¿El libre comercio lleva al desarrollo?

Por Ricardo Alfonsín*

En este número de Replanteo se incluye un trabajo del economista Damián González Farah sobre el principio de acuerdo al que arribaron Mercosur y la Unión Europea que les recomendamos leer.

Aquí hacemos sólo algunas consideraciones de orden general, a propósito de cierto discurso sobre el libre comercio muy escuchado en estos días. Conviene antes recordar que, según los liberales ortodoxos, lo mejor que pueden hacer los gobiernos por la economía de un país es meterse lo menos posible con la economía. Sostienen que es el mercado el que mejor la organiza y por eso hay que dejarlo funcionar libremente. Como parte de la actividad económica tiene que ver con las relaciones comerciales internacionales, también afirman que en ese terreno es necesaria la menor intervención posible. En pocas palabras, el libre comercio, según ellos, es bueno para la economía de los países. Cualquiera sea la estructura productiva, la demografía, el desarrollo científico o tecnológico de una sociedad, el libre comercio, la libre competencia, a la larga o a la corta, es siempre buena.

Por eso en estos días, aún sin conocerse oficialmente su contenido, se han leído y oído tantos elogios respecto de la noticia de que el Mercosur y la Unión Europea han arribado a un principio de pacto de libre comercio. No importa cuáles sean los términos de ese acuerdo, el libre comercio siempre es bueno. Es lo que se desprende de los dichos y opiniones de muchos políticos, empresarios y analistas, que aún sin conocer los contenidos concretos de lo firmado lo celebran con algarabía.

Una de las pruebas que exponen para sostener sus convicciones librecambistas es que los países más desarrollados siempre practicaron el libre comercio. Y agregan, además, que gracias a esa práctica fue que alcanzaron la condición de país desarrollado. Habría, según ellos, una relación de causa efecto entre el libre comercio y el desarrollo. Sin embargo, como ocurre con otras aseveraciones liberales, la verdad es exactamente la contraria.


«Los países más desarrollados económicamente, a los que siempre nos dicen que debemos imitar, fueron muy proteccionistas con sus economías hasta que lograron avances significativos en sus estructuras productivas».


En efecto, los países más desarrollados económicamente, a los que siempre nos dicen que debemos imitar, hasta que lograron avances significativos en sus estructuras productivas fueron muy proteccionistas con su economías. Recién después de alcanzar el desarrollo las abrieron y empezaron a predicar el libre comercio. Podríamos también decir que incluso cuando se abrieron al mundo continuaron protegiéndose, ya no con los instrumentos tradicionales. Una vez alcanzada una potencialidad económica es esa potencialidad la que funcionó como instrumento de protección. ¿Qué temor pueden tener, por ejemplo, Francia o Alemania, de que nuestra producción industrial inunde sus mercados? El propio desarrollo de sus economías evita esos riesgos.

Por otra parte, en las áreas en la que esos países no tienen ventajas competitivas se protegen con los instrumentos tradicionales como cupos o subsidios. (Algo de esto ha anunciado la Comisión Europea frente a los reclamos de los productores locales. Llama la atención el silencio de ciertos medios de comunicación frente a estos reclamos de varios países de la UE).

Si dudan de lo que decimos, les sugerimos la lectura, entre otros textos, de tres libros. No son libros de teoría económica sino de historia económica. Dos de ellos fueron escritos por uno de los economistas surcoreanos más reconocidos, profesor en la Universidad de Cambridge, Ha Joon Chang. Los textos se titulan Retirar la Escalera y Las cosas que no te cuentan del Capitalismo. El autor del tercer trabajo es otro economista muy destacado, Dani Rodrik, profesor en la Universidad de Harvard y de la London School of Economics. Su título es Hablemos claro sobre el Comercio Mundial. Reiteramos que se trata de libros de historia y no de teoría económica. Verán ustedes en ellos que las cosas no han sido exactamente como afirman los economistas, políticos y periodistas liberales.

Por supuesto, no somos necios, no desconocemos las oportunidades extraordinarias que ofrece a los países el comercio internacional. Pero tampoco somos ingenuos. No compramos la fábula neoliberal del libre comercio. No somos, como dice Rodrik, ni de “los proteccionistas bárbaros” ni de “los aperturistas bárbaros”. “En los dos lados hay bárbaros”, dice el autor. Y algunos de ambos bandos suelen hacerse ver por estos lares.

Para terminar, aunque sea una obviedad, es necesario remarcar que el funcionamiento de la economía determina en gran medida las condiciones de vida de una sociedad. Por eso resulta fundamental el derecho de los ciudadanos- y no sólo de los emprendedores-a participar en la decisión de cómo organizar esa dimensión de lo social. Igual de obvio resulta que la política de comercio exterior de una nación puede tener efectos negativos en nuestras vidas y en las de quienes nos sucedan.

A diferencia de los economistas liberales, los autores mencionados no creen en la universalidad de una receta comercial. Nosotros tampoco. Como dijimos, no negamos que la posibilidad de comerciar con otros países representa una oportunidad para el desarrollo. El aislamiento es una tontería tan grande como la aceptación ingenua del libre comercio y también carece de fundamento empírico. El tema es definir cuál es la mejor manera de relacionarse con el mundo desde el punto de vista del interés nacional.


«La política comercial no es una variable independiente. Entre otras cosas depende del tipo de economía que cada sociedad se proponga como más beneficiosa para su gente. Esta es una definición primeramente política y después económica».


La política comercial no es una variable independiente. Entre otras cosas depende del tipo de economía que cada sociedad se proponga como más beneficiosa para su gente. Esta es una definición primeramente política, después técnica, que a su vez debe analizar, entre otros factores, la estructura productiva existente, la dotación de recursos naturales, la geografía, la demografía, la ciencia, la tecnología y la geopolítica. Al respecto hay que mencionar que hubo países a los que ciertas potencias, por razones geopolíticas, querían desarrollar y que a esos potencias jamás les reclamaron que abrieran sus economías.

Para quien parte de la idea de que el mercado es el único arbitro en la economía, las consideraciones anteriores supondrán una incorrecta asignación de funciones a la política, es decir, a los ciudadanos. Para nosotros, en cambio, como dice Rodrik, es de capital importancia lograr un equilibrio entre la apertura económica y el derecho a la gestión del espacio político.

 

 

* Director de Replanteo


 

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