La quema de la Amazonía y la necesidad de una nueva ética

Por Claudio D. González *

Hace poco vimos en los medios de comunicación como se incineraba una de las mayores reservas de biodiversidad de nuestro planeta. Podemos comenzar describiendo las innumerables variables ecológicas que se verán afectadas a raíz de este suceso, pero replantearemos otro concepto, que hace a la compresión de este tema y que es la ética ambiental. O podríamos llamarla, en esta nota, la ética amazónica.

Según Paul Taylor-filósofo ambientalista norteamericano- hay en principio dos formas en las que podemos subdividir el análisis de la ética ambiental, la antropocéntrica, podríamos llamarla individualista, y la biocéntrica o holística. La primera considera que lo único que tiene un valor moral es el bienestar humano. Todo lo demás vale en la medida que contribuye al bienestar de la humanidad o la promueve. En la rama biocéntrica, en cambio, los organismos vivos no humanos, los elementos orgánicos e inorgánicos que componen nuestro ecosistema y su ecología, deben ser tenidos en cuenta en la evaluación moral de nuestro comportamiento con el medio.

Por otro lado, Hans Jonas describe como imperativo de la Ética de la Responsabilidad el “obrar de modo tal que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de la vida en la tierra”. Esta ética parte al menos de tres principios fundamentales. Uno: el ser humano es el único ser conocido que tiene responsabilidad. Dos: es el único que puede reflexionar entre diferentes alternativas. Y tres: tiene conciencia de que esa elección determina consecuencias.

Cualquier actitud moral básica nuestra tiene que incluir el respeto por la naturaleza. Del mismo modo que debemos tener respeto por el otro. Se trata de un compromiso moral y básico. Es moral porque es desinteresado y es básico porque no se asocia a ninguna norma fundamental. Volviendo a Paul Taylor, en su cuaderno «la ética del respeto a la naturaleza» menciona que los seres vivos no humanos disponen de un valor inherente. Es nuestro deber ético y, también, como dice Hans Jonas, nuestra responsabilidad, protegerlos. La ética de la solidaridad y la ética de la responsabilidad incluyen la noción ambiental.

Debemos velar por los intereses de toda la sociedad, por el respeto mutuo, por la responsabilidad por el todo, la cooperación y la solidaridad. Pero cuando nos afectan la capacidad de reflexionar, ya sea por ser cercenada o influenciada por liderazgos negativos, se abandona también la búsqueda de objetivos más elevados o de largo plazo. Es decir: el ser humano no hubiera podido superar instintos animales y construir la humanidad si no hubiese sido por la responsabilidad, la reflexión y la conciencia.


«En nuestro país se deforestan de manera ilegal 310 hectáreas por día, es decir, 2000 metros cuadrados por minuto, de las cuales un 40% deberían estar protegidas por la ley de bosques».


Pero esto no es algo que la civilización occidental haya descubierto ahora, ya en la cuna de nuestra filosofía, en la Grecia antigua, Aristóteles decía que el humano se hallaba radicado en un mundo natural, por su condición animal, y tenía una concepción naturalista, de la naturaleza humana. Siglos después, Kant mencionaba el destino imprevisible de la naturaleza.

Las razones que hacen a la destrucción del Amazonas son principalmente la expansión de la frontera agropecuaria. Desde la perspectiva deontológica y antropocéntrica se podría afirmar que el objetivo es proteger la especie humana. No sólo sería suficiente justificación destruir el amazonas sino un deber moral. Sin embargo, veremos que los efectos generados en la alteración de la selva amazónica intervienen tanto desde el punto de vista de la ética ambiental individualista como de la ética ambiental biocéntrica.

Por otro lado, puede también Jair Bolsonaro justificar la expansión de la frontera agropecuaria como un acto de plena soberanía sobre su territorio, pero al mismo tiempo condena la supervivencia de la vida humana. Volviendo a Kant y su criterio ético de la universalidad, todo individuo humano merece respeto por ser un fin en sí mismo. Podríamos decir entonces que Bolsonaro actúa en contra de los fines de la humanidad misma. También podemos entrar en una contradicción. Si las naciones tienen plena soberanía sobre sus recursos, nada podemos decirle a Bolsonaro o al pueblo brasileño si deciden destruir el Amazonas y cultivar soja, aunque afecte la supervivencia de la especie humana. Su impacto debe ser discutido desde la supranacionalidad, no colonial, sino más bien latinoamericana. ¿Estamos dispuestos los pueblos de América Latina a perder nuestra selva Amazónica?

En otra nota previa a esta nos referimos a la diferencia entre una ventaja comparativa y una ventaja competitiva. Desde el punto de vista de la ética individualista que describimos antes, ¿destruir el Amazonas y aumentar la superficie agropecuaria es el camino para el desarrollo? La respuesta, según Porter, es no. Lo que debemos mejorar es nuestra ventaja competitiva y no la comparativa, por lo tanto, incluso, no sería justificable destruir el amazonas y cultivar soja desde la perspectiva de la ética individualista.

Sin embargo, volviendo al principio de que los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos, no podemos decirles a los hermanos brasileños qué hacer. Pero podemos ver qué hacemos nosotros, en nuestro país y con nuestros recursos.


«Sin el Amazonas nuestro ecosistema enfermaría de modo tal que su nuevo punto de equilibrio puede que excluya a la especie humana».


En nuestro territorio nacional se deforestan de manera ilegal 310 hectáreas por día, 13 hectáreas por hora o 2000 metros cuadrados por minuto, de las cuales un 40 % son protegidas por la ley de bosques. En la última década se deforestaron 840 mil hectáreas de bosques protegidos, 2.6 millones de hectáreas en total, su gran mayoría en la selva subtropical. En otros términos, y volviendo al Amazonas, desde que se sancionó la Ley de Bosques en 2017, los argentinos perdimos casi 3 veces lo se que quemó en el Amazonas durante este año.

La destrucción de nuestra selva paranaense, nuestro parque chaqueño, nuestras yungas, o nuestro bosque andino patagónico, también constituye de igual gravedad que la selva amazónica y protegerlas es nuestro deber ético.

La selva amazónica dispone de aproximadamente 6.7 millones de km2 de bosques, 2.1 millones de km2 protegidos, 2.200 especies de fauna descubiertas, 40.000 especies de plantas, 2500 especies de peces, 1 millón de km2 de ecosistemas de agua dulce y vierte aproximadamente 220 mil m3/s de agua dulce al atlántico. Además de unos 400 pueblos indígenas que viven en ella y la protegen. Sin el Amazonas nuestro ecosistema enfermaría de modo tal que su nuevo punto de equilibrio puede que excluya a la especie humana. Lo único que es seguro es que a este paso y, desde el punto de vista biológico, antes que desaparezca la vida en la tierra desaparecerá la especie humana.

La selva misionera o selva paranaense, nuestra selva, es la que le sigue en amplitud en el continente americano a la amazónica. Dispone de 700 mil has bajo reserva, 400 especies de aves, 2000 especies de flores, 200 variedades de árboles, 1500 especies de animales observables. Sin embargo, desde 1990 la superficie de la selva se redujo aproximadamente en un 50 %.

Pero vale también resaltar que esta biodiversidad que estamos enumerando es la que podemos observar y cuantificar. Un estudio publicado en la Revista Nature del ecologista británico Norman Myers demostró que mientras los humanos observamos el 96% de los mamíferos que viven en nuestro planeta, sólo pudimos descubrir el 0.4% de las bacterias y arqueas, el 6.25 % de nematodos y gusanos y el 4.8 % de los hongos que existen en nuestro planeta. La quema no sólo destruye las fuentes de captura de carbono sino que además destruye la vida, incluso la que aún no conocemos y puede ser fuente de cura de miles enfermedades humanas.

Los efectos sobre el ambiente que puede causar la destrucción de los ecosistemas naturales, tanto la selva amazónica como en nuestra selva, parques, yungas o bosques, son los mismos. Como mencionamos anteriormente, la protección del ambiente es una cuestión esencialmente ética. Su complejidad radica, en que muchas de variables que lo afectan, no son tangibles u observables a simple vista. No podemos asegurar los efectos, a pesar de saber que serán graves. Pero podemos predecirlos en función a lo que podemos observar y medir.

La alerta y la emergencia surgen cuando los modelos de predicción sobre algunos efectos se comienzan a quedar cortos y los efectos previstos para dentro de 30 o 50 años los estamos viendo ahora. Un ejemplo es lo que sucede en Groenlandia: los modelos de predicción estimaban que lo que ocurre hoy iba a ocurrir a mediados del 2070.


«La ética amazónica nos demuestra que estamos en riesgo y puede que esta generación que hoy pisa este suelo terrestre sea la última capaz de revertir esta situación para salvar el planeta y a nuestra especie».


Si destruimos las selvas, si no hacemos la transición energética y dejamos de lado el hidrocarburo y pasamos a la energía renovable de bajo impacto como puede ser la biomasa, si no cambiamos nuestros métodos de construcción y abandonamos el cemento, en definitiva, si no capturamos el carbono que la naturaleza se ocupó de enterrar durante millones de años y liberamos en tres siglos, Los procesos encadenados a causa del efecto invernadero se intensificarán y retroalimentarán llegando al punto del no retorno. Pero no pensamos en esto cuando hablamos de las potencialidades de Vaca Muerta.

Los modelos de predicción de las consecuencias del calentamiento global evalúan, entre otras cosas, que sucederá si la temperatura de la tierra se sigue elevando. Solo en el último siglo se elevó 0.85 °C y al paso que vamos -con Vaca Muerta como emblema de lo que ya no debe ser-no sólo que seguirá aumentando sino que además el proceso se acelerará y la temperatura bajo el efecto invernadero podría llegar a estabilizarse en los 3 o 4 °C. Esto no sólo implicaría la elevación del nivel del mar de entre 10 y 60 metros sino, además, vivir bajo fuertes presiones de calor generando, desde la ética antropocéntrica, un proceso de superviviencia de la especie humana limitado. La sumatoria de Vacas Muertas puede dar en consecuencia una Humanidad Muerta.

Los avances en materia tecnológica, el big data o la inteligencia artificial, no podrán reemplazar nuestro compromiso con la protección del ambiente. La tecnología no es capaz de responsabilizarse por sus actos. Si la ética tiene como misión proteger al “otro” sobre todo aquel bajo condición de vulnerabilidad, y si nuestros actos tienen efectos en las generaciones futuras, aunque estas no estén, deberíamos considerar sus intereses morales, incluso ampliar la consideración moral de los seres naturales a los seres sintientes y, por cuanto, a las generaciones futuras.

La ética amazónica nos demuestra que estamos en riesgo y puede que esta generación que hoy pisa este suelo terrestre sea la última capaz de revertir esta situación para salvar el planeta y también nuestra especie. Es imperativo encontrar la armonía, ya no sólo de las clases sociales sino de la humanidad con su ambiente. Para eso es necesario salir del individualismo, usar la ética de la solidaridad y la ética de la responsabilidad para proteger, como bien dijo el Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si, nuestra casa común.

 

(*) Ingeniero agrónomo


 

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