La faena de Pedro Sánchez aún no termina

Por Gabriel Puricelli *

Si esto se tratara de un relato de una corrida de toros, se podría decir que Pedro Sánchez, aún tras su importante victoria electoral del 28 de abril, no ha concluido la faena. En efecto, los españoles le confiaron una holgada condición de primera minoría al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pero Sánchez y los suyos aún tienen por delante la confección de una mayoría en el Congreso de los Diputados para reelegir efectivamente a éste como Presidente del Gobierno.

Los tiempos se estiran, pero no (por ahora) más allá de lo esperado. Nadie esperaba que el país tuviera un nuevo gobierno antes de las elecciones europeas del 26 de mayo. El gobierno del PSOE había forzado un cronograma de dos campañas electorales seguidas, tanto para estirar los tiempos de la negociación (que se anticipaba inevitable por la previsible ausencia de una mayoría parlamentaria monocolor), como para capitalizar un éxito temprano como el que esperaba tener y tuvo en las elecciones generales. Y con esto generar un efecto dominó en las autonómicas y municipales que también se llevan a cabo este 26 de mayo.

El 28 de abril se produjo el realineamiento en la izquierda que se esperaba. El PSOE duplicó a Unidas Podemos (UP) y compensó con 38 nuevas bancas la pérdida de 24 que sufrió esta última fuerza. En la derecha, el estallido fue total: el Partido Popular (PP) quedó a poco de ser superado por Ciudadanos y Vox irrumpió con fuerza, pero sin superar (como muchos temían) el resultado que le auguraban las encuestas preelectorales. La ganancia de diputados de los liberal-conservadores y la ultraderecha (59 bancas más) no compensó el derrumbe del PP, que perdió 71 diputados y quedó con la representación parlamentaria más reducida desde 1982. De todos modos, no se debe soslayar un hecho: el reparto desigual de bancas, fruto de un sistema de representación proporcional imperfecto, oculta un hecho: en el voto popular, la suma de las izquierdas es casi idéntica a la de las derechas, en torno al 45%.

Una vez repartidas las bancas en el Congreso de los Diputados (el PSOE obtuvo mayoría absoluta en el Senado por primera vez desde 1993), las derechas están imposibilitadas de formar gobierno y las izquierdas necesitan del apoyo de partidos de base regional para poder investir un gobierno. Es decir, el triunfo del PSOE abre un escenario de negociaciones complejas. Matemáticamente, la única mayoría practicable sería una coalición de gobierno PSOE-Ciudadanos, que sería indigerible para los miles de militantes que en la noche del triunfo se agolparon ante la sede socialista en la calle Ferraz, en Madrid, gritando “¡con Rivera no!”. El propio líder de Ciudadanos, el repudiado Albert Rivera (aún teniendo 14 bancas menos que el maltrecho PP) cerró esa puerta rápidamente, autoproclamándose “jefe de la oposición”.


«El derrumbe del Partido Popular, que perdió 71 diputados, lo dejó con la representación parlamentaria más reducida desde 1982».


Eso ha dejado abierta la puerta a dos opciones de gobierno en minoría: el PSOE en solitario o una coalición con Unidas Podemos. Está descontado que se puedan reunir los votos necesarios para que una mayoría puntual, con el concurso de algunas fuerzas nacionalistas de algunas comunidades autónomas, que vuelva a encargar a Sánchez la formación de gobierno. Por eso él y su partido deben meditar sobre la opción por la que apostarán. Hay fuerzas que pugnan en direcciones opuestas. Por un lado la tradición: España nunca ha tenido un gobierno de coalición sino gabinetes monocolores con ministros de un único partido. Por el otro, la innovación: convivir con Unidas Podemos, que trae consigo a los viejos hermanos-enemigos del PSOE, los comunistas de Alberto Garzón y a la nueva izquierda de Pablo Iglesias, forjada al calor de la denuncia de “la casta” dentro de la que engloban también a los socialistas. Esa coalición, que trae a la memoria el Frente Popular de la pre-guerra, es la que concita la mayor adhesión entre los españoles consultados en encuestas post electorales.

Para los socialistas irse por un camino o por el otro no es una decisión sencilla de tomar. Por un lado, la matemática indica que un gobierno de coalición contaría con una base de apoyo parlamentaria que arañaría la mayoría y que no debería tener mayores problemas para alcanzarla para hacer pasar por el parlamento su programa. Sin embargo, ni los programas de ambos socios potenciales son idénticos ni el vínculo entre ellos está libre de rispideces. Si la suma fuera mayoritaria, habría menos espacio para las dudas, pero es difícil asegurar que un gobierno minoritario de coalición sea más estable y duradero que un gobierno en solitario.

Para UP el gobierno es el único lugar donde estar en este momento. Después de perder la quinta parte de los votos que habían obtenido en la elección anterior, y de atravesar la traumática ruptura entre las corrientes de Iglesias y del candidato a presidente de la Comunidad de Madrid Íñigo Errejón, el gobierno es el lugar desde el que se avizora más sencilla una recomposición. El movimiento no tiene el viento en las velas como en elecciones anteriores para seguir intentando un crecimiento en la oposición o en la mera contestación.


«El desafío del PSOE ahora es formar un gobierno estable, avanzar en una reforma federal de España que ponga al independentismo ante una oferta que no pueda rechazar, mostrarle a la izquierda europea un camino para salir de la melancolía, y ayudar a volver a meter dentro de la lámpara al genio maligno de la ultraderecha».


En este sentido, a Unidas Podemos le queda también por delante el terminar con la faena. Como socios minoritarios de los socialistas en los gobiernos de la Comunidad Valenciana, Baleares y Castilla-La Mancha, ya han probado lo indispensables que pueden ser.

Las elecciones autonómicas y municipales vienen para ellos con el desafío de probarlo en muchas otras comunidades y gobiernos locales, de modo tal de consolidarse a esos niveles y de sumar argumentos para convencer al PSOE de gobernar juntos a nivel del estado español.

Los socialistas españoles, finalmente, tienen por delante el desafío de extender la mancha roja por todo el territorio y de derramar hacia afuera de España en las elecciones europeas. Esa votación puede llegar a ver sus primos franceses eliminados de la representación en el Parlamento Europeo. El PSOE es el único integrante del Partido del Socialismo Europeo en un país de los grandes que se arrima al 30% de los votos. Aquellos que pueden estar cerca de ese umbral, como los austríacos (SPÖ) o el PS portugués, no están en países gravitantes. Con el resultado que le auguran las encuestas, el PSOE puede llegar a ser el partido que más diputados le sume en Bruselas al bloque de Socialistas y Demócratas, ocupando el lugar que hace cinco años fue del Partido Democrático de Italia.

El toro que tiene enfrente el PSOE no es ya su alicaído competidor conservador tradicional, del que se deshizo en la corrida preliminar. Lo que tiene es un miura de variables múltiples: formar un gobierno estable, avanzar en una reforma federal de España que ponga al independentismo ante una oferta que no pueda rechazar, mostrarle a la izquierda europea un camino para salir de la melancolía, y ayudar a volver a meter dentro de la lámpara al genio maligno de la ultraderecha.

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


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