen que formar parte de las acciones de largo plazo porque las tensiones sociales pueden provocar retrocesos.

La otra opción sería el desarrollo compulsivo, propio de gobiernos autoritarios en lo político, lo económico y lo social, creando una sociedad poseedora de una grieta insuperable, como producto de la alta concentración de la riqueza y el poder.

Para hacer efectiva la transición al desarrollo, Argentina debe lograr primero un proceso de estabilización política, económica y social. Esto se genera con un gran acuerdo. Luego debe ser capaz de producir transformaciones agresivas y disciplinadas, sostenidas en el tiempo. Esto podrá generar una verdadera transformación en la matriz productiva, dando lugar a la tercera etapa que es la del crecimiento sostenido y a la creación de una cultura del desarrollo, que dé inicio a la última etapa, donde podamos establecer la mejor forma democrática de crear, administrar y distribuir riqueza de forma sostenida.

El desafío está lanzado.


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