España: Pedro Sánchez, a todo o nada

Por Gabriel Puricelli *

Seis meses y medio después, España vuelve al punto de partida. Después de que fracasara el intento de Pedro Sánchez de formar gobierno con los diputados que obtuvo en las elecciones de abril, españolas y españoles están convocados a las urnas el 10 de noviembre. Será la cuarta vez en menos de cuatro años que una ciudadanía con sus preferencias tozudamente fragmentadas vota para darse un gobierno y salir (si el reparto de bancas en el Congreso de los Diputados lo permitiera esta vez) de estos largos meses de gobierno encargado, es decir, de un período en el que el gobierno no ha tenido mandato para ejecutar un programa, sino simplemente para administrar los asuntos corrientes.

La provisoriedad define la política española del tiempo transcurrido desde las elecciones de junio de 2016. Tras esas elecciones, la abstención del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) permitió que el conservador Partido Popular continuara al frente del gobierno con Mariano Rajoy, a pesar de que los españoles le negaran la mayoría parlamentaria. Rajoy penó para llevar adelante algunas iniciativas mientras su partido se hundía un poco todos los días bajo el paso de múltiples procesos judiciales por corrupción. El ex jefe del gobierno sucumbió a la moción de censura que coordinó Sánchez con los diputados de Unidos Podemos y las fuerzas nacionalistas de todas las comunidades, con la excepción de Canarias. Esa mayoría circunstancial no se transformó en una mayoría que apoyara la gestión de gobierno del PSOE, que pudo haber completado el mandato de la legislatura (que terminaba en junio de 2020), pero que sucumbió a su vez a la falta de apoyo mayoritario a la ley de presupuesto, con la lógica consecuencia de que hubiera que llamar a nuevas elecciones.

Hace seis meses, entonces, la ciudadanía decidió elegir un parlamento fragmentado, donde el PSOE emergió con claridad como el partido más numeroso, pero en el cual era imposible formar una mayoría de izquierdas con el disminuido bloque de Unidas Podemos. Sánchez empleó todo el tiempo previsto legalmente para intentar formar gobierno, trabajando en dos frentes: negociando un acuerdo de legislatura con Unidas Podemos e intentando esmerilar ante la opinión pública al PP y la centroderecha de Ciudadanos (Cs), pidiendo su abstención para permitir la asunción de un gobierno sin mayoría. Esto último contenía una paradoja: Sánchez pedía a los conservadores la abstención contra la que él había militado en 2016, cuando la primera minoría de los diputados apoyaba a Rajoy.

Como era previsible, PP, Cs y la ultraderecha (Vox) se mantuvieron inconmovibles en su decisión de votar contra la formación de un gobierno liderado por el PSOE. Como era menos previsible, las negociaciones entre Sánchez y el líder de Unidos Podemos (UP), Pablo Iglesias, llevaron a la extenuación a ambos líderes y provocaron perplejidad y apatía en la opinión pública y terminaron en un sonoro fracaso.


“Las negociaciones entre Sánchez y el líder de Unidas Podemos (UP), Pablo Iglesias, llevaron a la extenuación a ambos líderes y provocaron perplejidad y apatía en la opinión pública y terminaron en un sonoro fracaso”.


¿Cómo se gestó ese fracaso? ¿Qué cuestiones coyunturales y qué cuestiones históricas estuvieron en juego en el minué de Sánchez e Iglesias? La respuesta a estas preguntas convoca al análisis de muchos factores, unos que favorecían un entendimiento y otros que decisivamente lo alejaban.

En lo que hace a los hechos más recientes, PSOE y UP habían logrado colaborar en dos instancias decisivas: la unidad para forzar la salida de Rajoy y la defensa conjunta de la ley de presupuesto 2019 propuesta por Sánchez. Esa victoria y esa derrota vieron juntas a las dos expresiones de la izquierda y parecían augurar futuras formas de colaboración. Lo mismo podía decirse de los numerosos acuerdos a nivel comunitario o municipal que habían permitido desplazar a los conservadores del gobierno y consagrar administraciones progresistas en lugares a lo largo y ancho de España. Sin embargo, todas estas acciones colaborativas se recortaban contra un fondo de desconfianzas mutuo que emerge de dos fuentes distintas. Por un lado, la cultura de gobierno que el PSOE adoptó como ideología primaria del partido durante el largo período del bipartidismo perfecto (los 30 primeros años de la democracia recuperada en 1977), mira con una mezcla de desconfianza y aprensión cualquier propuesta política radical. Por el otro, desde fines de los años ‘80, las propuestas políticas de ámbito estatal que se han situado a la izquierda del PSOE han buscado reemplazarlo más que influenciarlo. Esto sucedió con Izquierda Unida (una coalición que tuvo como eje original al Partido Comunista), durante la década que fue liderada por el “califa rojo” Julio Anguita, y volvió a emerger cuando irrumpió en el parlamento Podemos, con su denuncia de “la casta” política, que hacía pocas diferencias entre PSOE y PP.

Otra cuestión histórica también estuvo en juego en la fallida negociación. Desde 1977, nunca ha habido un gobierno de coalición en Madrid sino que los (tres) partidos que se sucedieron desde entonces en el gobierno han gobernado en solitario. No sólo eso sino que habitualmente el presidente del gobierno concentra mucho poder. La idea de una coalición con otro partido provocó ansiedad y vértigo en el PSOE y eso se reforzó con dudas acerca de cómo sería la convivencia no sólo con Podemos sino entre un presidente de gobierno socialista y el poderoso liderazgo que ejerce Iglesias dentro de aquella coalición.

Con esa aversión a cuestas, el PSOE encaró la negociación con UP sin dejar de apelar permanentemente a la “responsabilidad” del PP y Cs para que hicieran posible la investidura de Sánchez con su abstención. Esto creó un “dilema del prisionero” en la relación entre socialistas y podemistas. Ninguno de los dos terminó de apostar por la cooperación mutua ante el temor de que el otro optara por una jugada competitiva. En ese dilema, UP invirtió esfuerzo tanto en tratar de arribar a un acuerdo con el PSOE como en denunciar las intenciones de llegar al gobierno sin aliados y con el guiño de la derecha. Los hechos terminaron poniendo en claro que las zonas de confort de ambas partes negociadoras estaban separadas por una ancha distancia. Mientras los socialistas priorizaron el gobierno antes que el programa (los contenidos varían necesariamente si se busca la abstención de Cs o el apoyo explícito de UP), los de Iglesias se abrazaron al programa como línea de demarcación, sea para continuar siendo opositores o para marcar diferencias dentro del gobierno. Poco importan ahora aquí cómo se tradujeron estas preferencias en gestos y chicanas, si hubo vetos personales y si hubo pretensiones excesivas de cargos. En definitiva, se impusieron inercias que las partes traían consigo y a la imposibilidad de la cooperación la siguió el despliegue de estrategias de competencia con resultados inciertos.


“Desde 1977, nunca ha habido un gobierno de coalición en Madrid sino que los partidos que se sucedieron desde entonces en el gobierno han gobernado en solitario”.


Una vez fracasada la posibilidad de investir a Sánchez y ante la inevitable convocatoria a elecciones, el PSOE encaró las mismas con la ambición de recuperar su lugar de fuerza excluyente en la izquierda, apelando con énfasis al voto útil, ilusionándose con que la salida de Íñigo Errejón de UP redujera (en beneficio del PSOE) la representatividad de esa coalición. El promedio de las encuestas privadas no permite ilusionarse de ese modo, por el contrario, muestran que el PSOE corre el riesgo de perder algunas bancas, igual que sucedería con UP y sin que eso se compense siquiera con ganancias de Más País, la coalición de Errejón y los valencianos de Compromís. Cuando faltan pocos días para la elección, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), entidad estatal no gubernamental de referencia en materia de demoscopia, es el único sondeo que le da alas a la ilusión socialista. Muestra al PSOE sumando entre 10 y 25 bancas a las que ya tiene y a los partidos a su izquierda reteniendo las suyas. En otras dos cosas sí confluyen los privados y el CIS: en el crecimiento del PP y en el derrumbe catastrófico de Ciudadanos, cuya bancada podría quedar reducida a la mitad.

En el medio de la campaña, por otra parte, el Tribunal Supremo de España sentenció a los líderes independentistas catalanes a larguísimas penas de cárcel por el proceso que culminó en la consulta sobre la soberanía de Cataluña organizada unilateralmente por el gobierno de esa comunidad en octubre de 2017. En otras circunstancias, ese hecho podría haber desbaratado por completo los planes de Sánchez, que no parece haber tenido mucha aprensión en lanzarse a una nueva campaña ante el previsible anuncio de la sentencia, que se esperaba para las fechas en que se dio. La preocupación por el tema de Cataluña ha caído mucho entre las principales preocupaciones de los españoles, luego de su pico en 2017: tal vez su incidencia en las preferencias de voto sea débil y sólo le sume unos puntos al PP y a Vox, a expensas de Cs. Nada garantiza que esto sea simplemente así.

Faltando tan pocos días para la elección, tiene poco sentido especular sobre los resultados. Lo que sí se puede decir es que Pedro Sánchez ha hecho una apuesta arriesgadísima: sacrificó la posibilidad de formar gobierno con UP para evitar los sobresaltos de una gobernabilidad complicada y se lanzó confiado a la búsqueda de una bancada socialista más numerosa y que pueda imponer condiciones y disciplina.

Está por verse si la apuesta de Sánchez pagará o lo dejará en peores condiciones que antes. El escenario de un gobierno del “trifachito”, como la izquierda llama a las fuerzas a su derecha, parece improbable, pero una aritmética que obligue a nuevas elecciones puede terminar en el tipo de hartazgo del electorado que tan típicamente viene ayudando a las derechas en todos los rincones de Europa. En cualquier caso, lo que está en juego no es sólo el futuro gobierno de España, sino el futuro político de un Pedro Sánchez que ya se ha jugado el resto.

 

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.


 

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