En qué consiste el “milagro” de Portugal

Por Gabriel Puricelli *

¿Por qué Portugal está en boca de todos los progresistas? En tiempo de vacas flacas para las fuerzas políticas a la izquierda del centro, un gobierno socialista estable y con chances de ser reelecto en octubre suena a cosa inusual, si no inverosímil. Y bien, Antonio Costa, el primer ministro del país más pequeño de la península ibérica, desde 2015 se apresta (todo indica) a ir por ese camino.

Portugal es uno de los ocho países de los 28 que integran actualmente la Unión Europea (UE) que tiene gobiernos encabezados por militantes del Partido del Socialismo Europeo (PSE). Si a estos ocho sumamos la participación minoritaria de los socialdemócratas alemanes (SPD) y luxemburgueses (LSAP) en las coaliciones amplias lideradas por la centroderecha que gobiernan sus respectivos países, estamos ante una cosecha magra. Más escuálida aún se vuelve la presencia de socialistas, socialdemócratas y laboristas, si miramos país por país el porcentaje de votos que tienen fuerzas de ese signo que hasta hace menos de una década gobernaban en distintas naciones. Por ejemplo: en los casos de Francia y Grecia están por debajo de los dos dígitos.

Lo que vuelve interesante el caso portugués es que el Partido Socialista gobierna con el apoyo externo de dos bloques parlamentarios situados a su izquierda, el Bloque de Izquierda (BE) y la Coalición Democrática Unitaria (CDU, integrada por comunistas y ecologistas). Si bien esto no constituye un caso único, ya que los primeros ministros socialdemócratas sueco, Stefan Löfven, y la danesa, Mette Frederiksen, fueron ungidos jefes de gobierno merced a acuerdos similares, el gobierno formado por Costa rompe con una tradición de los propios socialistas portugueses. Desde el fin de la dictadura salazarista, en 1975, el PS obtuvo mayoría propia en una sola elección. Pero en las seis oportunidades desde entonces en las que pudo formar gobierno fue con apoyo (externo o en coalición) con fuerzas situadas a su derecha. Para las fuerzas que decidieron su apoyo a Costa, hacerlo también implicó romper una tradición. Para los comunistas portugueses, firmemente anclados en lo que fue la línea prosoviética y sin las veleidades eurocomunistas de sus primos italianos, franceses y españoles, el apoyo a sus “amienemigos” socialistas puede ser visto como un final tardío de la Guerra Fría. Para el BE, con su impronta radical y de “nueva izquierda”, fue un paso difícil y meditado hacia un partido no sólo “de lucha”, sino, eventualmente, “de gobierno”.

Otra nota que distingue al PS portugués es que logró un resultado electoral que lo puso a tiro de formar gobierno, a pesar de los casos de corrupción del ex-primer ministro socialista José Sócrates (2005-2011), que empezaron a ser investigados en medio de la campaña de 2015. Así y todo, el PS obtuvo 32%, cuatro puntos porcentuales más que en la elección anterior y aún quedando seis puntos porcentuales detrás de la centroderecha, hizo valer su capacidad de reunir la mayoría parlamentaria que la centroderecha no pudo alcanzar, para poder formar gobierno.

La situación en medio de la cual Costa instaló su gobierno en el Palacio de São Bento era durísima, al igual que lo era en los demás países del sur de la UE. La economía estaba en recesión, el déficit fiscal (4,4% del producto interno bruto) estaba un 50% por encima del nivel autorizado por el pacto fiscal europeo, la deuda soberana representaba el 13% del PIB, más del doble del nivel que los países de la UE se habían comprometido a alcanzar antes de 2032, y el desempleo rondaba el 15%. La situación europea también era tremendamente desfavorable. Cuando los portugueses votaron en octubre de 2015, la troika, conformada por la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), había endurecido hasta niveles crueles las exigencias al gobierno griego de izquierda que había osado desafiar sus planes de austeridad con el referéndum de junio de ese año.


«El indicador más elocuente del éxito del gobierno progresista de Portugal es evolución del índice de satisfacción de los portugueses con la democracia que mide el Parlamento Europeo. De un muy pobre 32%, en 2015, ascendió a un 75% a principios de 2018, bien por encima de la media europea».


En ese contexto, el PS se encontraba en un dilema. Su único camino hacia una mayoría en la asamblea legislativa era pactar con partidos que habían enfrentado al mismo PS cuando aplicó medidas de austeridad, entre 2009 y 2011. Al mismo tiempo la troika estaba haciendo de su manejo de la situación griega una lección para otros países en condición similar. La estrategia de Costa para salir de ese laberinto por arriba fue prometer el fin de las medidas de austeridad, para enlistar el apoyo del BE y la CDU y asegurarle a la troika el cumplimiento de las metas de déficit fiscal. Discontinuidad, entonces, con la política socialmente restrictiva del gobierno precedente del conservador Pedro Passos Coelho, y continuidad de la política de consolidación fiscal exigida por la troika.

En términos concretos, una vez que fue investido primer ministro, Costa frenó el proceso de privatizaciones encarado por los conservadores, eliminó los recortes a los salarios, a las pensiones y a la seguridad social, y puso subsidios a disposición de las empresas. El pequeño margen que Portugal había ganado frente a la troika como resultado de la disminución del déficit fiscal bajo el gobierno previo, Costa lo aprovechó para ir en la dirección contraria a la que Passo Coelho había prometido para intentar ser reelecto.

Los resultados se hicieron ver pronto. Empujados por el consumo, los ingresos del estado crecieron, permitiendo seguir cerrando la brecha fiscal y la economía en su conjunto dejó atrás la fase recesiva y vio crecer rápidamente el empleo. El dinamismo económico no vino sólo de la mano del dinero que el gobierno socialista volvió a poner en los bolsillos de los ciudadanos sino de un boom del turismo y una lenta pero firme recuperación de la inversión privada. Las buenas noticias no sólo estuvieron del lado del consumo popular. A un año y medio de asumir, Costa logró que Portugal fuera liberado del procedimiento por déficit excesivo que la Unión Europea había abierto en 2009, cuando gobernaba el también socialista Sócrates. En diciembre pasado, además, Portugal canceló la totalidad de su deuda con el miembro no europeo de la troika, el FMI, ahorrándose unos pagos de intereses por cerca de 100 millones de euros. En su último programa con el país, el Fondo había asistido a Portugal con 28.000 millones de euros

 


«Los resultados en Portugal se vieron pronto. Empujados por el consumo, los ingresos del estado crecieron, permitiendo seguir cerrando la brecha fiscal y la economía en su conjunto dejó atrás la fase recesiva y vio crecer rápidamente el empleo».


El compromiso de gobierno entre las fuerzas de izquierda se materializó en las cuatro leyes de presupuesto que debieron aprobarse durante el mandato de Costa. Sobre ese punto de apoyo se construyó una relación que garantizó de manera estable la vigencia de la confianza parlamentaria en el primer ministro socialista. El último presupuesto acordado por las izquierdas incluyó, entre otras cosas, una rebaja de 6% en la tarifa eléctrica, rebajas en el precio del transporte público, aumento de las asignaciones familiares, gratuidad de los manuales escolares, nuevas inversiones en salud y vivienda y descongelamiento de los salarios de los funcionarios públicos. La discusión presupuestaria entre las tres fuerzas fue pública y abierta y fue materia de competencia entre ellas, con las encuestas registrando el minuto a minuto de cuál de las tres ganaba o perdía según fuera el curso de las mismas. En otras materias, los criterios fueron dispares y el PS consiguió el apoyo necesario de la centroderecha en cuestiones que las tres fuerzas de izquierda no lograron acordar.

Cuando faltan menos de dos meses para las nuevas elecciones, las encuestas indican que la suma de la intención de voto de las izquierdas se acerca al 60%, diez puntos porcentuales por encima de la suma de los votos del PS el BE y la CDU en 2015. El gran ganador apunta a ser el partido de Costa, que podría crecer hasta cerca del 40%, una cifra que envidiarían sus compañeros europeos desde el Ártico hasta el Bósforo. El Bloco se mantendría cerca del 10% y la alianza comunista-ecologista podría perder un punto. En la vereda de enfrente los conservadores del (equívocamente llamado) Partido Social Demócrata (PSD) podrían quedar reducidos a un 20%.

El panorama político portugués presenta otras características inusuales para el contexto europeo actual. Por empezar no hay una expresión electoral significativa de la ultraderecha. Ese rasgo, que España compartía hasta hace poco, se puede vincular con un motivo histórico: la democracia portuguesa es el resultado de una ruptura abrupta con el régimen autoritario y corporativista que duró 48 años y cuyo más longevo dictador fue António de Oliveira Salazar. A diferencia de España, donde el franquismo estuvo encapsulado dentro de la derecha democrática del Partido Popular, el salazarismo fue despojado de toda legitimidad tras la Revolución de los Claveles, en 1974. Pero hay una razón bien actual que ayuda a explicar por qué en este Portugal no han surgido expresiones que desafíen desde posiciones extremas a los partidos establecidos. El éxito relativo del gobierno de Costa. El indicador más elocuente, en este sentido, es la evolución del índice de satisfacción de los portugueses con la democracia que mide el Parlamento Europeo a través de la encuesta periódica Eurobarómetro. De un muy pobre 32%, en 2015, a un 75% a principios de 2018, bien por encima de la media europea.


En Portugal, el último presupuesto acordado por las izquierdas incluyó, entre otras cosas, una rebaja de 6% en la tarifa eléctrica, rebajas en el precio del transporte público, aumento de las asignaciones familiares, gratuidad de los manuales escolares, nuevas inversiones en salud y vivienda y descongelamiento de los salarios de los funcionarios públicos.


En un balance provisional, el primer ministro Costa puede reclamar un crédito por haber sido capaz de desembarazarse del corsé de la austeridad sin enfrentar abiertamente a la troika. El camino elegido fue posible en parte porque parte de la medicina ya había sido administrada, pero las izquierdas previnieron un sufrimiento adicional innecesario, que era lo que prometían (con la idea de que el crecimiento sobrevendría naturalmente, cosa que no se verificó en otros países) los conservadores en la campaña electoral de 2015.

La parte oscura de este éxito, que muchos países (dentro y fuera de Europa) miran hoy con interés, es que el estado no ha podido recuperar los niveles de inversión pública previos a la crisis global de 2008, que fue la que precipitó a Portugal en una caída económica. Es decir, Portugal ha recuperado el crecimiento y ha podido mejorar la economía cotidiana de sus ciudadanos, así como la provisión de servicios esenciales, pero no ha podido todavía detener el deterioro de su infraestructura. Con toda probabilidad, la fortaleza parcial construida hasta ahora servirá de base para encarar esa tarea postergada, durante lo que todo indica será un nuevo mandato de António Costa a cargo del gobierno en Lisboa.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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Una respuesta a «En qué consiste el “milagro” de Portugal»

  1. Muy interesante. Falta que expliquen cuánto, cuando y cómo le pagó al FMI. Por el resto en Argentina tenemos ejemplos propios. Y teorización es, también.

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